viernes, 27 de julio de 2012

Propuestas positivas


Sobre la dignidad del hombre

El necesario discurso positivo

Puede que uno no goce del don de la fe. Los motivos son muy diversos. Puede suceder también que muchas de las intuiciones y posicionamientos vitales que algunos asumen sean, sin acaso saberlo ellos mismos, auténticos preambula fidei en el sentido más lato de la palabra. Pueden suceder muchas cosas, que los factores vienen casi sin número, pero no puede suceder que este o aquel ser humano no sea creación divina. Uno es de Dios, crea o no crea. Y siendo creación suya, la afirmación tremendamente positiva ha de ser la siguiente: el hombre está bien hecho. Tú estás bien hecho. Desde aquí avanzamos hacia la perfección, aunque no quiero meterme ahora en cuestiones de perfeccionamiento teleológico, pleromático, tan vinculadas al formidable anuncio escatológico de la Revelación divina. Vayamos poco a poco.

¿Recuerda alguno la vez primera que vio el rostro de su madre, la primerísima caricia, el asombro sin precio? Es un recuerdo de difícil acceso pero, sin embargo, he aquí la esencial memoria de la especie. Es memoria sensorial y motriz, es memoria riquísima y feraz. Son aquellas protoconversaciones con la madre (el olor de mamá, el gesto, su pecho, la presión de su mano perfecta).

Estamos bien hechos, ¿a qué despreciarnos? Desde el comienzo hemos entrado en la dimensión contenida dentro del mágico número tres del que hablan pedagogos y educadores: yo-mundo social-mundo físico. Lo emocional tiene aquí un valor propio. Es el valor emocional del comportamiento el que nos proporciona el inicio del conocimiento. Una somera definición de conocimiento, que no pretende ser única, podría ser la de entender dicho concepto del siguiente modo: el conocimiento comporta aquellos procesos de orden mental a través de los cuales los hombres tratamos de comprender y controlar el mundo.



En este mundo, en la creación, es donde vamos entrando y saliendo: miramos hacia afuera, miramos hacia adentro, ese interior nuestro. Aquí, formulada de otro modo, nos hallamos ante el reto de la apuesta pascaliana. Il faut parier. Hoy las propuestas son de todo menos positivas. Sin propuestas no hay apuesta. O dicho de otro modo: las malas propuestas, las negativas, acumulan capital para apostar a caballo perdedor. Desde la postura cristiana, la que nace del auténtico regalo que es la fe teologal, la propuesta ha de quedar clara: estás perfectamente creado, eres creación buena del Creador. No vale cargar las tintas con la naturaleza postlapsaria. No tiene sentido incidir en el pecado sino es para iluminar la salida que es la redención de Cristo. Qué mal van los hamartiocentrismos, las teologías del churrasco, la comezón que remuerde. Es la belleza de Cristo la que nos hace salir de la fealdad del pecado. El pecado existe y es grave. Hemos pecado. A causa de nuestros pecados, Él… Sí: Él. La clave es esta: no permanecer en la condición en la que hemos nacido sino perseverar en la condición en la que hemos renacido. Quien aún no conozca este renacimiento, vuelva a nacer en condición celestial, y llegue a ser semejante a su mismo Creador.

NOTAS
Respecto a todo esto es muy recomendable leer, por ejemplo, el Sermón 117 de san Pedro Crisólogo. También, por qué no, la Oración sobre la dignidad del hombre, de Giovanni Pico della Mirandola.