viernes, 15 de julio de 2011

Moscow Demography Summit 2011


MOSCOW DEMOGRAPHIC SUMMIT 
Finding Our Way Out of the Forest

English-speaking visitors: this is a bilingual article

Discurso de Don Feder en el Moscow Demographic Summit: 

Imagínese caminando en el bosque. Hay una capa de nieve reciente sobre el suelo. De pronto se da usted cuenta de que se ha extraviado. Tiene frío. Está hambriento y, si eso no fuese suficiente, los lobos aúllan en la distancia. Esto comienza a parecerse a una novela rusa.
¿Y qué hace usted? El camino más fácil es retornar sobre sus huellas, regresar por el mismo camino por el que vino. Del mismo modo sucede con el invierno demográfico: para escapar del frío, yermo e inhóspito paisaje en el que nos hallamos, hemos de deshacer nuestros pasos. En otras palabras: renunciar a las ideas y cambiar radicalmente las pautas que nos han metido en semejante embrollo.
En todo el mundo el Índice Global de Fertilidad (TFR: Total Fertility Rate; según las siglas inglesas) –esto es, el promedio de hijos que una mujer tendrá durante su vida− ha caído de los 5.0 hijos que se tenían a mediados de los ’60 hasta los 2.7 que se tienen hoy: una bajada de casi el 50%. Se dice que, de los 59 países que aglutinan el 44% de la población mundial, unos tienen ahora un promedio de nacimientos a la baja, mientras que otros mantienen un buen nivel de reemplazo de nacimientos. El resto se encamina en la misma dirección bajista.
Tales dramáticos cambios no suceden de manera aislada, antes bien son el resultado de fuerzas poderosas trabajando sin cesar. Vivimos en una cultura que está manifiestamente en contra del matrimonio, de los hijos y de la procreación. Pero esto son síntomas: como cualquier patólogo diría, la enfermedad precede siempre a los síntomas.
Mientras que el aborto, la anticoncepción, el divorcio, las parejas de hecho, los hijos nacidos fuera del vínculo conyugal, el deseo culturalmente inculcado a favor de las familias pequeñas y la incesante ofensiva por normalizar la homosexualidad han tenido una repercusión, y en algunos casos una manifiesta repercusión, en el declive del índice de nacimientos, todos ellos no son causas sino resultados. Sin embargo, están conectados.
En los Estados Unidos de América, la deconstrucción de la civilización judeo-cristiana ha precedido en etapas: desde la introducción de los anticonceptivos orales en 1960, hasta eliminar la oración de nuestra escuela pública, la legalización del aborto en 1973, la despenalización del aborto, el aumento de la cohabitación, la ilegitimidad y las familias monoparentales y la institución de las así llamados matrimonios de parejas del mismo sexo. Retirada una norma, ésta es empleada como terreno de base para atacar la siguiente.
La revolución sexual de los ’60 triunfó en las décadas siguientes, cuando el sexo se separó del matrimonio y de la moral.
Ahora, por vez primera en la historia, poco menos de la mitad de la población mundial emplea algún tipo de anticonceptivo. Dividamos dicha palabra en las partes que la componen: anti-concepción –en contra de la concepción−, lo cual evita que la vida aparezca. Y esto es lo que se supone que hemos de celebrar como algo liberador y como parte del gran avance del progreso humano.
En todo el mundo hay aproximadamente 115.000 abortos al día, lo que hace 42 millones al año. Esto es aproximadamente el doble de militares muertos en la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más sangriento de la historia, excepto que en lugar de tratarse de soldados de un país fallecidos en combate se trata de bajas que una nación se inflige a sí misma, a su propio pueblo.
Desde la perspectiva de la población, no sólo estamos perdiendo 42 millones de personas anualmente a causa del aborto, sino también sus hijos, nietos, biznietos y sus descendientes, a lo largo de los años. La pérdida es incalculable. Estamos, literalmente, abortando nuestro futuro.
Las familias tienen cada vez menos hijos. La cultura presenta a los hijos, en el mejor de los casos, como un inconveniente –un impedimento para la buena vida (como dicen los italianos, la dolce vita)−. Si has de tener hijos, ten uno –dos como máximo− parece decir la sociedad. Las familias numerosas son vistas como algo estrafalario, resultado de la ignorancia o del fundamentalismo religioso.
Todas estas tendencias fluyen de manera natural de la aceptación social de ciertos conceptos fundamentales o axiomáticos. Aceptadas en primer lugar por las élites y luego por las masas, estas ideas están siendo incesantemente promovidas por los medios, el cine, los famosos, los políticos e incluso por el mundo de la música.
Podemos seguir la pista de este mal hasta la Revolución Francesa, pues el siglo XVIII es la fuente de todo lo malo y espantoso que ha sucedido desde entonces.
Las causas que subyacen bajo el declive de la fertilidad son:
1. La pérdida de la fe. No se trata tanto de la idea de que Dios haya muerto sino que se le considera irrelevante en nuestras vidas, sin ninguna relación con nuestro destino, siendo la Biblia una colección de relatos (que van de lo interesante a lo terrible, pasando por lo entretenido) antes que un manual de instrucciones para la vida.
2. Autonomía radical: en lugar de Dios, la deificación del ‘ego’, el culto de todo apetito y deseo individual.
Si uno cree que no tiene un propósito más elevado en esta tierra que la búsqueda del placer (la autogratificación), no se conduce más que en una única dirección: aquella que, a la larga, te deja abandonado en el bosque, agotado, congelado y hambriento, con los lobos aullando a lo lejos. Mas si, por otra parte, uno cree que ha sido puesto aquí no para servir a su propio yo sino para servir, para satisfacer un propósito más elevado, vivirá de manera bien diferente.
Por mencionar un ejemplo paradigmático del modo en que todo esto funciona, obsérvese la directa correlación entre las estadísticas de nacimientos y la práctica religiosa.
Y a la inversa: Europa es tanto el continente más secularizado como uno de aquellos con una tasa de nacimientos más baja. En Estados Unidos se dice que un 47% de la población asiste semanalmente a los oficios religiosos, y su índice de natalidad es de 2.06 hijos por mujer, un poco por debajo de la cifra necesaria para el reemplazo generacional.
En Europa occidental, la asistencia semanal a las Iglesias es tan solo del 5%. En la Unión Europea la tasa de natalidad es de 1.5, claramente muy por debajo del nivel de reemplazo generacional, de 2.1. Iglesias vacías es igual que corazones vacíos y que cunas vacías.
Pero volvamos a las causas que subyacen tras este invierno demográfico. Si uno cree en Dios (seriamente, y no de forma casual), se comporta en un sentido; si uno no cree en nada más elevado que uno mismo, se comporta en otro.
Todo se sigue de manera lógica: la creencia en Dios obliga a creer en la familia, hacia la cual está ordenada por precepto divino. Si uno cree en Dios ha de creer también que el matrimonio es una alianza, y nunca solamente un acuerdo contractual entre dos personas. Si uno cree en Dios ha de comprender además la dimensión espiritual de la sexualidad, la cual está unida con el concepto de santidad. La procreación es vista como un mandamiento, no como una elección propia de un estilo de vida.
Si uno cree en su propio ego, en primer lugar y por encima de todo, el resto de cosas se convierten en simple material de elección. Cuándo, dónde y bajo qué circunstancias se producen las relaciones sexuales es una decisión individual. Casarse o no casarse es una opción. Tener hijos o no tenerlos, e incluso abortarlos es una opción. Fijar el objetivo de la propia vida en la acumulación de bienes materiales o dedicarse a una familia, para asegurar la continuidad del género humano, también serán opciones.
Mi tesis es que el cuidado y la crianza de los hijos no es una deprimente obligación para el creyente. Es claro que se trata de una obligación, pero es también la mayor alegría de la vida. Pasar por la vida sin hijos ni nietos es semejante a tener un miembro amputado (y, por otra parte, tu Ferrari no llorará en tu funeral). En última instancia, estamos hablando de optimismo versus pesimismo.
Las personas más deprimidas –por no mencionar lo deprimentes que son− son aquellos que no creen en el elevado propósito que posee la existencia humana. 
De acuerdo con esta cosmovisión, existimos debido a un accidente del destino, una casualidad de la naturaleza, de la selección natural, o de la colisión azarosa de las moléculas. Mientras estemos aquí más nos vale disfrutar, pues venimos del olvido y al olvido nos dirigimos.
Por otro lado, no hay satisfacción más grande que el descubrimiento de que nuestras vidas poseen sentido, sin importar quiénes seamos ni a qué nos dediquemos en este breve lapso de existencia. Este hallazgo nos otorga el coraje de realizar cosas que cuentan, lo que incluye tener y criar a los hijos.
Todo regresa a la fe: quienes tienen fe en el futuro, tienen hijos; quienes no, no. ¿De dónde provendrá la fe del futuro? De la fe, de la religión. El bosque metafórico en el que nos hallamos es, con mucho, más amenazador que la realidad, por oscura y deprimente que ésta sea.
El bosque donde cae la nieve del invierno demográfico es un lugar solitario. Cada vez nacen menos niños. Como los ancianos, la sociedad se mueve lentamente sin apenas avanzar.
En lugar de traer la vida al mundo, la ciencia médica se dedica a mantenerla a raya, creando úteros estériles y abortando el futuro.
La poderosa maquinaria industrial que hemos construido en los dos últimos siglos pronto se detendrá con un chirrido de frenos y se oxidará. Cada vez seremos menos y menos para ocuparnos de ella o para darle un propósito. Volver sobre nuestros pasos no sólo significa tener más hijos y familias más numerosas, aunque ello sea esencial si una civilización quiere perdurar. Significa querer tener más hijos; significa luchar en contra de las fuerzas de la decadencia social que nos mantienen alejados de tener más hijos; significa volver a conectar con la fuente de la vida; significa desembarazarse de lo superficial y de lo vano; significa redescubrir la esencia de la alegría: la fe, la familia y la fecundidad.

Don Feder fue redactor en el Boston Herald y actualmente es consultor de política y comunicaciones. Además mantiene su propia web: DonFeder.com

Traducido por Álvaro Menéndez

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The following is a speech given by Don Feder to the Moscow Demography Summit. It is entitled: “Finding Our Way Out Of The Forest - Faith, Family And Fecundity”. It can also be found at grasstopsusa.com

Imagine that you’re walking in the forest. There’s a layer of fresh snow on the ground. Suddenly you realize that you’re lost. You’re cold. You’re tired. You’re hungry. If that weren’t enough, there are wolves howling in the distance. This is beginning to sound like a Russian novel. 

What do you do? The easiest course is to retrace your footsteps, to return the way you came. So it is with demographic winter. To get out of the cold, bleak, barren landscape where we find ourselves, we need to retrace our steps, in other words, to reject the ideas and reverse the trends that got us into this mess. 

Worldwide, the Total Fertility Rate (TFR) - the number of children the average woman will have during her lifetime - fell from 5.0 in the mid-1960s to 2.7 today, a decline of almost 50%. We’re told that 59 countries, with 44% of the world’s population, now have below-replacement birth-rates, in some cases, well-below replacement. The rest are heading in the same direction. 

Such dramatic changes don’t happen in isolation but are the result of powerful forces long at work. We live in a manifestly anti-marriage, anti-child, anti-procreation culture. But these are symptoms. As any pathologist will tell you, the disease precedes the symptoms. 

While abortion, contraception, divorce, unmarried couples living together, children born out-of-wedlock, the culturally instilled desire for small families and the relentless drive to normalize homosexuality all have an impact, in some cases a pronounced impact, on declining birth-rates, they are results not causes. 

However, they are connected. 

In the United States, the deconstruction of Judeo-Christian civilization has preceded in stages - from the introduction of oral contraceptives in 1960, to taking prayer out of our public schools in 1963, to the legalization of abortion in 1973, to no-fault divorce in the early 1970s, to the rise of cohabitation, illegitimacy and single-parent families, to the institution of so-called same-sex marriage in the past decade. In many ways, it’s a logical progression from one devastating assault on society’s moral foundation to the next. One overthrown norm is used as a staging area to attack the next. 

The Sexual Revolution of the 60s triumphed in the decades that followed, when sex was severed from marriage and morality. 

Now, for the first time in history, just under half of the world’s population uses some form of contraception. Break the word into its component parts: contraception - against conception - that which prevents life from happening. And this we are supposed to celebrate as liberating, part of the great march of human progress. 

Worldwide, there are approximately 115,000 abortions a day or 42 million a year. That’s roughly twice the number of military deaths in World War II, the bloodiest conflict in human history, except, instead of a country’s soldiers killed in battle, these are casualties a nation inflicts on itself, on its own people. 

From a population perspective, we’re not just losing 42 million people annually to abortion, but also their children, grandchildren, great-grandchildren and distant descendants, down through the ages. The loss is incalculable. We are, quite literally, aborting our future. 

Families are having fewer and fewer children. The culture presents children as inconvenient at best - an impediment to the good life (as the Italians say, la dolce vita). If you must have children, have one - two at the very most - society seems to say. Large families are viewed as freakish, the result of ignorance or religious fundamentalism. 

All of these trends flow naturally from societal acceptance of certain fundamental or axiomatic concepts, first by elites and then by the masses - ideas relentlessly promoted by the news media, cinema, celebrities, politicians and even music. 

The disease can be traced back to the French Revolution, the 18th century source of everything wretched and evil that has happened since. 

The underlying causes of declining fertility are: 

         1. A loss of faith: Not so much the idea that God is dead as that He is irrelevant to our lives, that He has nothing to do with our destiny, and that the Bible is a collection of stories (alternately interesting, amusing and terrifying), rather than life’s operating manual. 

         2. Radical autonomy: In place of God, the deification of self - the worship of an individual’s desires and appetites. 

If you believe you have no higher purpose on this earth than the pursuit of pleasure (self-gratification), you are led in one direction - one that ultimately leaves you lost in the forest, tired, cold and hungry, with wolves howling in the distance. If, on the other hand, you believe that you were put here not for self but for service (to fulfil a higher purpose), you will live quite differently. 

To cite a very relevant example of how this works, there is a direct correlation between birth-rates and religious observance. In America, the states with the highest weekly church attendance also have the highest fertility. 

Conversely, Europe is both the most secularized continent and the one with the lowest birth-rates. In the United States, we’re told that 47% attend religious services weekly, and the birth rate is 2.06 - slightly below replacement. 

In Western Europe, weekly church attendance is only 5%. In the European Union, the birth-rate is 1.5 - well below a replacement-level birth-rate of 2.1. Empty churches equal empty hearts and empty cradles. 

Let’s go back to those underlying causes of demographic winter. If you believe in God (not casually, but seriously) you behave one way. If you believe in nothing higher than yourself, you behave in another. 

It all follows logically. If you believe in God, then you must believe in the family, which is divinely ordained. You must believe marriage is a covenant, not merely a contract between two people. You must understand that sex has a spiritual dimension, that it’s connected to the concept of holiness. Procreation must be seen as a commandment, not a life-style choice. 

If you believe in yourself, first and foremost, then everything becomes a matter of choice. When, where and under what circumstances you have sexual relations is a personal decision. Whether or not you get married is a choice. Whether you keep your unborn child or kill it is a choice. Whether your life is focused on accumulating material possessions or caring for a family, which helps to assure humanity’s continuity, is a choice. 

My point is not that childbearing is a grim obligation for the religious. An obligation it most certainly is. But it’s also life’s greatest joy. Going through life without children and grandchildren is like having a limb severed. (Besides, your Ferrari won’t cry at your funeral.) Ultimately, it’s about optimism versus pessimism. 

The most depressed, not to mention depressing, people I’ve met are those who believe that existence has no higher purpose. 
According to this worldview, we exist due to an accident of fate (a fluke of nature) - natural selection, the random collision of molecules. As long as we’re here, we might as well enjoy ourselves. From oblivion we came and into oblivion we will go. 
On the other hand, there’s no greater comfort than the realization that our lives have meaning - no matter who we are, no matter what we accomplish in this brief span of existence. This gives us the courage to do things that count, including having and raising children. 

It all comes back to faith. Those who have faith in the future have children. Those who don’t, don’t. Where does faith in the future come from? It comes from faith: from religion. The metaphorical forest in which we find ourselves is far more menacing than the real thing, however dark and gloomy. 

The forest in which the snow of demographic winter falls is a lonely place. Fewer and fewer children are born. Like the elderly, society slows to a crawl. 

Instead of bringing life into the world, medical science is dedicated to keeping it out - by creating sterile wombs and aborting the future. 

Soon the mighty industrial engine we’ve built over the past two centuries will grind to a halt and rust. They’ll be fewer and fewer us to care for it or to give it purpose. Retracing our steps doesn’t just mean having more children, larger families, though that’s essential if civilization is to endure. 

It means wanting to have more children. It means fighting the forces of social decay that keep us from having more children. It means reconnecting to the source of life. It means discarding the shallow and the hollow. It means rediscovering the essence of joy: faith, family and fecundity.

Don Feder is a former Boston Herald writer who is now a political/communications consultant. He also maintains his own website, DonFeder.com