martes, 21 de junio de 2011

Vida moral y virtudes

Virtudes cardinales y dones del Espíritu

La perfección de las virtudes está en los dones del Espíritu


                Lo propio de la acción del cristiano es que está finalizada últimamente en Dios gracias al don primero del Espíritu que lo constituye en la amistad con Dios. Todo hombre está llamado a esta amistad, porque el deseo de felicidad es salvado en todo hombre no por las propias fuerzas humanas, sino por el don de la amistad que llama al hombre a trascenderse a sí mismo, fijando el fin último en la comunión con Dios.
                Por esto, la vida moral no acaba con las virtudes, cuya madre es la caridad, sino con los dones del Espíritu Santo. Si la reunión con Dios es la culminación de la vida, ¿Qué debe ocurrir para que la alcancemos? Esta cuestión es la directriz de nuestro planteamiento.
                Hemos de hablar, por tanto, de los dones del espíritu, que suponen la perfección previa de la virtud. Si el fin de la vida moral es la reunión con Dios, nuestra virtud es incapaz de ello. Por eso, las virtudes encuentran su perfección en los dones. Y es que las virtudes surgen del amor y tienden al mismo que les dio origen. En un primer momento, fue el Espíritu derramado en nuestros corazones el que nos dio la capacidad para acoger la virtud, y es por medio de la acción del Espíritu por lo que nuestra virtud se hace plena.
                Una vez claro el objetivo de la vida moral, ha de decirse que los dones del Espíritu no son de ningún modo superfluos, sino esenciales, ya que, sin el don del amor divino, no podríamos alcanzar nunca nuestro hogar: el Reino de Dios. Desde el momento en que descubrimos que la raíz de la virtud es el amor, sabemos que la caridad (que es quaedam amicitia ad Deum, según la definición clásica) nos mueve a entregarnos, pues sólo llegaremos al Reino  si permitimos que sea Dios quien nos lleve a él.
                En resumen: el que las virtudes conformadas por la caridad encuentren su plenitud en el don reside en el hecho de que el único amor capaz de Dios es el mismo amor divino. Sólo Dios tiene la bondad requerida para llegar a Él mismo. Nosotros alcanzamos al fin la felicidad, fundamentalmente, no por nuestra propia actividad, sino gracias al don del Espíritu; y esto hay que conjugarlo con la verdad que sostiene que es necesario que la felicidad consista en un ‘obrar’, como enseña santo Tomás de Aquino (cfr. Summa Theologiæ I-II, q. 3 a. 2). La afirmación de que la perfección de las virtudes está en los dones nos recuerda que la redención no está medida por nuestra bondad, sino por la bondad divina. Desde aquí pueden lanzarse –debe hacerse− los cabos necesarios para la comprensión cabal de en qué consiste el juicio divino y la profesión de fe católica sosteniendo que Cristo es Juez de vivos y muertos. Pero es una cuestión esta que excede los parámetros de este breve artículo.
                Así pues, las virtudes tienen como telón de fondo los dones del Espíritu. Las virtudes, guiadas por la caridad –las virtudes de la caridad, podría decirse− tienden hacia ellos porque saben que solamente en ese amor serán capaces de lograr su cometido: establecer la intimidad con Dios propia del Reino. Toda virtud informada por el amor de caridad sabe de la necesidad de otro amor –el del Espíritu− que la perfeccione.
                El que la perfección de las virtudes tenga venga dada en los dones demuestra que la propia virtud se agota en el límite de nuestra acción, agotamiento éste que debe ser entendido como límite positivo, si se me permite el oxímoron. Todo límite, en su comprensión de ‘atadura’ o ‘no más allá’, conduce al enajenamiento (‘ajeno a’, alienus). Aquí, sin embargo, 'límite' tiene un significado bueno, positivo, pues se refiere al hecho de que las virtudes morales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) han llegado a su objetivo. En el caso de la vida moral y espiritual, el límite o los límites personales, mal encajados, pueden hacernos correr ese riesgo de alienación. Pero el Espíritu no es ajeno a la caridad: transformarse en Él es lo que le ocurre a la caridad cuando se topa con el límite de la virtud. Es importante entender que los dones no son algo externo a la virtud, sino que suponen la culminación de las virtudes nacidas de la caridad. Es decir, los dones del Espíritu son la más perfecta expresión de las virtudes de la caridad, son la más hermosa expresión de lo que pretende una virtud.
                Entonces, ¿cuál es la distinción entre un don y una virtud? Los dones del Espíritu son parecidos a las virtudes porque también son modos habituales de comportamiento que nos hacen buenos, pero difieren en cuanto el agente del que proceden. En resumen, las virtudes provienen de nosotros y los dones vienen de Dios. El agente (agens) de las primeras somos nosotros mismos; el de los segundos, el propio Espíritu de Dios:

«Los dones exceden la perfección común de las virtudes, […] en cuanto el hombre es movido por un principio más elevado». Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiæ I-II, 68, 2, ad 1.
                Dios es el más alto de todos los principios de actuación. Hablar de Dios como el agente de los dones significa que es su propio Espíritu el que realiza estas virtudes en nosotros. Hay algo en los dones que perfecciona al hombre a actos más altos que los de las virtudes, ya que con ellos somos movidos por Dios (cfr. Summa Theologiæ I-II, 68, 1). Es Dios actuando dentro de nosotros. El Espíritu de Dios plenamente vivo en nuestro interior es el que alienta, dirige y perfecciona toda nuestra conducta. Con la efusión de sus dones, el Espíritu de Dios rige nuestras vidas. Dios, para el cual vivimos, con sus dones, se convierte también en el poder por el que nos movemos hacia Él. Ser poseído por el Espíritu significa que el amor de Dios se ha convertido en lo más característico de nuestra vida, en lo más íntimo de ella, de tal modo que queda expresado en toda nuestra actividad. Hecho uno con nosotros a través de la caridad, el Espíritu habita en nosotros, no de manera provisional, sino permanentemente, convirtiendo todo lo que hacemos en un acto de perfecta alabanza a Dios.