sábado, 14 de mayo de 2011

Gastos de la JMJ 2011

El pasado miércoles 9 de febrero de 2011, en un artículo en el que publicaba la agenda del Papa para la JMJ 2011 de Madrid, un amigo lector me hizo una pregunta acerca de los gastos que genera un evento de tales características. Allí mismo, a pie de página, le respondo. Ahora traigo aquí esa respuesta para que sea más fácil de encontrar por muchos de vosotros...


Estimado David, todas las cuestiones que traes entre manos merecen una respuesta cara a cara, mejor que por escrito. Como afortunadamente tú y yo no tenemos dificultad para vernos y charlar tomando un café, te propongo esta forma de debate.


Por otra parte, y atendiendo también a otros lectores que quizá se estén planteando las mismas cuestiones que tú, trataré de responderte aquí muy someramente. Para ello me serviré de una fácil analogía, o quizá -podría decirse- de una breve parábola:



Imagina que el Santo Padre viaja desde Roma hasta vuestra casa, allá en Brunete, esperando pasar unos días de descanso bajo vuestro propio techo. Imagina que el viaje ha sido mantenido en estricto secreto, de modo que sólo tú y tu familia -los anfitriones- y sólo el Papa -el acogido- sabéis que tal viaje va a realizarse. Vosotros, sin duda, acogeríais a tan especial peregrino con toda la alegría y la generosidad posibles; quizá no con lujos, pero sí poniendo al servicio de la hospitalidad lo mejor de vuestra casa, vuestros bienes, vuestra buena voluntad (sí, esa buena voluntad que nos hace magnánimos). Todo, tanto lo espiritual como lo material, estaría medido al milímetro durante la estancia del Vicario de Cristo en la Tierra en vuestra casa. Y ahora te pregunto: ¿piensas que con ello no se generarían gastos, todos a tus expensas, dado que eres el hospitalario, el anfitrión? ¿No estarías contento de ese gasto, sabiendo que nunca ha de llegar al exceso del dispendio? ¿No sería un poco mezquino contar las monedas, poner cara larga, considerar la visita del peregrino como una carga? Y recuerda que, como tú, hablo de no llegar al dispendio, esto es, al gasto, por lo general innecesario, que supone el uso excesivo de la hacienda, del tiempo o de cualquier otro caudal.

Junto a la crítica del gasto que un viaje del Santo Padre supone, o debajo de la misma, se esconden numerosas y dañinas falacias. La crítica del gasto, atendiendo al sentido netamente positivo del concepto de 'crítica', nos previene del dispendio señalado antes. Pero no podemos tampoco ser ingenuos y pensar que detrás de esa advertencia se esconde la virtud de la generosidad. Me explico: falaces son aquellos que se echan las manos a la cabeza ante 'tanto gasto' diciendo que sería mejor dárselo a unos pobres de los que ellos mismos nunca jamás se acuerdan. De hecho, ¿no resulta irónico que para que algunos se acuerden de que existen pobres ha de tener que viajar el Papa a su país? Ah, entonces sí, entonces ante tal visita y ante el escándalo que para ellos supone que haya gente dispuesta a donarse libremente en tiempo y en dinero, preparando todo lo mejor para aquel que viene a la propia casa, ante eso, digo, de pronto ellos se acuerdan de unos pobres que minutos antes no rozaban ni de lejos su conciencia... ¿No es irónico? ¿No es falsa compasión? Es como el otro, que afirmaba no dar jamás limosna y que así seguiría en tanto la Iglesia no pusiera en venta el Vaticano... ¿Pero a qué estamos jugando, hombre? Hipócritas llamo yo a esos, cuya limosna -que nunca nadie verá- depende únicamente de la envidia (y por eso no la dan), del resquemor (y por eso no saben de gratuidad) y del escándalo (y por eso ellos mismo tropiezan y quieren hacer caer a otros). Esta es la falacia subrepticiamente escondida en ciertas críticas. Y que conste que quien esto escribe es bien enemigo del despilfarro que pueda producirse en tales eventos. Por mi parte, siempre he sido como la hormiguita: desde el año 1997, cuando el beato Juan Pablo II nos convocó en París, he estado presente en todas las JMJ, excepto la de Sidney, Australia. Me pagué los viajes con mis horas curradas al salir de clase; otras veces me ayudaron hermanos muy generosos; o simplemente me estuve el año previo quitándome un poco de aquí, otro poco de allá para poder acudir a una convocatoria a la que libremente iba. A los jóvenes de la JMJ siempre nos ha sido grato comer poco, dormir poco, ser peregrinos agotados al final de una jornada, voceros del Evangelio por las calles del mundo... pero nunca nos ha importado (o no ha debido hacerlo) el dinero de nuestro bolsillo para llegar ante el sucesor de Pedro. Otros dicen que hay gastos públicos, sí, que corren a cargo del ayuntamiento de la sede elegida (Madrid en nuestro caso de 2011). Y yo digo: bien interesados están en Madrid y en todos sus comercios, pero que muy bien interesados: ¿de dónde que una capital reciba un plus de cientos de miles, quizá un millón, de 'turistas' extra con la que promocionar las ventas, el turismo, la imagen de la propia ciudad? Menudo chollo, creo yo. De otro modo, os lo aseguro, El Corte Inglés (acerca de cuya rapiña me guardo ahora la opinión), que no se distingue precisamente por regalar las cosas, no patrocinaría nada en absoluto, ni en una pequeña parte siquiera.



Vale.



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