domingo, 17 de julio de 2011

Hispir la almohada

Hispir la almohada o cómo desentumecer el cerebro

Dice Mark Twain que «hay que tener cuidado con los libros de salud; podemos morir por culpa de una errata» [1]. Podría decirse que de tal peligro está bien libre el analfabeto italiano que figura en esa deliciosa anécdota que vivió personalmente, y posteriormente relató, Stefan Zweig (véase su artículo La omnipotencia del libro). Digo que bien podría sostenerse que aquel grumete analfabeto, compañero de travesía de Zweig, aparentemente está libre de los peligros de las erratas, dado que no sabe leer una sola línea del escrito más elemental. Pero lo digo el lector avisado ya lo habrá percibido− con auténtica ironía socrática. Ciertamente, el cardumen de riesgos que padece el necio es desolador. Tanto más cuanto que ahora las máquinas parecen ya haber comenzado a 'pensar':
«[...] Y hace unos meses, el ordenador Deep Blue derrota al campeón mundial de ajedrez Kasparov. [...] Parece que en las notas tomadas por Kasparov acerca de esta partida figura un momento realmente extraordinario: la máquina espera dos minutos, ¡algo así como cien mil años en la escala del cerebro electrónico! Y hace una jugada nunca vista antes, nunca comprendida, que le da la victoria. Y Kasparov anota: "Comprendí que no calculaba: pensaba". ¡Es aterrador! Se lo cuento a uno de mis colegas en Cambridge, y éste me replica: "¿Quién te dijo que el pensamiento no es un cálculo?" ¿Y si tuviera razón? ¡Aún más aterrador!» [2].
Si los libros tienen erratas más aún son las erratas de nuestro pensamiento. No conducir nuestra forma de razonar con los medios adecuados es uno de los modos de proceder más nefastos que existen. Si el pecado de Satanás es la soberbia, la ignorancia supina no le va a la zaga... De hecho, estoy prácticamente convencido que muchos delegan el empleo de su cerebro en entidades que, o bien creen superiores o bien creen que les van a ahorrar el trabajo intelectual que ellos, personal, diligente y eficazmente deberían realizar por sí mismos. Este es el motivo del éxito que toda ideología −política o religiosa− ha tenido siempre entre las masas. En el ambiente en el que personalmente me muevo, el de la Iglesia católica, tengo señalados motivos de que tal dejación intelectual es uno de los motivos de que las iglesias se 'llenen'. Es mejor rezar un Avemaría que pensar: esa parece ser la consigna. Pero, para aclarar todo lo que quiero exponer, déjenme ahora traer acá unas palabras del beato John Henry Newman. Citando dos cánones del concilio de Trento y uno del de Nicea (los cánones citados por Newman no son 'fáciles'), nuestro autor se enfrenta a una objeción evidente: «¿Qué sentido tendrán, por ejemplo, para un niño o un campesino, o para cualquier católico medio, los cánones del concilio de Trento, aun en su traducción? [...]. Estos enunciados doctrinales son de fide; los campesinos están obligados a creerlos lo mismo que los controversistas, y a creerlos con la firmeza con que creen que Cristo es Dios. ¿Cómo, pues, diremos que los objetos de la fe católica están fácilmente al alcance de todos los hombres?» [3]. ¡Menudo envite el de Newman! ¿Eh? En no pocas conversaciones mantenidas con otros católicos me ha bastado con citar −así soy de 'malvado'− ciertos cánones de Trento, por ejemplo, para acabar con la 'fe' de mis interlocutores (le 'fe' suya, claro, que no coincidía con la de la Iglesia, expresada en el Magisterio citado por mí, para asombro de mis oyentes). ¿En qué creemos cuando decimos que creemos? Sería una buena cuestión para planteársela personalmente. Hoy mismo, en un funeral al que he asistido (el funeral de quien ha sido mi mejor amigo), he escuchado en repetidas ocasiones decir al cura que el difunto ya estaba gozando de la visión de Dios. Si eso es así: ¿a qué celebrar el funeral? No tiene sentido celebrar la santa Eucaristía por aquellos difuntos de quienes tenemos ya certeza que están en el seno del Padre, gozando de la visio Dei. Vamos, que no hay funerales en favor de los santos canonizados oficialmente por la Iglesia... Pero nada, el cura no dejaba de repetirlo. Y lo que es más: ha añadido que el difunto ya estaba resucitado, como lo está Cristo (sic). ¡Toma del frasco! O sea, que no se tiene ni idea de lo que es la resurrección de la carne... Ciertamente, y dada la abundancia de casos, el Vaticano debería plantearse la opción de elevar las celebraciones de los funerales a una nueva categoría, no sé, una suerte de 'canonizaciones diocesanas o parroquiales'. Nos ahorraríamos una barbaridad de trabajo en procesos de documentación. Pero dejemos esto, que me desvío. Volvamos a Newman.
Ora et labora
Es evidente que en el modo de exponer la aparente objeción por parte del cardenal Newman subyace, como él mismo enuncia, «la relación entre la teología con sus proposiciones nocionales y el asentimiento devocional y religioso». En atención a los de la E.S.O., voy a detenerme un poco en esta frase: la cuestión está en que ha de haber relación entre la teología y la fe vivida, aceptada voluntaria y personalmente. Como todas las relaciones, está también puede ser mala o buena, de pareja bien o mal avenida. Que una Iglesia sin teología no sería más que una congregación voluntarista de fanáticos, de eso no cabe duda. La cosa está en que el cerebro de algunos católicos es como las malas librerías: nunca tienen el libro que les pides si éste no vende. Y esto en el mejor de los casos: hay librerías peores: no tienen constancia siquiera de que el libro exista. Veamos, muy brevemente, cómo responde Newman a la objeción planteada. Dice:
«[...] No hay duda de que la devoción es suscitada por las verdades llanas y categóricas de la revelación, tales como los artículos del Credo [4]; de ellas depende y con ellas se satisface. Las acepta una a una y no se preocupa de su compatibilidad intelectual. De cada una de ellas procura sacar el alimento espiritual que puede proporcionar. Pero la naturaleza y el deber del entendimiento son totalmente diferentes. El entendimiento es siempre activo, inquisitivo, penetrante; examina una y otra doctrina, compara, contrasta, y da forma a una ciencia que es la teología. Ahora bien, la ciencia teológica, por ser el ejercicio del entendimiento sobre los objetos de fe revelados, es algo natural, bueno, y necesario, aunque no directamente devocional. Es algo natural, porque el entendimiento es una de nuestras facultades; es algo necesario, porque si no aplicamos correctamente nuestro entendimiento a la verdad revelada, lo harán otros erróneamente. Por ello el entendimiento católico investiga y cataloga las verdades contenidas en el depósito de la revelación entregado a la custodia de la Iglesia; las pone en su sitio, las define, las pule una a una y las reúne en un todo. Además escoge aspectos particulares o porciones de estas doctrinas, las analiza hasta llegar a primeros principios verdaderos o a hipótesis de carácter ilustrativo. Hace generalizaciones y les da nombres propios. Todas estas deducciones, si están hechas correctamente, son verdaderas, puesto que son deducciones de la verdad. Y por tanto son en un sentido parte del depósito de la fe y de lo que hay que creer, mientras que en otro sentido son como añadiduras al mismo. Sin embargo, sean o no añadiduras, he de conceder sin reparo que tienen la desventaja típica de ser afirmaciones abstractas y nocionales. Esto no es todo: el error da más oportunidad para las adiciones que no la verdad» [5].
Bueno. Como la minuciosidad del planteamiento condensado en las palabras de Newman es verdaderamente honda, no queda otra que invitar al lector a acudir a su Gramática del asentimiento. Un poco más adelante de la cita que acabo de copiar sigue nuestro autor diciendo que no hay mente que pueda creer lo que no puede entender, lo cual no significa que todos los bautizados hayan de seguir los estudios de la carrera teológica, como tampoco significa que uno pueda descuidar la formación intelectual de su fe, que es la fe de la Iglesia. Ni se puede decir que la Iglesia impone como de fe afirmaciones que no pueden ser comprendidas por las mentes de la mayoría de sus miembros, ni que éstos (especialmente los que no son amigos del estudio teológico ni siguen sus controversias) tengan 'derecho' a profesar ese extraño modo de 'creer' que denominamos fe del carbonero. Es razonable y es racional que la solución para que la fe no se convierta en una expresión práctica de fideísmo consista en la aceptación del dogma de la infalibilidad de la Iglesia; como también es razonable y racional que la aparición de nuevos y numerosos errores («el error da más oportunidad para las adiciones que no la verdad») en contra de la verdad revelada no sea, para más inri, fuente de una innumerable variedad y 'novedad' de normas de fe. Uniendo todas estas ideas con la afirmación evidente que sostiene que la esencia del cristianismo es una persona, Jesucristo, puede decirse entonces:
«[...] Que la Iglesia sea el oráculo infalible de la verdad es el dogma fundamental de la religión católica; y «creo todo lo que la Iglesia propone para creer» es un acto de asentimiento real que incluye todos los asentimientos particulares, tanto nocionales como reales. Este asentimiento es posible tanto para los cultos como para los ignorantes y es obligatorio tanto para unos como para los otros» [6].
¿Está entonces diciendo Newman que tanto vale ser zánganos como no serlo? De ningún modo. Está estableciendo la diferencia entre la honestidad intelectual y la holgazanería. Ya santa Teresa insistía en la necesidad de ministros doctos. ¡Doctos, que no inteligentísimos ni superdotados! La propia capacidad intelectual, poca o mucha, no es, por tanto, óbice para la excusa a la hora de realizar el trabajo bien realizado. La mente y la razón humanas son también reflejo de Aquel que las hizo. Si todas las mañanas, al hacer la cama, dedicamos unos segundos a hispir la almohada, no estaría de menos hacerlo con ciertos cerebros entumecidos y, como decía Feijoo, amasados con el error [7].

NOTAS
[1] Desconozco el lugar original de las palabras de Twain. Las traigo de la obra de José Esteban, Vituperio (y algún elogio) de la errata, Editorial Renacimiento 2002, pág. 7.
[2] Catherine Portevin, "La lección de lectura de George Steiner", en Télérama, nº 2486 del 3 de septiembre de 1997.
[3] John Henry Newman, Gramática del asentimiento, Encuentro, Madrid 2010, pág. 128.
[4] No es que Newman diga lo contrario, pero hoy en día ya nos daríamos con un canto en los dientes sólo con conseguir que cinco de cada diez católicos hablaran sensatamente diez o quince minutos acerca de cada uno de los artículos del Credo.
[5] John Henry Newman, ibidem, págs. 128-129.
[6] John Henry Newman, ibidem, pág. 133.
[7] Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, en el Prólogo del segundo volumen.