lunes, 3 de octubre de 2011

Las fuentes de la homilía IV (final)

Homilía y 'lectio divina'

Por una praxis metódica en la preparación homilética: la scrutatio Scripturæ

Dada «la inseparable unidad entre predicación, Biblia y liturgia» [1], la preparación de la homilía debe buscar su cerne en estos polos. Nuestra propuesta seguirá esta línea. Así, las fuentes de la predicación han de ser –tomando como centro el domingo–:

La Palabra de Dios (lecturas del día, con el Responsorial)
La oración colecta
El versículo del Aleluya
Oración ‘super oblata’
El prefacio
Oración ‘postcommunio’
Las antífonas dominicales de los cánticos evangélicos Benedictus y Magnificat
El resto del antifonario del Oficio del día y las lecturas del Oficio de lectura

Scrutatio Scripturæ: fuente de oración eclesial


De este modo se aúnan en una sola visión todos los elementos que componen la celebración. A su vez, todo ello se contempla dentro del marco que constituye lo que llamamos Ciclo del año, que es el mejor plan pastoral que toda parroquia puede tener. En él se ofrece el curso de lo que la Iglesia universal siente y está celebrando, en él somos insertados como en la corriente del ‘río celebrativo’ que fluye constantemente, y del cual somos partícipes.

Particularmente, conviene preparar la lectura de la Escritura con detenimiento y meditada oración. Por sí sola, la tarea se centrará en los textos propuestos por el Ordo lectionum Missæ [2], tal y como se presentan a lo largo de los domingos y demás días del año; pero a la vez esta misma tarea se realiza a la luz del resto de elementos arriba detallados. No es una contemplación de las lecturas como si éstas constituyeran un monolito aislado o fuesen en sí mismas un absoluto desligado del hoy. En este aspecto, el de la Palabra viva para todo hombre de todo tiempo, precisamente, se entienden las palabras del patriarca ecuménico Bartolomé I pronunciadas el pasado octubre de 2008 en el Sínodo de los Obispos dedicado a la Palabra de Dios (octubre de 2008) [3]:
«Por lo tanto, en el contexto de la fe viviente la Escritura es el testimonio vivo de la historia vivida respecto a la relación del Dios viviente con un pueblo viviente. La Palabra que habló a través de los profetas (Credo Niceno-Constantinopolitano), habló para ser escuchado y tener efecto. Es primordialmente una comunicación oral y directa diseñada para beneficio de los seres humanos. El texto escriturístico es, por lo tanto, derivado y secundario [4]; sirve siempre a la palabra hablada. No se transmite mecánicamente, sino que se comunica de generación en generación como una palabra viva. A través del profeta Isaías, el Señor promete: “Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra… Así será mi palabra, la que salga de mi boca […] y allá cumplido aquello a que la envié” (Is 55, 10-11)».
Pueden complementarse así dos polos: el del acercamiento de la Palabra proclamada al ‘hoy’ de los oyentes; pero también la comprensión por parte de éstos del contexto en el que los textos sagrados fueron acuñados, las motivaciones y sentimientos del hagiógrafo, y el hoy de los que entonces también fueron oyentes. Ambos polos adquieren su sentido y significación precisamente por su inserción en la realidad siempre presente de Dios: su Hodie salvífico [5].

La preparación de la lectura orada de la Palabra de Dios que va a ser celebrada ha de realizarse en el contexto de la lectio divina. Las lecturas serán abordadas gracias al manejo de una edición crítica de la Biblia [6] que proporcione los adecuados instrumentos y claves de exégesis, especialmente los así llamados paralelos. Así, según se van leyendo, pueden irse anotando los textos relacionados con las lecturas propuestas para ese domingo o feria en un cuaderno, en el cual vayan recogiéndose los paralelos de nuestras lecturas. De este modo, un posterior vistazo a esas notas ofrecerá rápidamente un panorama sucinto del contexto escriturístico de las perícopas cuyos paralelos hemos estudiado. A esta forma de escrutar las Escrituras le corresponde la mirada a los Padres –si es posible también copiando alguna de sus ideas– recogiendo así el testigo de la Tradición, tal y como pide la Dei Verbum. El contexto general quedará completo con el posterior acercamiento al fondo eucológico del día en el que se ve a predicar la homilía. Huelga decir que, sin desdeñar el planteamiento científico que supone esta dinámica, ella no sería nada sin espíritu de oración. La realización de esta tarea en un aula en la que se disponga de la presencia eucarística es particularmente fértil. Escrutar la Escritura delante de la presencia real del Señor en las especies eucarísticas nos acerca también a aquello que debieron experimentar los discípulos de Emaús, cuando el Señor Jesús les expuso pródigamente las Escrituras, se las ‘abrió’ y les descubrió cómo se referían todas ellas a su persona. El pilar cristológico ha de ser una de las claves de esta espiritualidad oracional de la lectura escriturística.

Y después ¿qué?

Una vez se ha realizado este proceso, se habrá descubierto que la Escritura está viva, y que su contemplación supone el asombro contenido ante la multiplicidad de su enseñanza. Como un diamante que posee múltiples caras, una misma perícopa, un versículo, un pasaje más largo, la Escritura se nos ofrece en una integridad siempre nueva y enriquecedora. No es ahora el objeto de este trabajo, pero ya muchos otros han hablado de qué manera la Scriptura cum legente crescit [7]: desconocer esta máxima, o, mejor dicho, no haberla experimentado personal y vitalmente (aunque se desconociese su formulación exacta, tal y como la reproducimos aquí), es otra forma de decir con Jerónimo que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo [8].

Este crecimiento en la inteligencia de la fe supone, por tanto, crecimiento del legente, según la Escritura va creciendo en él mismo por su meditación y por la profundización desarrollada en el espacio de la oración. Y esto es lo que la homilía tiene que dar a la asamblea de oyentes. El ministro, que se ha encargado de rumiar la Palabra, de contemplarla en el silencio y en el asombro, de crecer con ella, se dirige luego como de la fuente a los que piden agua, para dársela, para transmitir el humus de su propia oración, que ha de ser la oración de la Iglesia. La vida del predicador se convierte así en profunda diakonía: no estudia la Palabra por prurito academicista, no se hace amigo de los Padres para destacar en la medida rasa de la mera sabiduría humana. No, su existencia se convierte en pro-existencia, su acudir asiduo al tesoro de la Tradición y de la Escritura, hacen de él un lector con los ojos del Espíritu Santo: Él es el verdadero intérprete de la Escritura [9]. El principio de autoridad para mover a la fe que tiene el ministro de la homilía le viene de aquí: es la autoridad de la Iglesia, esposa de Cristo, la que mueve a creer, como dice Agustín:
«Ego vero Evangelio non crederem, nisi me catholica Ecclesiæ commoveret authoritas» [10].
Precisamente la predicación es de institución divina, es mandato expreso del Señor: Id y predicad… id y bautizad, van unidos (cf. Mt 28, 19; también Mc 16, 15 y Lc 24, 47-49). La predicación es ciertamente una tarea sagrada, y la asistencia del Espíritu la salvaguarda, pero hay que reconocer también que este estatus de la predicación ha de movernos a tomar en serio la gravedad de su importancia. Cuando la Escritura se lee es Cristo quien habla, como señala SC 7, y la predicación, que ha de beber de la Palabra, ha de ser consciente de esta realidad. Su predicar supone ‘prestar la voz a Cristo’, su preparación y desenvolvimiento no pueden abandonarse a la suerte de la inspiración infusa. Recorrer la historia salutis y, sobre todo, actualizar el misterio de Cristo, que es el objeto central de la predicación, son tareas graves de la misma. Esperamos haber podido contribuir a iluminar todo esto a través de estas pocas líneas.

NOTAS
[1] CIPRIANO VAGAGGINI O. S. B., El sentido teológico de la liturgia. Ensayo de liturgia teológica general, BAC, Madrid 1965. p. 804. allí se citan, a su vez, las palabras de Inter œcumenici 7: «Hay que procurar diligentemente que toda la pastoral esté debidamente relacionada con la sagrada liturgia y que, a su vez, la pastoral litúrgica no se desarrolle de una manera independiente y aislada, sino en íntima unión con las demás obras pastorales. Es particularmente necesario que reine una estrecha unión entre la liturgia y la catequesis, la instrucción religiosa y la predicación».
[2] La lectura de las disposiciones de este Ordo es indispensable, y leerlo una sola vez es insuficiente. Lo encontramos al inicio del Leccionario, pues constituye sus prenotandos.
[3] Sínodo sobre la Palabra de Dios, Roma, 5-26 de octubre de 2008. El patriarca Bartolomé I fue invitado expresamente, como representante de la Iglesia Ortodoxa, a pronunciar su alocución al término de las I Vísperas del Domingo XXIX del tiempo ordinario, el 18 de octubre de 2008, en la Capilla Sixtina. Sus palabras llevaban el título: La Sagrada Escritura en la tradición ortodoxa.
[4] Esta audaz afirmación puede sorprender, pero léase a la luz también del conocido adagio de los Padres: Sacra Scriptura principalius est in corde Ecclesiæ quam in materialibus instrumentis scripta. Es este adagio reflejo de la necesidad de leer la Escritura en la Tradición viva de toda la Iglesia: cf. DV 12 § 3 y Catecismo de la Iglesia Católica (=CEC) 113.
[5] Se trata del Hodie (cf. CEC 2659) en el que se hace presente el Señor a lo largo de toda la historia humana.
[6] V. gr. la ‘Biblia de Jerusalén’ u otra edición crítica.
[7] SAN GREGORIO MAGNO, Homilía VII sobre el libro de Ezequiel, libro I, PL 76, 843D: «[…] quia divina eloquia cum legente crescunt»; es citado por el Catecismo 94. Anteriormente, ya el monje Casiano († c. 432) había enseñado esta misma idea (CASIANO, Collationes, 14, 11, en Sources chrétiennes 54, 197: «Scripturarum facies cum proficiente proficiet»).
[8] SAN JERÓNIMO, Commentariorum in Isaiam libro XVIII, prol., PL 24, 17B.
[9] Cf. CEC 109-119, números estos que despliegan la enseñanza de DV 12.
[10] SAN AGUSTÍN, Contra epistulam Manichoei quam vocant fundamenti, 5, 6, PL 42, 176. Cf. CEC 119.
 Vid. VAGGAGINI, op. cit., p. 808s.