jueves, 4 de agosto de 2011

Fe y razón


El título del presente artículo no es original: es el mismo que el de la conocida encíclica de Juan Pablo II Fides et ratio.
Entre fe y razón han de tenderse puentes 
Ya Manuel II Paleólogo (1350-1425) afirmó que "no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios", y a este personaje histórico se refirió Benedicto XVI en el famoso discurso de Ratisbona (12 de septiembre de 2006), que llevaba el título de 'Fe, razón y la universidad: memorias y reflexiones'. En este mismo discurso, el Santo Padre concluía diciendo que "en el diálogo con las culturas invitamos a nuestros interlocutores a esta amplitud de la razón"...

Esto afecta directamente a la comprensión de la ley natural. El pasado 15 de enero del presente año 2010, el Papa se dirigía a la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe con un discurso titulado 'La fe propone perspectivas morales fiables a la razón'. Allí afirma el Santo Padre Benedicto XVI:
"La ley moral natural no es exclusivamente o predominantemente confesional, aunque la Revelación cristiana y la realización del hombre en el misterio de Cristo la ilumine y desarrolle en plenitud su doctrina. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, ésta -la ley natural- 'indica las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral' (n. 1955). Fundada en la propia naturaleza humana y accesible a toda criatura racional, constituye así la base para entrar en diálogo con todos los hombres que buscan la verdad y, más en general, con la sociedad civil y secular. Esta ley, inscrita en el corazón de cada hombre, toca uno de los nudos esenciales de la misma reflexión sobre el derecho e interpela igualmente a la conciencia y a la responsabilidad de los legisladores".
¿Puede, después de lo dicho, afirmarse que la fe nada tiene que ver con la razón? Expresado de otro modo: ¿son racionales las bienaventuranzas? El problema está en lo que entendamos por 'razón'. Si la idea de poner la otra mejilla a quien te hiere nos parece contraria a la razón, ¿no será más bien que nuestra razón está enferma? Esos que afirman "esto te lo crees con la fe, porque la razón no vale, no tiene nada que ver en el acto de creer", ¿no son más fideístas que Lutero? 

El grito perentorio para transmitir la fe a los hombres, ayer y hoy, obliga pedir que 'Dios salve la razón'. Esta petición implica sostener que la razón está perdida, cada vez más, y si en el empeño por evangelizar no se tiene esto en cuenta, no se podrá transmitir la fe. Si el objeto de la razón, su finalidad, es hallar la verdad, una razón enferma y perdida a sí misma, jamás podrá encontrarla. Después de esto, alguien que no acepte lo que se acaba de decir es, si dice que tiene fe, un mero fideísta, y si no la tiene -la fe-, la peor expresión del racionalismo. Recordemos la célebre respuesta del padre Brown, caracterizada por la fina ironía del gran Chesterton: "... Debo confesarle a usted que otra condición de mi oficio me convenció de que usted no era un sacerdote. -¿Y qúe fue?- pregunto el ladrón alelado. -Que usted atacó la razón y eso es de mala teología" [1]. El mejor apoyo que, como creyentes, podemos dar al hombre y a la sociedad actual no es otro que el de pensar la fe sin considerar periclitado el principio clásico que sostiene: fides quaerens intelectum:
La Teología es la fe vivida por un espíritu que piensa, y que ha sido científicamente elaborada por él. La Teología es la fe “en estado de ciencia”; con San Anselmo podríamos definirla como“fides quaerens intellectum”, lo que significa: la fe aplicada a la inteligencia de su propio objeto; por ello la Teología demuestra fidelidad a su misión cuando no solamente se pone a recoger los datos de la fe, sino cuando procura comprenderlos y penetrar en ellos cada vez más. Decía sobre esto San Anselmo: “Señor, yo no pretendo penetrar en tu profundidad, ¿cómo iba a comparar mi inteligencia con tu misterio? Pero deseo comprender de algún modo esa verdad que creo y que mi corazón ama. No busco comprender para creer, esto es, no busco comprender de antemano, por la razón, lo que haya de creer después, sino que creo primero, para esforzarme luego en comprender. Porque creo una cosa: si no empiezo por creer, no comprenderé jamás” [2].
Al final de este capítulo conviene advertir que la fórmula fides quaerens intellectum no tiene que aplicarse al teólogo de una manera demasiado exclusiva, porque ya hemos observado que todo creyente es virtualmente un teólogo que reflexiona sobre su propia situación de creyente de un modo espontáneo. Hoy sobre todo, cuando la mayoría de los cristianos, gracias a los medios de comunicación, poseen una cultura humana y religiosa relativamente amplia, brotan espontáneamente las reflexiones sobre la fe provocadas por situaciones concretas de la vida. Conviene, por tanto, que el clérigo y el laico teólogos no dejen de escudriñar las insondables riquezas de Cristo, a fin de entablar con mayor eficacia el diálogo en el mundo moderno [3].
NOTAS: [1] G.K. Chesterton, La inocencia del padre Brown, Ediciones Encuentro, Madrid 1995.
[2] San Anselmo, Proslogion 1: PL 158, 227.
[3] René Latourelle, La Teología, Ciencia de la salvación. Ver aquí un extracto condensado de este libro: De la Revelación a la Teología.