jueves, 25 de agosto de 2011

Kant: Religión y Razón Pura


El libro de la semana
Immanuel Kant, La religión dentro de los límites de la pura razón (1793)

Immanuel Kant, 1724-1804
El contexto general de la obra no es otro que el marco que aborda la relación entre moralidad y religión. Presentada en las dos Críticas, teórica y práctica, esta relación es explicada con más detenimiento en la obra que ahora nos ocupa. Puesto que un concepto fundamental para elaborar una adecuada comprensión de esta relación es el de testimonio, abordaré esta breve reseña desde la naturaleza del mismo. Los elementos fundamentales en vistas a la comprensión de la categoría de testimonio en la teoría de la religión kantiana los presentaremos a modo de guiones, conduciendo el hilo del discurso de lo general a la idea particular que ahora nos ocupa. Así, según Kant:

-La moralidad es autosuficiente en virtud de la razón pura práctica, tal y como Kant demuestra en su Crítica de la razón práctica [CRPr] (“¿Qué debo hacer?”, esa era la pregunta de la moral).

-Dicha autosuficiencia significa que para que el hombre conozca su deber no hace falta recurrir a ser superior alguno, basta con el motivo de la ley moral descubierta por la razón (imperativo categórico).

-La ley moral conduce al descubrimiento de la correlación entre virtud/bondad y felicidad, este par.

-Pero la virtud que proporciona felicidad al hombre no es el fundamento de la moralidad (como tampoco habrá de serlo de la verdadera fe racional religiosa, como veremos). Dirigirse hacia su consecución soslayando “el deber por el deber” es moverse por intereses espurios, heterónomamente, como a la caza de un premio. Esto, en el ámbito de la Religión, nos situaría en una fides mercenaria, servilis. No, la voluntad ha de ser autónoma, guiada únicamente por el imperativo categórico autoimpuesto.

-Conclusión: apoyar la moral en Dios o en el logro de una felicidad última a manera de meta es fomentar una ética heterónoma: grave error que Kant atribuye a todos los moralistas anteriores a él.

-Conclusión ‘trampa’ en la que muchos caen, al no entender a Kant sino desde la situación atea que hoy nos rodea: parece que, entonces, dicen algunos,  “Kant no deja lugar a Dios”. Nada más falso: ya en la Crítica de la razón pura [CRP] deja espacio a la fe. ¿Cómo? Sosteniendo que un concepto del ser más perfecto (=Dios), aunque teóricamente vacío (pues no hay experiencia sensible de él), no es absurdo o contradictorio desde el punto de vista lógico. Eso por un lado, porque también la CRPr dice que dicho concepto (“el ser más perfecto”) sí posee algún contenido práctico. ¿Cuál es este contenido? ¿Cómo se llega a él? Demostrando que la concepción del ser más perfecto está en relación con las nociones de deber y de ley moral a través del concepto de sumo bien.

-Por tanto, estos hallazgos de las dos Críticas son el fundamento de la noción de fe kantiana, o mejor dicho, del acto de fe. ¿Es posible entonces el acto de fe? Sí. Ahora bien, ¿qué es? Ciertamente no halla su raíz en el hecho de creer en el testimonio de otros. Es un acto de fe, atención, puramente racional, como puede desprenderse del encadenamiento de premisas que han permitido la fundamentación de tal acto, según se ha ido exponiendo.

-Pero también es fácil deducir que tal acto de fe posee una naturaleza especial que lo sitúa, desde luego, más allá de las esferas tanto de la aprehensión de la ley moral como de la aprehensión del mundo empírico. Ese acto pertenece al campo de la religión.

-Notemos que la moralidad lleva inevitablemente a la religión. Pero entre moralidad y la concepción de este ser supremo que llamamos ‘Dios’ queda un vacío lógico. Este abismo es sorteado gracias al acto de fe que, al tener como misión llenar dicho vacío, es, repetimos, puramente racional. La doble categoría testigo-testimonio no tiene cabida aquí, como es evidente, si dicha dinámica testimonial se entiende dentro de un acontecimiento histórico dado por algo o por alguien distinto del yo. Pero si por testimonio se entiende la noticia traída por la Razón de, en palabras del propio Kant, “la ley moral dentro de mí”, la fe racional kantiana es una tarea religiosa que opera dentro de los límites del propio sujeto. Purificado de escorias, la tradición cristiana podría reconocer en este ‘acto de fe-religión’ el testimonio de la conciencia que, si bien es personal, atiende a la maravillosa dinámica de ‘dirigirse a la persona’ trayendo un mensaje a modo de heraldo. No son estas vías que Kant se disponga a transitar.

-Entonces, ¿Dios no es como “un legislador moral fuera del hombre” a ojos de Kant? Sí, lo es. De hecho, ya hemos señalado que el acto de fe rellena un vacío lógico dado entre moralidad (¡autosuficiente y autónoma!) y el ser supremo. Pero el concepto de Dios viene a refrendar lo que la razón, por sí sola, ha hallado. Así, se puede hablar, dado que el acto de fe se sitúa dentro de la esfera de la religión racional ya descrita, de “una única religión verdadera”, distinta de los diferentes ‘envoltorios’ o credos (cristianos, mahometanos, judíos, etc.). Dicho de otro modo: ser hombre de religión es más amplio y más racionalmente sensato que ser cristiano o mahometano, credos que pueden acercarse con más o menos acierto a la religión racional verdadera, pero que no constituyen Religión propiamente hablando.

-¿Es novedoso esto? No. Lessing dice exactamente lo mismo (léase el poema dramático Nathan the Wise, 1779).

-¿Qué estatus tiene el cristianismo según Kant? El filósofo respetó todo credo religioso, y en especial al cristianismo. Pero este respeto de predilección respecto de otros credos se debe a la doctrina moral que contiene el cristianismo, nunca porque sea una fe histórica. A ojos de Kant, la fe histórica no tiene valor moral alguno. En una carta a Lavater (28-4-1775) dice: “Yo distingo la doctrina de Cristo del informe que tenemos de la doctrina de Cristo, y para conseguir la primera trato, por encima de todo, de extraer la doctrina moral separada de todos los preceptos del Nuevo Testamento. La primera es con seguridad la doctrina fundamental del Evangelio, la segunda puede ser solamente una doctrina auxiliar…”.

-De modo que para Kant el ‘testimonio’, que él denomina “informe”, de los que tocaron, vieron a Cristo, vivieron con Cristo, hablaron con Cristo… es distinto de su “doctrina”. No se atreve, dice Kant en la misma carta, a juzgar sin embargo dichos informes. ¿Por qué? Un escrúpulo: “No estoy lo suficientemente cerca de los tiempos en que ellos (los informes de los evangelistas y de los apóstoles) llegaron a constituir tales decisiones peligrosas y arrogantes”.

-Le parece imposible de todo punto que una fe histórica pueda poseer validez universal. Así habla de “fe religiosa pura”. La fe, para serlo, y su continente, la religión pura, debe ser liberada de los lazos empíricos en los que se apoya toda historia y que, a su vez, se apoyan en la historia. Kant postula una religión racional universal, en la que toda pretensión de testimonio particular de proyección totalizadora es una amenaza fundamentalista contra la promoción universal del bien y la paz eterna (¿no apesta a ciertas nociones simplistas de ‘tolerancia’?).

Recapitulación y valoración final

Las consecuencias de las afirmaciones kantianas se inician con la filosofía de Descartes, la cual establece una nueva visión de la verdad. Ahora ésta es pensada como certeza, aseguramiento por parte del sujeto. La realidad toda como objeto es ente en cuanto que su esencia se apoya en el sujeto que la percibe. Dicho de otro modo: la subjetidad (o subjetividad) es la que determina el ser de las cosas. De manera que las condiciones de posibilidad de todo ― condiciones que son a priori― se dan en la Razón del sujeto. Lo que para los griegos es el arjé  (“lo que de antemano impera”), para Kant es lo mismo: lo que está ya dado (a priori) y que como subiectum sustenta, por ende, todas las cosas. La posibilidad de que algo se dé la determina lo apriorístico de la Razón. La filosofía, en Kant, sigue estudiando ‘lo que es’, tal y como enseña Aristóteles. El problema consiste en que lo que es, presentándose como objeto, tiene su ser en manos del sujeto, al cual se le hace presente la realidad objetiva, pero que es realidad en cuanto que es pensada por aquello que garantiza las condiciones de su ser ente. Así, ‘testigo’ no es otra cosa que la Razón: ella pone, ella quita. Hoy no se acepta la verdad que no pase por nuestras entendederas. Todo lo que viene de fuera no es creíble y la verdad transmitida por el testimonio histórico, sencillamente no lo es. Precisamente, sin embargo, en lo que atañe a la Religión ―que Kant pasa por la misma criba― el testimonio divino no es sólo motivo de credibilidad sino de Revelación: Verdad que es dada y ofrecida como don, realidad que sale al encuentro.

Nota: el análisis de la presente reseña se basa, principalmente en la Tercera Parte del libro, Primera Sección, Párrafos 6-7.