viernes, 16 de septiembre de 2011

El iPad de Dios



Reúno aquí lo que en su día fueron dos artículos distintos.

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Queremos tocar, queremos saber en qué realidades nos tocamos eso esencial que somos y tenemos. El ser humano manifiesta en su progreso algo más que capacidades: se muestra deseando, se descubre en el deseo. Y toca el mundo. Gira la cabeza para acercarse a la nariz de Cleopatra, y a eso, paradójicamente, lo llamamos 'tomar distancia'. Si César o Alejandro hubieran tenido el arma de la inmediatez se habrían embriagado cubriendo distancias sin abandonar apenas los duros mármoles de la patria. Pero también deseaban. Tocar, ver, decir aquí. Y eso es todo un impulso de acabamiento, una procedencia y una remisión: de dónde venimos, hacia dónde vamos. Se puede discutir si en nuestra posmodernidad la razón se ha convertido en un puro factum, una instrumentalidad. Política y economía, hoy, no pasan de aquí, desgraciadamente. Pero es irónico: hasta carente ante sí misma de sentido propio, esa instrumentalidad deviene metafísica. En su día, presentaron el iPad casi como si se tratase de la metáfora viva de la Encarnación del Verbo. Tocar el control que mueve el mundo en unas pulgadas, en un espacio -aquí- y en un tiempo ahora. ¿Es la contingencia o es la destilación de la misma para beber el licor de lo absoluto? Lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que palparon nuestras manos… Y da vértigo, como aquella cámara de Hitchcock, acercándose al objeto mientras se aleja el zoom.

Y da vértigo porque aquí está el problema: lo abstracto en lo concreto, lo absoluto en lo contingente. Este es el mayor desafío a que la razón humana se ha enfrentado jamás. A Kant y a otros les podía parecer todavía que la razón podría fundamentarse a sí misma. Ahora ya no. Muchos candidatos espúreos han pretendido ascender al trono, pero ¡qué miedo da estar allí arriba cuando no se es digno! La razón misma imita en su pretensión absoluta aquel mismo Absoluto que niega. Pero hoy ya no. Desesperados de nosotros mismos, somos razón eficaz y cibernética. Y todo por negar lo histórico en lo histórico que somos, esta carne y estas manos, como alumnos sin pedagogo que se dan clase a sí mismos. Y así seguimos. El error, lo absolutamente falaz, está en obligar al dilema: o el absoluto o la tradición histórica. Elegir lo absoluto al más alto precio imaginable: desdeñando lo histórico necesario e insustituible. ¿Puede el hombre, que es historia, renunciar a su acontecer biográfico, a lo suyo biográfico personal y a la biografía de toda la especie humana? Como si a las palabras del lenguaje con las que pensamos el mundo les sobraran a la atención benigna de quien esto escruta.

Leo a Henri de Lubac y, como siempre, me quedo boquiabierto. No creo que de Lubac pudiese hacerse una idea de los avances tecnológicos de los que ahora disponemos, como tampoco creo que un Huxley o un Orwell apuntaran con sus vaticinios tan alto como para pensar que nadie superara el listón de la barbarie estéril que encontramos en A brave new world (Un mundo feliz) o en 1984. Ese listón que aterra, pensarían, ha llegado a su cenit. Hoy, sin embargo, el estilo Fosbury está depuradísimo, y cualquier científico manipula embriones, se los carga, los clona, los multiplica, los desecha… y mil cosas más. En definitiva: lo que esos novelistas cuentan, con mayor gravedad, y sucediendo de verdad. Cuando leí Un mundo feliz pasé miedo, pero siempre podía cerrar el libro y decir buenas noches. En la vida real eso, me temo, no puede hacerse, por mucho que algunos se empeñen en aquello de 'deja de preocuparte y disfruta'. No creo, decía antes, que de Lubac pudiese hacerse una idea de nuestros avances tecnológicos, y esto en el sentido de que jamás pudo pensar en un iPad ni en cosa semejante. Pero profetizó al milímetro la tiranía del cientifismo, del tecnologismo o del 'nihilismo tecnológico', como dice V. Puig en el prólogo introductorio, prólogo excelente, por cierto. La obra, El drama del humanismo ateo, es portentosa. No es ahora mi interés hacer una recensión del libro, pero en él de Lubac se enfrenta a otros tres profetas también, aunque de otro bando: Comte, Feuerbach, Nietzsche. Este último ya formaba parte de otro tridente que da cosa: los 'maestros de la sospecha', según la conocida expresión de Ricoeur. Estos son, además de Nietzsche, Marx y Freud.

La cosa está ahora en cuestionarse lo siguiente: todo lo que puede hacerse, ¿debe hacerse? En el ámbito científico-tecnológico, ¿debe llevarse a cabo todo lo investigable y ejecutable? Técnicamente podemos clonar seres humanos, pero, ¿debe hacerse? Y así podemos seguir con infinidad de cosas. Y bien ¿qué decidir? No se trata de la simpleza consistente en o ser retrógrado −y despreciar el avance o ser progresista y tirar para adelante, cueste lo que cueste. En este caso la sociedad se ha convertido en un asno de Buridán de lo más curioso: no muere de hambre y de sed por no elegir (y esto es ya elegir); sencillamente languidece y muere por elegir su propia insensatez. Estamos en una era de posmodernidad que se define, precisamente, por ser el momento de la poshumanidad…

© Álvaro Menéndez Bartolomé
19 de febrero de 2010