martes, 23 de agosto de 2011

Meeting Rimini 2011



MENSAJE DEL CARDENAL SECRETARIO DE ESTADO TARSICIO BERTONE EN NOMBRE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI, CON OCASIÓN DE LA TRIGÉSIMO SEGUNDA EDICIÓN DEL ENCUENTRO POR LA AMISTAD ENTRE LOS PUEBLOS
(Rímini 21-27 de agosto de 2011)

10 agosto 2011

A Su Excelencia Reverendísima Monseñor Lambiasi, obispo de Rímini

Excelencia Reverendísima,

también este año tengo la alegría de transmitirle el saludo cordial del Santo Padre a Vuestra Excelencia, a los organizadores y a todos los participantes del Encuentro por la amistad entre los pueblos, que se desarrolla durante estos días en Rímini. El tema escogido para esta edición de 2011 −¿Necesita la existencia una inmensa certeza?− suscita varios interrogantes: ¿qué es la existencia? ¿Qué es la certeza? Y sobre todo: ¿cuál es el fundamento de la certeza sin la cual no puede vivir el hombre?

Sería interesante adentrarse en la riquísima reflexión que la filosofía, ya desde sus albores, ha desarrollado en torno a la experiencia del existir, del ser, llegando a conclusiones importantes, aunque a menudo contradictorias y parciales. Incluso podemos llegar a lo esencial tomando como partida la etimología latina del término existencia: ex sistere. Heidegger, interpretándola como un “no permanecer”, ha puesto en evidencia el carácter dinámico de la vida del hombre. Pero ex sistere nos evoca al menos otros dos significados, aún más descriptivos de la experiencia humana del existir y que, en un cierto sentido, están en el origen del propio dinamismo analizado por Heidegger. La partícula ex nos hace pensar en un lugar de origen o de proveniencia y, al mismo tiempo, en un ‘hacerse otro’, casi un ‘trascender’ que define de modo permanente el mismo ‘estar’. Aquí damos con el nivel más originario de la vida humana: ésta vida es creaturalidad, es estructuralmente dependiente de un origen, es querida por alguien hacia el cual tiende, casi inconscientemente. El fallecido monseñor Luigi Giussani, quien con su fecundo carisma dio origen a estos encuentros de Rímini, insistió muchas veces en esta dimensión fundamental del hombre. Y justamente, puesto que es de la conciencia de donde deriva la certeza con la cual el hombre afronta la existencia. El reconocimiento del propio origen y la ‘proximidad’ de este mismo origen en todos los momentos de la existencia son las condiciones que permiten al hombre una maduración auténtica de su personalidad, una mirada positiva hacia el futuro y una fecunda incidencia histórica. Este es un dato antropológico perfectamente verificable en la experiencia cotidiana: un niño está más firme y seguro cuanto más experimenta la cercanía de sus padres. Pero, siguiendo con el ejemplo del niño, percibimos que, por sí solo, el reconocimiento del propio origen –y, consiguientemente, el de la dependencia estructural personal− no basta. Incluso al contrario: como ha demostrado ampliamente la historia, podría parecer un peso del que hay que liberarse. Aquello que hace ‘fuerte’ al hijo es la certeza del amor de sus padres. Es necesario, y aquí está el punto, entrar en el amor de quien nos ha querido para poder experimentar la positividad de la existencia. Si falta una de estas dos cosas: la conciencia del origen y la certeza de la meta del bien hacia el cual el hombre es llamado, será imposible explicar el dinamismo profundo de la existencia y comprender al ser humano. Ya en la historia del pueblo de Israel, y sobre todo en la experiencia del éxodo descrita en el Antiguo Testamento, se manifiesta cómo la fuerza de la esperanza deriva de la promesa paterna de Dios que guía a su pueblo, de la memoria viva de sus acciones y de la promesa luminosa acerca del futuro.

El hombre no puede vivir sin una certeza acerca de su propio destino: «Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente» (Benedicto XVI, encíclica Spe salvi2). ¿Pero sobre qué certeza puede fundamentar el hombre razonablemente su propia existencia? ¿Cuá es, en definitiva, la esperanza que no defrauda? Con el advenimiento de Cristo, la promesa que nutría la esperanza del pueblo de Israel alcanza su cumplimiento, y adquiere un rostro personal. En Cristo Jesús el destino del hombre ha sido arrancado definitivamente de la nebulosidad que lo rodeaba. Por medio del Hijo, con el poder del Espíritu Santo, el Padre nos ha revelado de modo definitivo el futuro positivo que nos espera. «El hecho de que este futuro exista cambia el presente; el presente está marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras» (Spe salvi, 7). Cristo resucitado, presente en la Iglesia, en los sacramentos y con su Espíritu, es el fundamento último y definitivo de nuestra esperanza. Él es el éschaton ya presente, aquel que hace de la existencia misma un advenimiento positivo, una historia de salvación en la cual toda circunstancia revela su verdadero significado con relación a la eternidad. Si falta esta conciencia es fácil caer en los riesgos del actualismo, en el sensacionalismo de las emociones, en el cual todo queda reducido al fenómeno, o a la desesperación, en la cual toda circunstancia parece carente de sentido. Así, la existencia se transforma en una búsqueda afanosa de sucesos, de novedades pasajeras que, al cabo, resultan insatisfactorios. Sólo la certeza que nace de la fe permite al hombre vivir de modo intenso el presente y, a la vez, trascenderlo, descubriendo en esto el reflejo de lo eterno hacia el cual está ordenado el tiempo. Sólo la presencia reconocida de Cristo, fuente de la vida y destino del hombre, es capaz de despertar en nosotros la nostalgia del Paraíso y, así, de proyectarnos con fe en el futuro, sin miedo y sin falsas ilusiones.

Los dramas del siglo presente han demostrado ampliamente que cuando la esperanza cristiana decae, cuando –por decirlo mejor− la certeza de la fe decrece y también el deseo de “las cosas últimas”, es cuando el hombre pierde su camino y acaba siendo víctima del poder, y empieza a reclamar a la vida aquello que la vida no puede darle. Una fe sin esperanza ha provocado el surgimiento de una esperanza sin fe, intramundana.

Hoy más que nunca los cristianos somos llamados a dar razón de la esperanza que habita en nosotros, a dar testimonio al mundo de aquel otro mundo sin el cual todo permanece incomprensible. Pero para esto es necesario, como dice Jesús a Nicodemo, “nacer de nuevo”, permitir ser regenerado por los sacramentos y la oración, descubrir en esto el seno de toda auténtica certeza.la Iglesia, manifestando en el tiempo el misterio de la eternidad de Dios, es el sujeto adecuado de esta certeza. En la comunidad eclesial, la pro-existencia del Hijo de Dios nos reúne; en esta comunidad, la vida eterna, a la cual toda la existencia está destinada, se hace experimentable desde ya mismo. «La inmortalidad cristiana –afirmaba a comienzos del siglo pasado el padre Festugière− tiene como carácter propio el hecho de ser la expansión de una amistad». ¿Qué otra cosa iba a ser el Paraíso sino el cumplimiento definitivo de la amistad con Cristo en medio de nosotros? En esta perspectiva, sigue el religioso francés, «poco importa, pues, dónde se encuentre. El cielo es en verdad allí donde se halle el Cristo. Así, el corazón que ama no desea otra alegría sino aquella de vivir siempre junto al amado». La existencia, por tanto, no consiste en un ciego proceder, sino en un caminar al encuentro de aquel que se ama. Sabemos, por tanto, dónde estamos andando, hacia dónde nos dirigimos, y esto orienta toda nuestra existencia.

Excelencia, deseo que estos breves pensamientos puedan ser de ayuda para todo aquel que tome parte en el Encuentro. Su Santidad Benedicto XVI desea confirmar a todos, con afecto, Su recuerdo en la oración y, esperando que la reflexiones de estos días refuercen la certeza de que solamente Cristo ilumina plenamente nuestra existencia humana, envía de corazón a Usted, a los responsables y a los organizadores de este evento, así como a todos los presentes, la particular Bendición Apostólica.

[…]

+ Tarcisio Card. Bertone Secretario de Estato de Su Santidad

Fuente: www.vatican.va

Traducción del original italiano: Álvaro Menéndez