jueves, 15 de septiembre de 2011

Einstein y el sentido religioso


The world as I see it, Albert Einstein
Fuente: aip.org
Traducción: Álvaro Menéndez

«La mente intuitiva es un don
y la mente racional un fiel sirviente.
Hemos creado una sociedad que rinde honor
al sirviente y ha olvidado el don»
«¡Cuán extraños somos la mayoría de nosotros los mortales! Cada uno de nosotros está aquí durante una breve jornada, sin saber con qué propósito, aunque a veces le parezca que cree saberlo. Pero no es necesaria una reflexión demasiado profunda para darse cuenta, a partir de la vida cotidiana, de que uno existe para los demás −primeramente para aquellos de cuyas sonrisas y bienestar depende nuestra propia felicidad− y luego para tantos otros, desconocidos por nosotros, a cuyos destinos estamos ligados mediante los lazos de la simpatía. A diario, cientos de veces me recuerdo a mí mismo que tanto mi vida interior como mi vida exterior se basa en el trabajo de otros hombres, vivos y muertos, y que debo hacer un gran esfuerzo con el fin de dar en la misma medida en la que he recibido y en la que todavía estoy recibiendo…

»Nunca he considerado la tranquilidad ni la felicidad como fines en sí mismos –este es un fundamento crítico que yo denomino el ideal de la pocilga−. Los ideales que han iluminado mi camino, y que una y otra vez me han concedido Nuevo coraje para arrostrar la vida con jovialidad han sido el Bien, la Belleza y la Verdad. Sin sentido de bondad con los hombres de mente semejante, sin una tarea por el mundo objetivo –que son los objetivos eternamente inalcanzables en los capos del arte y de la ciencia−, mi vida habría sido vacía. Los tan manidos objetivos de la vida humana –posesiones, éxito reconocido, lujo− siempre me han parecido despreciables.

»Mi apasionado sentido de la justicia social, así como de la responsabilidad social, siempre han contratado paradójicamente con mi marcada falta de necesidad de contacto con otros seres humanos o sus comunidades. Ciertamente soy un ‘llanero solitario’ y nunca he pertenecido con todo mi corazón a mi país, ni a mi hogar, ni a mis amigos, ni siquiera a mi familia más cercana. Frente a todas estas ataduras nunca perdí el sentido de distancia ni la necesidad de la soledad…

»Mi ideal politico es la democracia. Que cada hombre sea respetado como individuo y ningún hombre sea idolatrado. Es una ironía del destino que yo mismo haya sido receptor de admiración excesiva y de reverencia por parte de mis colegas, sin culpa ni mérito por mi parte. El motivo de esto bien pudiera ser el deseo, inalcanzable por muchos, de entender las pocas ideas que he alcanzado con mis débiles fuerzas a través de un incesante combate. Me doy perfecta cuenta de que para que cualquier organización alcance sus metas un hombre ha de realizar la labor de pensar y de dirigir, así como de asumir la responsabilidad. Mas aquellos que son guiados no pueden serlo bajo coacción: han de ser capaces de elegir a su líder. A mi parecer, un sistema autocratic coercitivo degenera antes o después, pues la fuerza atrae a los hombres de más ínfima moralidad… Lo auténticamente valioso en el desfile de la vida humana me parece que no es el estado politico sino el creative, lo sentiente individual, la personalidad. Con esto basta para crear lo noble y lo sublime, al tiempo que el rebaño como tal permanence embotado de pensamiento y de sentimiento.

»Este tópico me lleva a aquello que es el peor afloramiento de la vida en estado gregario: el sistema militar, que detesto… Esta lacra de la civilización habría de ser abolida con la mayor celeridad posible. Heroísmo bajo órdenes, violencia sin sentido, y todo repugnante sinsentido que acompaña el nombre del patriotismo: ¡con que pasión los odio!

»La experiencia más hermosa que pueda uno tener es la del misterio. Es una emoción fundamental que está al pie de la cuna del verdadero arte y de la auténtica ciencia. Quienquiera que no la conozca no puede asombrarse más, ni jamás volver a maravillarse; es tanto como si estuviera muerto y sus ojos carentes de luz. Fue la experiencia del misterio –incluso mezclada con la del miedo− la que dio origen a la religión. El conocimiento de la existencia de algo que no podemos penetrar, las percepciones que tenemos de la más profunda de las razones y la más radiante de las bellezas, que sólo en sus formas más primitivas son accesibles a nuestras mentes: he aquí que dicho conocimiento y dicha emoción constituyen la auténtica religiosidad. En este sentido, y solo en este, soy un hombre profundamente religioso… Estoy satisfecho con el misterio de la vida eterna y con el conocimiento y la sensación de la maravillosa estructura de la existencia, así como también lo estoy con el humilde intento de comprender incluso la más diminuta porción de Razón que se automanifiesta en la naturaleza».