miércoles, 28 de diciembre de 2011

Sexo tántrico

Sexo tántrico y moral cristiana

¿Es compatible esta sexualidad tántrica con la idea cristiana de sexualidad?

Leo una entrevista realizada a Mario Conde muy interesante, cuya lectura recomiendo. En ella me encuentro con que el ex-banquero se ha pasado al bando de los del sexo tántrico... ¿Qué es eso? ¿En qué medida cuadra o no con la enseñanza católica? ¿Qué supone para un cristiano?


Sexo tántrico: una aproximación

Bien. Como no pretendo realizar una presentación pormenorizada de la naturaleza 'doctrinal' de la espiritualidad tántrica y sus enseñanzas acerca del sexo, me centraré en uno de los datos fundamentales que acompañan a este modo de vivir la experiencia sexual humana. Ese dato no es otro que el del llamado orgasmo integral, en el cual el varón ha de entrenar su capacidad sexual para controlar un orgasmo continuo no acompañado de la eyaculación. En otras palabras: que el hombre sea capaz de permanecer en el acto amatorio durante un tiempo prolongado sin llegar al final. Este es el punto que menciona y parece sostener el señor Mario Conde en dicha entrevista.

Es fundamental decir que esta concepción de la vivencia sexual va unida a una espiritualidad, la cual reconoce el bien existente en el hecho de la unión de dos personas como queriendo ser una sola. Lo tántrico, por tanto, parece estar en una búsqueda o en el camino que nos conduzca al hallazgo de nosotros mismos en las diferentes esferas de nuestra vida, también en la de la esfera amorosa y sexual. Esto, aunque sea solamente grosso modo, me traía a la memoria ciertos pasajes introductorios del fantástico libro del profesor José Noriega, El destino del eros. Perspectivas de moral sexual, Palabra, Madrid 2005:
«¿Qué escondía, entonces, el amor entre el hombre y la mujer, el deseo sexual? Ciertamente, el amor nos descubre nuestra relación con la realidad, hasta qué punto pertenecemos al mundo de los vivientes, porque en él se nos desvela lo que nos atrae, lo que nos seduce, lo que nos enriquece, lo que nos plenifica, lo que nos muestra el gozo de vivir. El amor nos une a la realidad. Pero ¿qué realidad? [...]. En la sexualidad se nos revela el enigma del hombre, su misterio. Porque nos habla de su indigencia, pero a la vez de su plenitud; nos testimonia nuestra soledad, pero a la vez la compañía gozosa que se nos ofrece; nuestra pertenencia al mundo de los animalia, pero también nuestra propia trascendencia».

Espirales de palabras que nos impiden aclarar la mente
Escultura de Ebon Heath. Visual poetry

Diferencias: lo esencial de la enseñanza sexual cristiana

Situando nuestro análisis en la perspectiva propia de la ética filosófica según la cual la existencia del individuo como agens se va configurando con y mediante sus propias acciones, queda claro que esto, la dinámica de la acción, es lo que construye (o destruye) a la persona. En este sentido, también la experiencia amorosa que incluye el desempeño de la sexualidad humana busca construir una acción, y una acción ha de ir siempre precedida de una razón. Pero no se trata aquí de entender 'razón' como sinónimo de 'motivo' (¿qué razón/motivo tienes para actuar así?). No. Se trata de la razón-lógos según la cual el ser humano emplea este don para la construcción de su propia vida en un camino de perfeccionamiento y virtud que incluye la guía de la caridad, madre de las virtudes; caridad primero hacia uno mismo y después, sin que esto suponga relegación peyorativa alguna, caridad hacia el prójimo, a quien se ama gratuitamente: por el propio bien del otro y sin querer instrumentalizarlo. Se trata del clásico esquema moral amans bonum amato velle. Así pues, la experiencia amorosa nace de un deseo y, por tanto, dada la intrínseca y necesaria vinculación del deseo con la razón, se trata de un proceso también racional que busca −o ha de hacerlo− construir una acción encaminada a la plenitud del sujeto agente.

La sexualidad no es algo puramente biológico

Como se ve, la sexualidad implica un proceso y unas acciones que conforman de manera ineludible todo un proyecto vital. Toda persona es sexuada, y la identidad sexual, al no ser algo meramente biológico, no depende de una posterior elección del sujeto. Más bien, toda vivencia de la sexualidad −y esto incluye la vivencia virginal y la vivencia del celibato, que también son experiencias de un modo de vivir la sexualidad−; toda vivencia de la sexualidad, repito, está ordenada a la orientación de la persona humana en la línea de un principio de unidad. A esto, con los matices que más tarde requiere, también lo llamamos 'vocación'; la cual incluye siempre una diakonía, esto es, un servicio para el bien común. Esto es lo que vivimos los cristianos −con nuestros pecados y con nuestras miserias−, y qué lejos queda de las falsas pretensiones a la hora de volcar la experiencia sexual tal y como 'aconsejan' los mass media y la sociedad neopagana. Y si la experiencia sexual se ordena bajo un principio de unidad existencial, éste solamente puede descubrirse en el momento en el que se comprende la finalidad última de la existencia. Es decir: si esa finalidad última es la plenitud trascendente de la persona, toda experiencia, también la sexual, ha de encauzarse y referirse  a dicha vocación pleromática. Dudo mucho, y esto es opinión personal, de que aquí y ahora, es decir, en nuestra condición existencial de hombres en camino −homo viator−, seamos capaces de comprender totalmente aquello a lo que estamos llamados desde toda la eternidad (cfr. Is 64, 3 y Jr 3, 16; citas que recombina Pablo en el conocido pasaje de 1Co 2, 7-9: «[...] hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los jefes de este mundo −pues de haberla conocido nunca habrían crucificado al Señor de la Gloria−. Más bien, como dice la Escritura: 'lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que lo aman'»).

¿Cómo amar? El amor entre los esposos

Dejando ahora otros carismas y modos de vivir sanamente la sexualidad, como son la virginidad consagrada y el celibato en el seno de la Iglesia, esta experiencia de unión sexual es vivida plenamente entre un hombre y una mujer que se han dado mutuamente el consentimiento matrimonial de la forma y con el mismo espíritu con el que el mismo es celebrado y querido por la Iglesia.

En el matrimonio los esposos descubren que a la otra persona solo se la puede amar «simpliciter et per se», de modo que todo ello supone un existir junto a y un existir para; es decir: se existe junto al otro siendo esto la expresión de una acogida en totalidad recíproca; se existe para el otro manifestando una entrega recíproca en la totalidad. Esta idea, que en su esencia es tan 'antigua' como el matrimonio mismo, la recoge y enseña Karol Wojtyła en su conocido estudio Amor y responsabilidad. Estudio de moral sexual, Razón y fe, Madrid 1979.



Volviendo ahora a lo del sexo tántrico, que considera indispensable el hecho de que el varón no llegue al final y, por tanto, no eyacule, la cosa queda clara: ¿dónde está el acto de entrega total? Sabemos que Dios ha querido crearnos a todos y a cada uno mediante la participación de nuestros padres. Si la eyaculación se considera un 'fallo' del sistema y una pérdida de la energía contenida en el precioso semen, parece que el acto mediante el cual somos engendrados responde a coordenadas bastante más egoístas, tristemente, de lo que pensamos. ¿Dónde queda la dignidad humana, la dignidad de un hijo que ha de ser fruto de la donación recíproca de los esposos, sus padres, que ha de ser muestra palpable de que dos seres humanos se aman?

Al contrario, la entrega total manifiesta un sí voluntario, libre y optimista, lleno de esperanza, a participar en el acto de creación que es solo de Dios. Pero Él ha tenido a bien otorgarnos el don de transmitir la vida que procede de su mismo Ser (imago Dei somos). Los esposos son un recuerdo para el mundo, son una llamada, de la gratuidad del amor de Dios. El primero en percibir esto es el nuevo ser, el hijo. Éste no es fruto de una falta de control eyaculatoria por parte del padre. Antes bien, viendo la entrega de sus padres va aprendiendo a confiar y a tener esperanza:
«[...] Aquellos que le aman le ofrecen en su propia vida un ejemplo, un testimonio, un reclamo de algo más grande, que ahora ante sus diversas experiencias se va haciendo relevante y significativo junto a las narraciones seleccionadas que escucha y ve en los medios de comunicación. De esta forma, cuando encuentre dificultades en interpretar o integrar sus diversas experiencias acudirá a sus padres o educadores en busca de consejo. Se va creando así una verdadera amistad en la que se hace posible una confianza de base que permite al niño no pretender saber todo desde un inicio, sino fiarse en lo que sus padres y maestros le dicen, aunque no entienda por qué: en la confianza que tiene a sus padres se percibe, sin embargo, que eso es lo verdaderamente bueno para él». José Noriega, o.c., pág. 197.
Conviene tener esto en cuenta, pues la confianza aglutina las emociones del sujeto y les da un valor, una valentía también, diría yo: saberse fruto del don gratuito de otro ayuda a afrontar la vida desde otra perspectiva. Esto podríamos enlazarlo con lo que Alasdair MacIntyre ha llamado «el concepto narrativo del yo», el cual viene a reforzar el concepto primero de identidad personal. El nuevo ser engendrado no es fruto del azar ciego, no puede ser fruto de un error (incluso aunque, como sucede en muchos casos, y esto es triste, la concepción se dé en un ámbito de egoísmo y sequedad espiritual):
«Gracias a la fe sabemos que cada persona que ha sido engendrada no ha sido concebida por casualidad: porque ha sido creada directamente por Dios en el momento de la concepción [1]. La generación de una persona implica la acción de Otro, Dios, que la genera, creándola. Pero Dios ha querido crear a  la persona, precisamente, en el acto mediante el cual los esposos se donan y se acogen mutuamente en la totalidad de lo que son. Por ello, su acción adquiere la forma de una colaboración con Dios creador, asumiendo el significado procreativo». José Noriega, o.c., págs. 240-241.
¿Qué es lo procreativo?

Voy a centrarme en un aspecto concreto que, sin explicar toda la cantidad de datos vinculados a la dimensión procreativa del matrimonio, me parece que muchos desconocen y que es necesario aclarar bien. Vayamos a ello.

Si bien es cierto que la bondad del matrimonio implica la vida en común de los cónyuges (y cuando decimos vida en común léase ayuda mutua), dicha vida en común se distingue de otras formas comunes de vida o amistades. Y ha de ser así, porque si no de otro modo el matrimonio no se diferenciaría de ellas. Esa diferencia, esa cualidad que hace peculiar y único al matrimonio es el fin intrínseco que consiste en el hecho de poder transmitir la vida, generar otra persona. Esto es asombroso. De entre todas las características del matrimonio, la más distintiva es la de la transmisión de la vida. Así pues, el fin intrínseco del matrimonio que consiste en la capacidad de la transmisión de la vida nos señala que solo aquí, y en ningún otro lado, se da esa relación humana dentro de la cual es posible engendrar hijos y educarlos humanamente.

¿Es entonces la transmisión de la vida el fin principal del matrimonio? Respuesta: 'sí'... Pero cuidado: es un 'sí' con comillas, pues no es una afirmación absoluta. Porque he aquí el error en el que se suele caer, ese aspecto concreto del que me quería ocupar y que muchos desconocen. Me explico: cuando se afirma que el fin principal del matrimonio es la transmisión de la vida, el sustantivo 'fin' no es sinónimo de 'motivo'. Repito: el fin principal del matrimonio es la transmisión de la vida; pero no es su motivo principal. Si esto −la transmisión de la vida− fuese el motivo principal que guiara el hecho de formar el matrimonio y la vida en común de los cónyuges, que hemos señalado antes, si así fuera, el esposo y la esposa se instrumentalizarían mutuamente. Como dice José Noriega, «principal quiere expresar lo que propiamente lo distingue [al matrimonio] de otras realidades sociales, y que solo el matrimonio puede realizar humanamente» (o.c., pág. 227).

NOTAS
[1] Noriega está citando implícitamente a Pío XII, Humani generis, DS 3896.