martes, 13 de septiembre de 2011

Fadanelli: Elogio de la vagancia


«La novela es el mundo donde los extraños se parecen más a nosotros», dice el autor del siguiente ensayo, que es un adelanto de su libro Elogio de la vagancia (Lumen, 2008). Buena parte de las hipótesis de la ciencia, en torno a la moral, es literatura, reflexiona. Texto: Guillermo Fadanelli, Ciudad de México, 1964. Escritor. Es autor de Educar a los topos y Malacara (Anagrama).
Fuente: diasiete.com


Quizás el único momento en que las máquinas se parecen a los hombres es cuando dejan de funcionar, se averían o su mecanismo comienza a tener vicios, cuando enloquecen y no responden a nuestro control. Crear ambiciosas hipótesis acerca de cómo funciona la mente humana, o sobre la naturaleza de las ideas y los procesos neuronales que dan lugar al pensamiento, es hasta cierto punto bastante parecido a seguir podando el jardín todas las mañanas (en caso, claro, de que se posea un jardín, cosa difícil como están las cosas hoy en día). Las explicaciones son un ejercicio que hace bien por las mañanas, pero no asegura la salud ni la vida. Hilary Putnam dice, en su Cómo renovar la filosofía, que no hay razón para que con objeto de estudiar la cognición humana tengamos que reducirla a cómputos o procesos cerebrales (justo lo contrario que hace, por ejemplo, la literatura de ficción o la novela cuando describe a un personaje que conoce a través del sufrimiento o las lágrimas).

Supongamos que los materialistas y ciertos filósofos analíticos tienen razón cuando señalan que el conocimiento del mundo desde la filosofía debe aspirar a ser una ciencia: si la filosofía no es una ciencia verificable entonces es literatura, retórica o mística: coleccionismo de sellos. Yo creo también que en buena parte la ciencia es literatura, y que las hipótesis de que podemos reducir las ideas, las pasiones o los vicios a un conjunto de procesos físicos mensurables deben ser considerados intentos bastante curiosos de crear más literatura fantástica (por lo demás me parece una tarea bastante aburrida).

Habrá que probar esta afirmación, me reprenderán con severidad los expertos, pero es imposible probar esto sin entrar en el juego y sin abordar el edificio donde todo parece tener un lugar: la prueba, la verificación, la demostración conforman diversas aristas de un juego que sólo es interesante para quien lo acepta, como subir la pendiente de una montaña con la certeza de que escalar y conquistar el pico es una hazaña que será aplaudida por absolutamente todos los hombres. En vista de que soy yo quien esto escribe me gustaría añadir uno más de mis comentarios innecesarios: en lo que a mí respecta prefiero descender un metro dentro del ataúd que subir los cuatro mil metros de una montaña.

Que una montaña sea la misma para todos los observadores lo entienden ciertos pensadores de la siguiente manera: la presencia de un mundo físico supone leyes que continuarían siendo las mismas aun cuando los seres humanos no existieran. Las corrientes marinas, los dinosaurios, o la diferencia de temperatura entre el centro de la tierra y la atmósfera no son una invención humana: su diferencia puede ser medida de varias maneras, pero tiene lugar en un mundo donde dicha diferencia es una constante. En contraparte a la moral o a las artes, la materia física precedió a la llegada del hombre y habría de todas formas cumplido con las leyes que le son propias. Bien, supongamos que estamos de acuerdo en que la materia posee cualidades en sí que no se encuentran a discusión, pero aún si esta idea se comprobara no es saludable que en aras de un conocimiento positivo inventemos normas morales universales a partir de los procesos físicos o químicos que tienen lugar en nuestro cuerpo: sobra decir que los fascistas se han aprovechado en buena parte de estos trucos ya centenarios. Las ideas de valor, mente, conocimiento sobrepasan por mucho el reduccionismo y cuando escuchamos a una persona decir que sus ideas morales poseen un irrefutable fundamento científico (biológico sobre todo), lo más prudente es salir corriendo de allí antes de que terminemos en una isla picando piedra.


Morir en paz

Es de noche, dos personas caminan entre la bruma en dirección a un parque donde acostumbran sentarse en una banca a discutir. Son dos viejos y se preocupan poco por el frío que se vale de la ausencia de sol para pasearse en las calles. Se han decepcionado de casi todo y no dudan en responder con gruñidos a cualquiera que desee cruzar una palabra con ellos. Están decepcionados de la humanidad, de sus propias vidas e incluso de los días que aún les quedan para continuar respirando. Lo único que les despierta cierto entusiasmo es charlar entre ellos, sobre todo porque nunca se ponen de acuerdo en nada. Y los motivos más frecuentes en estas discusiones son acerca de decisiones que tomaron en su juventud, se preguntan si obraron mal o debieron de hacer una cosa en vez de otra. Se hallan en el ocaso de sus vidas y es importante para ellos narrar su pasado y así convencerse de que obraron de manera adecuada. ¿Será esto posible? Quizás un filósofo moral versado en la lógica opinará que lo primero que deben hacer para conversar acerca de asuntos morales es poner en orden sus enunciados: no pueden llegar a un acuerdo si sus oraciones están mal planteadas o son ilógicas, es decir, si no se están entendiendo, ¿pero a ellos qué puede importarles esto si sólo buscan un poco de consuelo en sus palabras y en la atención del otro? Quieren saber la verdad, eso sí, pero la verdad se halla tan lejos como las pasiones que los arrostraron en su juventud: buscan morir en paz.

Quisiera pensar que uno de esos viejos seré yo mismo dentro de varios años, y que mis tribulaciones jamás serán mitigadas por vía de los argumentos, aunque sí de las palabras. Kant, Mill, Moore, Hare han escrito libros certeros y minuciosos acerca de la moral. Y a pesar que sus opiniones son divergentes (o justamente por ello) aconsejo leerlos a todos y después acomodar el mundo a la conveniencia de cada quien. Si creemos que los juicios morales (mi amigo Rafael es bueno porque es fiel a su mujer), son fundados sólo a partir de intuiciones, o si aceptamos que los enunciados morales obedecen a principios lógicos, o si en último de los casos estamos ciertos de que en asuntos éticos uno debe imponer o preescribir sus verdades, no está de más comparar y sopesar otras opiniones: justo es éste el único modo de recorrer el agotador reconocimiento del otro.

Los detalles

Y una cosa más: ¿cómo hacemos para sentir los conflictos morales ajenos de una manera tan intensa como experimentamos los que nos suceden en carne propia? En la literatura, por supuesto: en ella no encontraremos los recovecos técnicos de los especialistas, pero si tenemos suerte y el escritor es bueno, entonces tendremos una réplica de la vida en nuestra propia mesa. «Quien no acepta los detalles, probablemente lo quiere todo, absolutamente todo«», dice el anciano personaje de El último encuentro, «Tenemos que soportar que nuestros deseos no siempre tengan repercusión en el mundo. Tenemos que soportar que las personas que amamos no siempre nos amen, o que no nos amen como nos gustaría». Después de leer esta novela de Sándor Márai he aprendido tanto sobre la amistad y las pasiones como no podría haberlo hecho siguiendo a los lógicos morales, y esto por una sencilla razón: la novela es el mundo donde los extraños se parecen más a nosotros.