miércoles, 31 de agosto de 2011

Comunidades en misión

Communitates in missionem del Camino Neocatecumenal

Una reflexión


Leyendo aquí y allá en la Red veo que piden más datos acerca de esta iniciativa de apostolado que son las communitates in missionem iniciadas desde el Camino Neocatecumenal. Algunos habéis dicho ya algo, movidos, según veo, por la experiencia personal vivida −según parece− en esta realidad eclesial que es el Camino. Yo, en lo que a este tema concierne, debo ahondar más en el mismo, especialmente desde el punto de vista teológico, que no debe estar reñido con lo pastoral, como a veces tristemente sucede o como algunos entienden cuando dicen que una cosa son las aulas de Teología y otra la 'vida de parroquia'. Digo que debo ahondar más, especialmente iniciando conversación con los antiguos compañeros de la facultad de Teología, concretamente con los de la especialidad de Liturgia con quienes cursé 6º y 7º de Teología y con quienes mantengo más contacto (aunque luego están mis queridos compañeros canonistas...). Quiero decir que, en primer lugar y sobre todo, pongo mi oración en manos del Espíritu, para que este envío de comunidades dé el fruto que Dios quiere; y en segundo lugar que en todo someto mi reflexión a la obediencia de mi obispo cardenal, Rouco Varela: es él quien ha hecho el envío de estas comunidades. Pero sí tengo que decir que me veo obligado a reflexionar y a orar acerca de las cosas que, a la luz de esta nueva iniciativa, se me amontonan en la cabeza: ¿se puede limitar esta iniciativa sólo a miembros de Camino? Esta pregunta no es mía, puesto que la he leído en otro sitio web. Es decir, algunos apuntan al hecho de que otros cristianos maduros en la fe desplieguen su acción catequética de manera similar a como van a hacer las communitates in missionem... Simplemente lanzo preguntas, para que se vayan pensando. Por otra parte, me parece que hay que indicar la naturaleza 'vocacional' de esta tarea: me refiero a que la comunidad Neocatecumenal está compuesta de varias decenas de miembros (tres decenas, pongamos): ¿tienen todos ellos vocación personal, individual, para dejar su parroquia e irse a otra para iniciar esta tarea? Lo digo, repito, para dar que pensar, sanamente. Es decir, respecto a esto último: no creo que se deba caer en el error de tratar a la comunidad como si de una mónada leibniziana se tratase; ella misma está compuesta de individuos, de personas concretas, cada uno con una circunstancia de vida diferente. Se envía a esta persona y a esta otra de más allá para que, en comunidad, vayan de misión. Evitemos el peligro de la masa: cada hermano, en la comunidad, tiene su idiosincrasia, su parecer, su juicio crítico acorde con la recta conciencia personal (o así debiera ser). Miremos la cuestión −para que lo que pretendo señalar sea más claro− desde el punto de vista de una vocación al Orden ministerial o a la vida consagrada (vocaciones estas eminentes); o, por ampliar el campo −y según la praxis del Camino Neocatecumenal de los últimos años−, contemplemos la 'vocación' particular que este o aquel matrimonio siente para dejar todo e irse con un presbítero a desempeñar la noble tarea que llamamos implantatio Ecclesiae. Si nos fijamos bien, en los tres casos señalados anteriormente, queda clara la respuesta personal y libre del individuo ante lo que considera una llamada divina. Nadie va al seminario sólo porque a su párroco o a su catequista 'les guste'; va libremente, no coaccionado por el parecer de esta o aquella persona. Es cierto que la labor de un catequista, de un presbítero o, incluso de uno o más hermanos de la comunidad parroquial, es determinante a la hora de asumir personalmente las riendas de una posible vocación que la Iglesia confirmará en el futuro (llegado el día de la ordenación sacramental, o de la consagración religiosa, o de la celebración del matrimonio). Dicho de otro modo: uno puede presentarse como candidato al seminario porque lo ha visto poco a poco, porque -además- lo ha consultado con un ministro ordenado y/o con un catequista... Pero nunca, dentro ya del seminario, dirá que él no quiere estar allí, no dirá -si está en su sano juicio- que no quiere ser diácono ni presbítero ni nada, sino que sólo está allí 'porque mi catequista me lo ha dicho'. Conozco personalmente dos casos reales en los que esto, tan extraño, se dio; y conozco la respuesta azuzante del rector de un seminario con tan raro 'ejemplar vocacional', apremiando al hipotético candidato a que se pusiera él personalmente, delante de Dios: no se puede pretender la ordenación sin libertad por parte del sujeto candidato. ¿Por qué digo todo esto? Porque en lo tocante a las comunidades en misión todos han sido enviados, en obediencia a Kiko Argüello y a sus catequistas; posteriormente el obispo realiza el envío de aquellas comunidades que han sido designadas previamente para ser enviadas. El problema está en lo siguiente: desde el punto de vista de esta 'vocación' particular, ¿la tienen todos y cada uno de los hermanos? Nadie envía a dedo a nadie a un monasterio, ni a un seminario, ni a ser familia en misión, como tampoco, que yo sepa, existen vocaciones grupales. Pongo un ejemplo: en la convivencia de inicio de curso, en cada comunidad se piden los llamados 'carismas', procediendo, más o menos, del siguiente modo: "A ver, hermanos, que se pongan en pie los matrimonios que creen ver en su vida que Dios les llama a ser familia en misión", etcétera. Y, libremente, se levantan dos, tres, o ningún matrimonio, los que Dios quiera. Nadie osaría decir: "Vosotros dos, ese matrimonio, que no os habéis levantado, os digo yo que vais a ir de misión a...". No, eso no sucede. Libremente, y sin faltar a la obediencia, tal matrimonio alegaría, con toda justicia, que no deben obedecer tal imposición, que no 'sienten' (permítaseme la expresión) esa 'vocación' particular. Pero no quiero que se me entienda mal. No digo que las communitates in missionem vayan obligadas, o que lo hagan de forma aleatoria (hay, al menos, un criterio: haber finalizado las etapas del Camino o 'pasos'). Simplemente he señalado aquí algunos aspectos cuya reflexión sana, abierta, puede hacerse. No se trata de una reflexión paralizante o que quiera truncar esta iniciativa (que no soy yo nadie para 'truncar' nada). Más bien la reflexión surge de una iniciativa que, de facto, ya ha comenzado su singladura. Por otra parte, quede todo en manos de Dios, a quien encomiendo esta nueva misión evangelizadora.


En Roma el Papa Benedicto XVI se ha dirigido a las communitates in missionem con estas palabras:
«Habéis abandonado, por decir así, la seguridad de vuestras comunidades de origen para ir a lugares más lejanos e incómodos, aceptando el ser enviados para ayudar a parroquias en dificultad y para buscar a la oveja perdida y devolverla al redil de Cristo. En el sufrimiento o aridez que podéis experimentar, sentíos unidos al sufrimiento de Cristo en la cruz, y a su deseo de reunir a los hermanos que están lejos de la fe y de la verdad, para devolverlos a la casa del Padre».