sábado, 22 de octubre de 2011

Quién es el prójimo


Sobre quién es el prójimo

Responder a la pregunta acerca de quién es el prójimo implica introducir dos conceptos: el de amor y el de persona. Esto queda claro desde la perspectiva cristiana, desde donde la pregunta formulada equivocadamente: ¿qué es el prójimo?; indica ya un inicial punto de partida erróneo, dado que en la dinámica del amor todo ha de tratarse en torno a un quién y nunca en torno a un qué. El prójimo es una persona, el otro ser humano, no una cosa.


Amar al prójimo es amar a Dios. Amar a Dios, ¿es amar al prójimo? No sé hasta qué punto nos vale aquí lo conmutativo de esa capacidad que, en este caso, posee el lenguaje para revolver la acción en uno u otro sentido. Al menos, santa Teresa de Jesús, como veremos a continuación en sus palabras, nos ayuda a entender que en el ser humano, en el otro que es nuestro prójimo, disponemos de la clave que nos permite evitar la tentación de un excesivo espiritualismo cristiano. Por otra parte, la afirmación "amar al prójimo es amar a Dios", tampoco escapa a ciertos riesgos de corte panteísta. Trataré de explicar estos puntos.
Comencemos con santa Teresa de Jesús:
«La más cierta señal que −a mi parecer− hay de si guardamos estas dos cosas es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que lo amamos), mas el amor del prójimo, sí. Y estad ciertas que mientras más en éste os vierdes aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene que en pago del que tenemos al prójimo hará que crezca el que tenemos a Su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar», Teresa de Jesús, Moradas del castillo interior, V, 3, 7-8; en Obras completas de santa Teresa, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1962, 380-381.
Falsos caminos al cielo

Desde luego que, tras leer esto, los seiscientos trece preceptos de la ley judía o ley oral mosaica (las mitzvot) quedan bien "resumidos" [1]. Para qué añadir, por otra parte, las restantes siete mitzvot de los Benei Noaj (o mitzvot noájicas), cuya lectura, además, no hace sino repetir elementos presentes ya en el Decálogo (salvo en el caso de la séptima mitzvá noájica −que pasma en medio de esa lista−).
Comentando la perícopa evangélica del pasado domingo 25 de septiembre de 2011, enseñaba Benedicto XVI:
«[...] Así, el Señor concluye su parábola con palabras drásticas: “Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis” (Mt 21, 31-32). Traducida al lenguaje de nuestro tiempo, la afirmación podría sonar más o menos así: los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ven ya solamente en la Iglesia el sistema, sin que su corazón quede tocado por esto: por la fe»; Benedicto XVI, Homilía en el Aeropuerto turístico de Friburgo, con motivo de su pasado viaje apostólico a Alemania.
Y, en esa misma homilía, comentando algunos versículos del conocido himno a la kenosis de Flp 2, 3-4, dice el Papa:
«La vida cristiana es una pro-existencia: un ser para el otro, un compromiso humilde para con el prójimo y con el bien común».
Amar o vagar sin sentido


Lo cual casa sin duda muy bien con las palabras de santa Teresa: es guardando bien el amor al prójimo como podemos 'saber' si amamos o no amamos a Dios. Generalmente también solemos conocer a personas que 'aman' enormemente a los negros de África (algo que no es muy difícil de lograr desde el sillón de un pisito de Madrid), pero que luego no son capaces de dirigir la palabra a la vecina del quinto, por alguna oscura razón, o vaya usted a saber por qué rara especie de desavenencia enquistada...
Luego, como decíamos, está el riesgo de reducir la relación con lo divino a la expresión amorosa de una suerte de bienestar naturalista de corte panteísta, tipo Nueva Era, en el que sentir −o tratar de hacerlo− que se envían buenas vibraciones a todos los demás seres (humanos y no humanos) es ya el culmen del contacto con la experiencia religiosa. Dios se reduciría a la naturaleza, a lo físico (en el sentido de phýsis): todo sería divino, todo sería Dios, pero Dios no sería nadie personal en modo alguno. El Dios personal que predica el cristianismo no tiene lugar en este esquema panteísta, tan antiguo, por otra parte, como superado, pero tan superado como recurrente, redundante y repetitivo. Ello no niega sus semillas de verdad: ciertamente, y sobre todo si recurrimos al hecho de la Creación (que es propio de la Revelación), el mundo creado posee algo de divino, una impronta o sello de su Creador. En el hombre −y en el hombre Cristo Jesús de modo culminante− esto se muestra de manera admirable.
Que en el doble mandato de amar a Dios y amar al prójimo se cumplan toda la Ley y los Profetas −teniendo en ello regla tan fiable como la que recuerda santa Teresa− es algo que solamente asombra a quien se pierde en vericuetos legalistas y religiosos en orden a un cumplimiento farisaico rayano con la manía.
NOTA
[1] La Halajá (en hebreo הלכה) es la recopilación de las principales leyes judías, que incluyen los 613 mitzvot, y posteriormente las leyes talmúdicas y rabínicas, así como sus tradiciones y costumbres. En la bibliografía cristiana suele denominársela ley judía o a veces ley oral mosaica (no debe confundirse con la ley mosaica, la Torá).