jueves, 10 de noviembre de 2011

Jean Becker: Dejad de quererme

Deux jours à tuer (2008) la película de Jean Becker, el director de Conversaciones con mi jardinero (Dialogue avec mon jardinier, 2007), se ha titulado en España Dejad de quererme. Dedicaremos a esta película la breve reflexión del presente artículo.
Para comenzar me serviré de unas reflexiones que el escritor británico Arnold Bennett (1867-1931) expone en su deliciosa obrita How to Live on Twenty-Four Hours a Day (1910). Dice Bennett:
«¿Quién de nosotros vive con veinticuatro horas al día? Y, cuando digo «vive», no digo «existe» ni digo «pasa por ahí». ¿Quién está libre de que las grandes tragaderas de tiempo de nuestras vidas están descontroladas? [...] ¿Quién de nosotros no se dice a sí mismo, se pasa la vida diciéndose: «Cuando tenga tiempo cambiaré esto y lo otro»? Nunca tendremos más tiempo. Tenemos, siempre hemos tenido todo el tiempo que hay [...]. Lo bonito de tener un suministro constante de tiempo es que no puedes gastártelo con antelación. El siguiente año, el siguiente día y la siguiente hora están todos esperándote perfectamente inmaculados, tan íntegros como si nunca hubieras perdido o malgastado un solo minuto de tu andadura. Este hecho resulta muy agradable y reconfortante. Te permite pasar página cada hora si quieres. Por tanto, de nada sirve esperar a la semana que viene o incluso esperar a mañana (para hacer lo que tienes que hacer)».
Deux jours à tuer (2008)
de Jean Becker
Pues bien, estas reflexiones me conducirían a destripar la película (a ser un maldito spoiler) a menos que me ande con cuidado. En esta obra aparece con toda su crudeza el retrato de una locura: la de vida misma cuando alcanza su propio maelström. En este sentido, el film es un antídoto contra la hipocresía y el encefalograma plano en el que normalmente se desarrollan nuestras vidas. Incluso las mejores experiencias afectivas −la de la familia y la de la amistad− aparecen envueltas de esa escoria con la que, en el fondo, uno ha tratado siempre de salvar el pellejo, de protegerse, de conseguir llegar a ser alguien.

Jordi Costa, en el diario El País, dedía de esta película:
«La eterna fuerza del melodrama acude al rescate y transforma (y eleva) esta historia, aparentemente tópica [...] llevándola al terreno de la perdurable conmoción».
Y es cierto. Por otra parte, además de lo melodramático, asoma el terror, un terror que para sí quisiera más de una película de dicho género. La reacción de Antoine es creíble (estamos ante verdadero cine de actor) y nos acerca al consabido axioma según el cual la realidad supera a la ficción. Aunque a menudo nos parezca que nuestra racionalidad nos salva de ciertas verdades que no nos atrevemos a afrontar, Antoine se nos presenta como paradigma del hombre que no puede querer otra cosa que redimirse sino mediante la crudeza que destroza el tópico y la convención social. Esto hace que, conforme visionamos el film, nos preguntemos acerca de la razón de las cosas: la que les hemos atribuido o la que realmente tienen. La locura, que rechaza el consuelo agobiante de lo acomodaticio, una locura similar al Job que siente asco de su vida (Jb 10 1): he aquí la 'razón' del protagonista.

No se trata, pienso, de un film al final del cual sea necesario decidir si uno mismo actuaría o no como el propio Antoine. Ese juicio, la decisión del mismo, nos dejará demasiado lejos de la realidad del personaje. Más bien se trata de extraer una enseñanza, la de ser capaces de responder a la cuestión: ¿qué hacer con el tiempo del que disponemos?