viernes, 9 de diciembre de 2011

¿Desconfiar del ateo?

Relación entre ateos y creyentes

¿Hay prejuicios anti-ateos?

Según un reciente estudio de la University of British Columbia las personas que se declaran ateas son vistas con desconfianza por parte de los creyentes. El trabajo ha sido realizado por los profesores Ara Norenzayan y Azim Shariff, éste último de la Universidad de Oregón. El estudio lleva como título Do You Believe in Atheists? Distrust is Central to Anti-Atheist Prejudice.

Es curioso que las conclusiones de este trabajo, basado en la búsqueda patrones psicológicos de comportamiento social, arrojen luz acerca de que dicha desconfianza hacia los ateos por parte de los creyentes de cualquier credo tiene una marcada base moral. Los creyentes no creen en los ateos básicamente porque en su análisis consideran que el ateo no se rige por unos valores morales tan fuertemente asentados como pueda tenerlos una persona religiosa, quien actuaría cotidianamente bajo la conciencia de estar siendo visto por Dios.

El diálogo sin sospecha nos sitúa
junto a la subjetividad del otro

¿Puede esta actitud tomarse como un serio prejuicio que, de un modo u otro, impediría el diálogo entre creyentes y ateos? Pienso que esta pregunta es muy seria desde el punto de vista de la comprensión de la fe católica. Ciertamente, el estudio toma la desconfianza de los creyentes hacia los ateos de modo general, siendo 'los creyentes' personas que representan cualquiera de los credos más conocidos. Más allá de la respuesta que puedan dar otras posturas religiosas, la respuesta cristiana ha de plantearse la cuestión en términos justos: a la luz de la Revelación y a la luz, por ende, de una antropología adecuada. En primer lugar, la Revelación manifiesta que el creyente cristiano no pertenece a un grupo religioso, en el sentido de que el Acontecimiento cristiano no es estrictamente hablando una religión, esto es, una pretensión humana por alcanzar lo divino. En segundo lugar, la antropología adecuada indica el modo como el hombre puede comprenderse a sí mismo, elaborando una visión integral de sí. Esto obliga a hablar de la verdad del hombre y no de lo que se piensa que sea el hombre. El prejuicio por parte del creyente cristiano haría de éste una especie de maestro de la sospecha o, peor aún, un seguidor del principal Maestro de la sospecha, que sería Jesús. Tratar mal al hombre, a fin de cuentas, siempre supone una injusticia hacia el mismo Dios.


Pero esto no significa caer en la ingenuidad: ver con desconfianza a quien se declara abiertamente ateo es algo a lo que tal declaración, en ocasiones, obliga, dada la saña con la que tantas veces es llevada a cabo. Por otra parte, el cristiano que ha experimentado un antes y un después de encontrarse con Cristo en la Iglesia, es decir, quien ha vivido en sí mismo esa experiencia continua que debe ser la conversión, no se lleva a engaño a la hora de reconocer cómo el pecado puede llegar a engañar al ser humano. Pero el pecado, según la sana antropología católica, no ha destruido completamente la imagen de Dios en el hombre. Dicho de otro modo: el principio del hombre es un quien, Dios, más fuerte y más hondo que la huella de pecaminosidad heredada. Mas fuerte es el patrimonio de verdad que hemos recibido al ser creados que la inclinación a la concupiscencia fruto de nuestra debilidad y pecado.


El diálogo, por tanto, ha de estar motivado por el principio liberador, no acusador, pues el que es de Cristo sabe bien que   «in mysterio Verbi icarnati mysterium hominis vere clarescit» (Gaudium et spes, 22). Así es, en el misterio de Cristo, el Verbo encarnado, es donde verdaderamente queda esclarecida la verdad sobre el hombre. En los últimos años, y todavía hoy, el pensamiento teológico ha perdido a menudo su identidad a causa de un exceso de subjetivismo antropocéntrico. Sin embargo, situar en su justo lugar la cuestión humana evita que la dinámica de la fe sea un mero aglutinamiento de valores morales. En el prejuicio hacia el ateo que el estudio que citábamos muestra es buena clara de que las personas 'religiosas' viven a menudo un simple orden moral más o menos sacralizado, reduciendo las posibilidades de diálogo con el hombre de hoy. Si nos interesa evangelizar sin ser proselitistas hemos de atacar la verdad del hombre a partir de la verdad revelada de Dios. El subjetivismo antropológico dejará de ser una amenaza. Más bien, como afirma H.U. von Balthasar:
«Lo específicamente cristiano o es antropológicamente significativo o no es nada».