viernes, 2 de septiembre de 2011

Más profesores... más policía


«El árbol cultivado y guardado, con el beneficio de su dueño da la fruta en el tiempo que de él se espera», san Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 6.

Imagen cortesía de www.clipartpal.com
De nuevo, escribo una nota para mis antiguos alumnos, con muchos de los cuales mantengo contacto a través de facebook (lo cual, dicho sea de paso, agradezco enormemente). Que una sociedad necesite sustentarse en la estructura policial para mantener un mínimo de orden es triste. Cuando digo 'policial' todos sabemos a qué nos estamos refiriendo: agentes de policía armados y con porra que ocupan esos lugares denominados comisarías. Mi respeto hacia todos ellos y hacia su labor, muchas veces administrativa y absolutamente necesaria. Mi respeto también hacia las porras en todo momento en el que, a causa de cuatro descerebrados, aquéllas hayan de ser usadas. Cuando digo 'policial', por tanto, me estoy refiriendo al cuerpo de Policía (sí, con mayúscula, tal y como indica el DRAE para la acepción número 1 de este término). Pero la palabra 'policía' proviene del latín politīa, y este del griego πολιτεία. Para quien sepa griego ya no haría falta decir más... Es decir, hablamos de cortesía, buena crianza, buen trato, urbanidad, buen orden en las costumbres. Así, todo individuo debe poseer esta cualidad, esta πολιτεία. Dicho de otro modo, y siguiendo una idea sanjuanista, uno ha de ser policía de sí mismo. Para ello, puesto que no somos mónadas leibnizianas, es necesario disponer de maestros y, por ende, es necesario haber aceptado ese paso tan necesario en la existencia y en el progreso vital que denominamos 'discipulado'.

Personalmente, y por mi poca experiencia docente con alumnos desde los 4 hasta los 18 años (aunque finalmente me centré más en las edades comprendidas entre los 15 y los 18), creo que un método imprescindible es, llanamente hablando, 'subir el listón' de nuestras exigencias. Con mis alumnos de 4º de la ESO, en Ética (Ética filosófica, les decía yo), invité a mis alumnos a leer a Goethe, a Shakespeare, a Sándor Márai, a Jeremias Gotthelf... (y en verano algunos leyeron, a petición suya y consejo mío, las Confesiones de san Agustín, la Apología de Sócrates...). Y algún compañero de la asignatura de Lengua y Literatura me preguntó más de una vez, asombrado, que cómo lograba que se acercaran a esos autores, que si no era muy atrevido... La verdad es que comparando lo que ellos estaban leyendo en su asignatura, no es de extrañar tal asombro. ¿Cómo es posible que un alumno, a esas edades, no se haya acercado a las cumbres de la Literatura Universal para realizar, guiado por ellas, un mínimo examen cultural, filosófico, literario y, sobre todo, absolutamente vital? Leyendo Las afinidades electivas o el Fausto muchos se encontraban, claro está, con la dificultad de unas obras para las que nadie les había preparado (?). Pero en una altísimo porcentaje de los alumnos hallé un ímpetu personal por el esfuerzo, como un 'duelo' ante el autor al que habían de encarar. Creo que ese es el estado policial que más habría de ser fomentado en nuestra sociedad.

Por cierto, para quien parezca exagerado, todo lo que cuento es verdad, pero la experiencia no es única: léanse Elogio de la transmisión, de George Steiner/Cécile Ladjali (Siruela 2007).

Desde aquí, de nuevo, un guiño a todos los que fuisteis mis alumnos.