lunes, 21 de febrero de 2011

Luis de la Puente


Luis de la Puente

He aquí un enjundioso texto del padre Luis de la Puente s.i. (1554-1624), eminente discípulo del padre Domingo Báñez o.p. El texto está tomado de la obra titulada Guía espiritual, y cito ahora -sin tildes, tal cual es- parte de la portada de la edición de Valencia, 1676: qve escrivio el venerable padre Luis de la Pvente de la Compañia de Iesvs en la qvql se trata de la oracion y contemplacion. De las divinas vifitas, y gracias extraordinarias. De la mortificacion, y obras heroicas que las acompañan. He aquí el texto de De la Puente:


«DE LA ADORACIÓN Y REVERENCIA EXTERIOR Y POSTURA DEL CUERPO, Y EL MODO DE PRACTICARLA EN LA ORACIÓN

Aunque Dios nuestro Señor principalmente ha de ser adorado con el espíritu y verdad, también quiere que este espíritu y esta verdad se manifiesten por señales exteriores (D. Tom 2. 2. q. 74): con las cuales queda entero y perfecto acto de religión, que llamamos adoración, ofreciendo a Dios no solamente el espíritu sino el cuerpo en testimonio de su infinita excelencia, y esta reverencia del cuerpo notablemente ayuda a la del espíritu y al fervor de la misma oración: porque, como dice san Agustín (De cura pro mortuis agenda, cap. 5, tom. 4), el hincar las rodillas, extender las manos, postrarse en la tierra y semejantes humillaciones no se hacen para descubrir a Dios lo que está en el corazón, porque Él bien lo sabe, sino para que el corazón se mueva a orar con mayor humildad y fervor, porque el afecto del corazón, que procedió a estas cosas, crece mucho más con ellas.
[...]
Porque en este último caso, de cualquier modo que te hallare la divina inspiración, no has de dilatar la oración ni andar a buscar lugar donde te hinques de rodillas o te postres, porque la misma moción de Dios suele causar entonces una soledad interior y un oratorio quieto donde ores, olvidándote del lugar donde estás y de la compostura del cuerpo que tienes. Y si te divirtieses a buscar otro lugar y otro modo de composición, quizá se pasaría aquella inspiración, y perderías el fruto de ella.
Y según esto, si esta moción de Dios te cogiese en la cama, como a Ezequías, o en  la cárcel aherrojado con cadenas y grilletes como Manasés, o en la plaza cercado de mucha gente como a Susana, o en la mesa sentado en buena conversación como a santa Escolástica, no hay para qué buscar otro lugar ni otra mudanza (Ez 1; Núm 25; Ecl 14; Núm 14), sino [...] allí para y recoge tus sentidos, entra dentro de ti mismo y no dejes pasar aquella partecica del buen día que se entra por tu casa.
Aunque no por eso negamos que será bien recogerte a un lugar secreto, si hay comodidad para ello, sin peligro de perder la oración: porque también no has de ser tímido que pienses se ha de perder por sólo menearse, pues quien comenzó la visita, porque quiso, puede proseguirla como quisiere.
Fuera de estos casos, dice san Agustín, cuando tú mismo te inicias a orar, has de procurar aquella compostura del cuerpo que más te ayudare para el recogimiento interior (Juan Gersón ubi supra Consider. 9), y para moverte a mayor devoción y reverencia de la divina Majestad (cuando la obediencia o constitución no señala lo que se ha de hacer); pero es bien inclinarte a la mejor en la forma que se irá declarando. Primeramente, en entrando en la presencia de Dios para orar, es bien hincar las rodillas en tierra o postrarte del todo, reconociendo el polvo que eres de tu cosecha, y la infinita majestad de Dios que te sacó de esta nada [...]».

Espero que este breve acercamiento a la lectura del padre Luis de la Puente haya sido de vuestro agrado.