jueves, 19 de julio de 2012

Naturaleza de la Teología

La teología: naturaleza y misión eclesial



Naciendo de la verdad de Dios, de la verdad que es Dios, la Teología es una tarea de servicio hacia la verdad del hombre. La teología ha de vivir y de beber también de la buena filosofía. De hecho, en el cristianismo temprano la unidad entre ambas disciplinas es clara. Pero, si atendemos a la esencia de la teología, hay que recordar ineludiblemente ciertos aspectos esenciales. El cardenal Ratzinger los apuntaba con precisión en el discurso con motivo de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Navarra. Decía él entonces:
«¿Qué es propiamente la teología? ¿Quedaría ya suficientemente caracterizada si la describiésemos como una reflexión metódica y sistemática sobre los interrogantes de la religión, de la relación del hombre con Dios? Mi respuesta sería: no, pues de ese modo sólo habríamos alcanzado a situarnos ante la llamada "ciencia de la religión". La filosofía de la religión y, en general, la ciencia de la religión son indudablemente disciplinas de gran importancia, pero sus limitaciones se hacen patentes cuando tratan de traspasar el ámbito académico, pues no son realmente capaces de ofrecer una verdadera guía. [...] Lo peculiar de la Teología es ocuparse de algo que nosotros no nos hemos imaginado y que puede ser fundamento de nuestra vida precisamente porque nos precede y nos sostiene, es decir, porque es más grande que nuestro propio pensamiento. El camino de la teología se encuentra bien expresado en la fórmula credo ut intelligam: acepto un presupuesto previamente dado para encontrar, desde él y en él, el acceso a la vida verdadera, a la verdadera comprensión de mí mismo. Esto significa a su vez que la Teología presupone, por su propia naturaleza, una auctoritas». 
Esto plantea un llamamiento a la razón humana. Lo de la auctoritas es tremendo, desde luego, porque si me pongo a pensar en ciertas situaciones 'litúrgicas' mucho me temo que la racionalidad del culto cristiano católico queda bastante dañada por culpa de aquellos que se niegan a obedecer las disposiciones auténticas de la también auténtica liturgia de la Iglesia. Y se la inventan, vamos.

Hay engaños que aparentan ser bellos

Hay preguntas que quizá no sean nuevas pero que solo son posibles en su forma en este momento que denominamos ahora. Solamente hoy, pasada la modernidad y en una posmodernidad (¿estamos en ella?) que muchos consideran incluso ya periclitada, podemos atender con cierta curiosidad esa premura de Kant cuando éste piensa en la autosuficiencia de la razón. Hoy la razón asume (¿lo hace?) como tarea pendiente (como cuestión empírica pendiente) la cuestión de si por sí misma es capaz de sostenerse sobre sus propias piernas. Eso en primer lugar, porque Kant desde luego era de todo menos poco reflexivo y poco inteligente. Otra vuelta de tuerca: la 'razón' de muchos ahora es más el ejercicio de de la cobardía subjetivista que otra cosa. Es, digamos, la razón falseada que pretende ser razón auténtica, pero sin serlo en modo alguno.


En el desempeño litúrgico esto viene a traducirse en la constatación asombrada de aquel que, en estos tiempos postvaticanosegundo, tiene bastante dificultad para hallar dos misas iguales. Es la sinrazón ejercida a través de grupos de presión: ministros individualistas mal formados y que desobedecen aquello que la Iglesia manda en materia litúrgica −primer grupo−; o grupúsculos de fieles que exigen al ministro que sabe hacerlo bien (y quiere hacerlo) que se amolde a sus patrañas, ocurrencias y/o tradiciones pueblerinas (de esto saben mucho los ministros que lo padecen).


Se trata entonces de empaparse de buena teología, según lo que ésta es y constituye para el bien de la Iglesia y a su servicio. Respecto a la liturgia, qué decir: la celebración de los Misterios o sacramentos, que se denomina liturgia, «es la cumbre a la que tiende la acción evangelizadora de la Iglesia» [1]. «La evangelización no consiste sólo en la predicación y en la enseñanza del Evangelio de Dios, sino también en su celebración» [2] y, si esto es así, ¿no supondrá el falseamiento de la liturgia −esta 'cumbre'− un pecado grave, un ocultamiento del verdadero rostro de Cristo nuestro Señor resucitado? Metámonos en la cabeza que «la liturgia es la teología celebrada», que «la misma celebración es una confesión de fe», pues «la Iglesia cree de la misma manera que ora según reza el antiguo axioma: la plegaria es norma de la fe (Lex orandi, lex credendi)» [3].


En fin, son razones para reflexionar estos pequeños apuntes...


Notas

[1] Sacrosanctum Concilium, 10.
[2] Antonio María Rouco Varela, Carta Pastoral, La Iglesia en España ante el siglo XXI. Retos y tareas, Madrid 2001, 23.
[3] Id., La transmisión de la fe: esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia. Los misterios que profesamos en el Credo los celebramos en los sacramentos, 3. 4.