lunes, 24 de septiembre de 2012

Confianza versus crisis

La crisis actual manifiesta también falta de confianza

Leo aquí y allá muchas cosas diferentes. Hoy me quedaba con este breve párrafo:
«Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable», Eduardo Galeano.
Efectivamente. Lo mejor de la crisis, con el largo etcétera que la acompaña, será que desencadene actos constructivos por parte de una sociedad hasta ahora anestesiada.

Es cierto que, seamos conscientes o no, la gracia y el amor siempre andan detrás de todos aquellos momentos en los que salimos de las profundidades. Nuestras solas fuerzas no bastan, pues es Dios el autor de la salvación y de las salvaciones de cada uno; pero nuestro querer también es necesario. Ya decía san Agustín, para aquellos que se quedaban quietos y sin poner nada de su parte, aquello de: «Quien te creó sin ti no te salvará sin ti» (Sermón 169, 11). La gracia y la providencia no pueden ser empleados para justificar la inacción. Lo bueno de la crisis actual, que abarca los órdenes moral y económico y, por tanto, los aspectos esencialmente humanos, es que supone un cambio de paradigma y de modelo que exige un hacer inteligente y nunca un cruzarse de brazos.

Evidentemente, «el verdadero desarrollo no consiste principalmente en hacer», si es que por 'hacer' entendemos lo propio de la mentalidad tecnicista, para quien lo único y principal son la eficiencia y la utilidad. «La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de la persona considerada en la globalidad de su ser» (Benedicto XVI, Caritas in veritate, 70).

Conozco a cristianos paradójicamente estancados en la espera de un 'Dios proveerá' bastante hippie, con perdón. Sigo con la Caritas in veritate, 71 (la negrita es mía): «El desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común». Si ya en 1967 Pablo VI recordaba que «el mundo se encuentra en un lamentable vacío de ideas» (Populorum progressio, 85), ¿qué diremos hoy? La fuerza y el impulso del pensamiento, propios de la razón humana, siempre han sido la clave para la acción, y esto para los cristianos es aún más urgente: sabedores de que es Dios quien nos ha creado racionales para actuar, no hay excusa para que nuestra acción sea pusilánime, refugiándonos en pietismos confiadamente ingenuos. Sabiendo que «la razón encuentra inspiración y orientación en la revelación cristiana» (Caritas in veritate, 53) estamos llamados aún con más urgencia a obrar según la voluntad de Dios.