martes, 24 de abril de 2012

Errores litúrgicos y sentido común

Los abusos en liturgia

Muchas veces, acudiendo a las celebraciones litúrgicas, se encuentra uno con actuaciones poco justificadas, carentes de rigor y, sobre todo y lo que es peor, alejadas de la obediencia y del servicio debidos a la liturgia de la Iglesia.
Todos estos elementos pueden ser fruto tanto de una voluntad explícitamente determinada como también de una cierta confusión implícita abonada por la más burda ignorancia. La ignorancia, esa muerte lenta y agónica, es el peor de los males y va acompañada por la falta de reflexión y la ausencia de aquel que, desgraciadamente, es el menos común de los sentidos: el sentido común.



Aprendo mucho de las conversaciones (la mayoría de ellas realizadas gracias a este medio que es internet) que mantengo con buenos amigos, todos ellos más formados e inteligentes que yo. Esa es una garantía. Otra es que su inteligencia y formación forma un todo con la debida obediencia a la Iglesia. Así, el pasado Miércoles Santo disfruté comiendo con un amigo, a la sazón Consultor de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. La conversación tocó muchos temas, y uno de los puntos comunes siempre fue el de la constatación de cómo se producen numerosos desfalcos litúrgicos [1], de muy variada gravedad, con una gratuidad y una alevosía pasmosas.

Es evidente que nuestra época no es especial en lo que a errores y abusos litúrgicos se refiere. No lo es en el sentido de que siempre ha habido errores de este tipo a lo largo de la historia de la Iglesia. En eso, repito, no somos especiales. Sí lo somos en cuanto a lo siguiente: nunca como hoy han existido más medios de formación e información, más posibilidades de conocer y contrastar documentos, estudios y fuentes... Pero nunca como hoy, desgraciadamente, la opinión, que ha derivado en la nueva 'ciencia' de la opinionología, ha sido elevada a la categoría de dogma. Todo el mundo tiene opinión, sí: exactamente del mismo modo que todo ser humano posee ombligo. A veces, demasiadas veces, la opinión no se diferencia mucho de la mera posesión de esa otra temprana cicatriz. Hoy alguien me escribía en facebook diciendo que «opinar es gratis» (sic), para desearme a continuación que tuviera «suerte». La alusión a la suerte es curiosa: desde luego que hoy, con la que está cayendo y dado que la opinión del zotes es tomada con la misma consideración que la opinión del docto, este último necesita mucha, pero que mucha suerte, para lograr que alguien se tome la molestia de escuchar su sabio parecer.

Y es que no: opinar no es gratis. Quizá lo sea para todo aquel que, sin saberlo, tenga en tan baja estima su propia opinión que vaya aireando por ahí, gratis, sus memeces e inconsistencias. Los que aún poseemos una pizca de orgullo nos detenemos a pensar antes de opinar porque con lo que decimos va todo lo que somos. Opinar cuesta mucho. Me refiero a opinar sensatamente, claro, y a fundamentar nuestras afirmaciones con elementos verdaderos y objetivos. En el tema que nos atañe, el de la liturgia, cada vez me encuentro con más gente que parece haber nacido con el título de Teología debajo del brazo. A mis compañeros de estudios y a mí nos ha costado siete largos años de carrera [2]. Y eso solamente para constatar que dicho período de tiempo es únicamente el comienzo de una tarea de estudio que no acabará nunca y que ha de exigir todos los días de una vida. El que ama la Teología como ciencia sabe a lo que me refiero.

El pasado Jueves Santo, 5 de abril de 2012, en la celebración de la Misa vespertina in Coena Domini a la que asistí con mi mujer observé con asombro que uno de los lectores escogidos (concretamente el que leyó la segunda lectura) ¡era disléxico! Ni él sabía lo que estaba leyendo ni los presentes pudieron entender mucho de lo que, supuestamente, se estaba leyendo allí. Además, a juzgar por la total ausencia de expresividad de los rostros que me rodeaban (sí, me fijé en ellos) no parecía que a nadie le importara la ininteligibilidad de la 'lectura', de modo que todavía estoy por decidir qué es más grave: si la elección de un disléxico como lector o la falta de interés de la asamblea.

Ejemplos como el anterior manifiestan la absoluta falta de sentido común a la que se nos quiere 'acostumbrar'. En efecto: muchas de nuestras celebraciones litúrgicas siguen siendo ramplonas lecturas disléxicas.

NOTAS
[1] Empleo el término desfalco según la acepción número 3 del verbo desfalcar, que apunta al significado del verbo descabalar. Todo ello según el DRAE, vigésima segunda edición.
[2] Sí: la carrera de Teología dura sus siete años, al menos en la Universidad de San Dámaso de Madrid, lugar donde cursé tales estudios.