lunes, 21 de marzo de 2011

Libertad religiosa. Debate.

Libertad religiosa 

En uno de los anteriores artículos, dedicado al amargo suceso acaecido en la capilla que la Complutense tiene en Somosaguas, recibí un comentario bien interesante. Me escribe Sergio, a quien respondo:
Hola Sergio. En primer lugar agradecerte el comentario y el buen tono de tus palabras. Desde luego, en este sentido, tu opinión merece todo mi respeto, aunque, para elevar aún más el índice de la expresión de mi respeto hacia ti, he de decir que éste se debe primera y obligadamente a tu persona. Eso ante todo. ¿Por qué digo esto? Pues por la sencilla razón de que, desde el punto de vista del análisis ético-filosófico, mantengo la máxima de que toda persona merece el máximo respeto, pero no siempre sus opiniones. Es una cuestión básica de hermenéutica de las relaciones sociales: una opinión puede ser falsa y/o errónea (y, por ende, no 'merece' respeto); empero, como toda opinión es sostenida por alguien, ese alguien ha de ser respetado hasta el límite, pese a que sus opiniones sean erróneas, falsas e, incluso, malévolas a sabiendas. Con todo esto no quiero decir que tú, estimado Sergio, estés manteniendo una opinión falsa per se. Sería yo un estúpido si pretendiese decir que estoy en posesión de la verdad, para, desde mi atalaya, juzgar como un tirano los comportamientos y opiniones de mis semejantes.
Lo sucedido, como bien dices en tu primera frase, es condenable, se mire por donde se mire. En eso también creo que la mayoría estamos de acuerdo, aunque se den tristes excepciones. Respecto a la propuesta de situar en la palestra del debate la pregunta acerca de si en la universidad pública ha de haber espacios de culto, y elevar dicho debate al rango de quaestio disputata, mantengo que el debate mismo surge sin solución de continuidad en el momento en el que éste se proponga desde la conclusión apriorística que debiera conducir necesariamente a una respuesta negativa a la cuestión, a saber: partir implícitamente desde el 'no' para que la negación misma de la posibilidad de existencia de un espacio de culto en el ámbito de la universidad pública llegue al puerto del 'no' explícito que dicho debate ya se había propuesto concluir desde un principio... Así cualquiera 'gana' un debate. No estoy diciendo que tú, Sergio, estés realizando esta propuesta; eso no se puede deducir de tus palabras, al menos no sin caer en una injusticia... Pero sí es lo que, de facto, piensan muchos aquellos de los que proponen un supuesto 'debate' aparentemente 'abierto'. No seamos ingenuos: habría que abrir ese 'debate' sólo en aras de la solución final previamente propuesta, planeada, diseñada: la eliminación del espacio público universitario de lugares de culto específicos y concretos. ¿Es eso un debate? Desgraciadamente estamos acostumbrados a que lo sea. En ese sentido, la anterior referencia a que lo que nos traemos entre manos se identifique con la noción de quaestio disputata, rebaja la misma a porfía hilarante o a riña de gitanas: sin maestro, no hay discípulos o, lo que es peor, sin personas empeñadas en buscar la verdad, todos se convierten en maestros. En el fondo, este debate −tomado en serio− se corresponde con la exigencia de nutrir la argumentación con unos razonamientos que únicamente pueden surgir del conocimiento profundo de las fuentes de ese tema crucial aglutinado en el sintagma "libertad religiosa", sintagma hoy desgraciadamente manido. Pero, ¿puede alguien sostener la palabra en torno a un tema como este, el de la libertad religiosa, sin haber dedicado horas de estudio a su método, a sus objetos formal y material? No se trata de postular, con mayúsculas, una nueva ciencia llamada Libertad Religiosa, sino más bien de proponer una 'ciencia de' la libertad religiosa. No creo que muchos de los que hoy exigen tal debate estén en condiciones de acometer esta empresa, bien por ignorancia, bien porque su análisis lleva consigo el lastre del personal interés y de la lucha sin cuartel por el mero beneficio propio.