lunes, 3 de octubre de 2011

Las fuentes de la homilía III



Seguimos con la serie de artículos Las Fuentes de la Homilía


Algunas orientaciones magisteriales

Resituadas en el contexto de nuestro debate, las Cautelas sanjuanistas que citábamos en la anterior entrada serán, seguro, de muy buen provecho para el que desee ser buen oyente. Pero, ¿puede dejarse el ministerio de la homilía al arbitrio de la improvisación? Peor aún, ¿puede serlo a merced de la opinión personal? ¿Qué significa que la homilía constituya un ‘ministerio’? ¿Forma parte de la liturgia? Todo ministerio indica un servicio, una diakonía. La homilía sirve, junto con la acción catequética de la Iglesia, para anunciar la Palabra de Dios en toda su integridad y riqueza, y para adoctrinar en las verdades de la fe [1]. Si acudimos al texto de Sacrosanctum concilium 52 leemos una ‘noción’ de homilía muy iluminadora [2]. La reproducimos a continuación en su integridad:
«Se recomienda encarecidamente la homilía como parte de la misma liturgia; en ella, durante el curso del año litúrgico, a partir del texto sagrado, se exponen los misterios de la fe y las normas de vida cristiana; más aún, no debe omitirse, a no ser por una causa grave, en las misas que se celebran los domingos y fiestas de precepto con asistencia del pueblo».
Cuatro cosas pueden advertirse de estas palabras: 1-la recomendación encarecida de la homilía, que pasa a ser deber grave en el caso del domingo y las fiestas de precepto [3]; 2- la situación de la homilía como parte de la liturgia; 3- la doble referencia al ciclo del año y a la Escritura; -4- y finalmente la definición de este último doble marco como clave de referencia dogmático y moral («los misterios de la fe y las normas de vida cristiana») [4]. Podría decirse que estos cuatro parámetros son irreductibles e irrenunciables. El despliegue de una reflexión en torno a ellos daría, qué duda cabe, materia más que suficiente para una tesina. Pero lo que nos interesa es reseñar que, en torno a ellos, la homilía queda situada en su justa y adecuada naturaleza. Por tanto, concediendo que no es lo más importante de la celebración eucarística [5], la homilía es la forma de predicación más destacada [6].


Es muy a tener en cuenta, además, lo que indica la instrucción Inter œcumenici en su número 54:
«Bajo el nombre de homilía, que ha de hacerse sobre un texto sagrado, se entiende la explicación, bien sea de las lecciones de la Sagrada Escritura, bien sea de otro texto tomado del ordinario o del propio de la misa del día, teniendo en cuenta tanto el misterio que se celebra como las necesidades peculiares de los oyentes» [7].
Queda claro que la homilía puede hacerse sobre un texto sagrado, entendiendo dentro de esta nomenclatura tanto la Sagrada Escritura –especialmente el Evangelio del día sobre el que se va a predicar, tal y como es más habitual– como algún otro texto del ordinario o del propio de la misa. Esto es de gran interés para hacer llegar al pueblo cristiano la inteligencia del rico patrimonio eucológico de la Iglesia, la explicación de los gestos y el sentido mistagógico de todo ello. La homilía puede entonces seguir también el fecundo camino del principio que discurre en sus análisis según la expresión per ritus et preces.

Finalmente, otro texto paradigmático es el de la Instrucción Ecclesiæ de mysterio en su número 3 [8]. En él se indica una distinción entre homilía dentro de la misa y homilía fuera de la misa, basándose en la disposición del c. 766 del CIC, donde se afirma que «los laicos pueden ser admitidos a predicar en una iglesia u oratorio […]». En la edición del Código preparada por la Universidad de Navarra el comentario de este canon dice así:
«Para apreciar mejor el carácter excepcional de la predicación que este canon contempla debe tenerse en cuenta la estrecha relación existente entre la predicación y la eucaristía: «La eucaristía aparece como la fuente y la culminación de la predicación evangélica» (Presbyterorum ordinis 5). De ahí que sean los ministros de la eucaristía quienes, en principio, tienen derecho o están facultados para predicar (cf. cc. 762-765)» [9].
Así, dentro de la celebración eucarística, y como parte por tanto de la liturgia, el ministerio de la homilía corresponde sólo a los ministros ordenados; pero fuera de ella es posible, por parte de los fieles no ordenados, la predicación dentro de una iglesia u oratorio.

NOTAS
[1] Cf. Código de Derecho Canónico (=CIC) c. 528 § 1.
[2] Ésta, más tarde fue elevada al status de ‘definición’ por la Instrucción Inter œcumenici en su número 54, de 26-XI-1964 (AAS 56 [1964] 877-900): «Bajo el nombre de homilía, que ha de hacerse sobre un texto sagrado, se entiende la explicación, bien sea de las lecciones de la Sagrada Escritura, bien sea de otro texto tomado del ordinario o del propio de la misa del día, teniendo en cuenta tanto el misterio que se celebra como las necesidades peculiares de los oyentes».
[3] Cf. CIC cc. 528 § 1; 767 § 2; como referencias expresas, pero ver también el tenor de los cc. 762-764.
[4] Cf. DV 7, donde se afirma que Cristo «mandó a los Apóstoles predicar el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta» (la cursiva es nuestra). Este texto conciliar remite a su vez a Mt 28, 19-20; Mc 16, 15; y al Concilio de Trento: Decreto De canonicis Scripturis: DENZ. 783 (1501).
[5] Este tema me lo sugieren las sabias palabras de un amigo, presbítero. Él advertía con naturalidad del riesgo que hay en exagerar la importancia de la homilía, dado que, por ser un servicio, es menos que la Palabra de la Escritura proclamada, que los textos eucológicos orados y, por supuesto, que la presencia real de Jesús en la Eucaristía.
[6] Cf. CIC c. 767 § 1; las ideas que hemos señalado de SC 52 son recogidas, una a una, por el presente canon.
[7] Vid. nota 2.
[8] Instrucción Ecclesiæ de mysterio, de 15-VIII-1997 (AAS 89 [1997] 867ss.).
[9] INSTITUTO MARTÍN DE AZPILCUETA (ed.), Código de Derecho Canónico, Eunsa, Navarra 62001. El comentario es del Dr. Eloy Tejero, profesor ordinario de Historia del Derecho Canónico de la Universidad de Navarra.