viernes, 21 de enero de 2011

La Iglesia e Internet

Este artículo surge a raíz de ciertas peticiones que me han hecho algunos amigos respecto a lo bueno y lo malo de facebook y de otras redes sociales de Internet. Es verdad que hay redes sociales que son más bien pestiños para quinceañeros, al menos en mi opinión (tuenti, sin ir más lejos), como también lo es que si algunos padres viesen las fotos que sus hijitas cuelgan en la Red como dominio público se les pararía el corazón del susto... Pero vamos a un  análisis un poco más detallado.
Internet y la reducción de distancias
¿Hay geografía posible?
Evidentemente, ¿qué voy a decir? Que sí, que está muy bien ser prudentes y todo eso. Hasta los medios mejores pueden emplearse para fines perversos (e incluso sin llegar a ser fines, siendo ya de por sí medios perversos). Pero de ahí a decir que las redes sociales son per se incompatibles con la fe católica o con el hecho de ser cristiano me parece que va un trecho demasiado ancho... No es que esta sea la postura oficial de la Iglesia, evidentemente, sino de ciertas personas con las que he tenido ocasión particular de hablar. Este artículo, por tanto, no busca crear confusión: antes bien dar a conocer la doctrina de la Iglesia respecto a Internet contenida en documentos tan clarificadores como el publicado el año 2002 por el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, titulado La Iglesia e Internet.
¿Imaginan ustedes a san Benito de Nursia, fundador y padre del monacato en occidente, quemando y prohibiendo todo tipo de libros por el simple motivo de que algunos desaprensivos estuvieran haciendo circular malos ejemplares entre las gentes sencillas? Pero no fue eso lo que hizo Benito (lean su vida, escrita por su gran amigo y compañero san Gregorio Magno). Sin la labor cultural llevada a cabo por las bibliotecas monásticas benedictinas, el legado y el patrimonio de Europa hoy se asentaría sobre cenizas. Si hoy los cristianos dejamos abandonada a cualquier viento de doctrina la opinión pública que tan libremente circula por las redes sociales, ¿qué será de tantos y tantos lectores indefensos ante tanta confusión y desinformación? Si las redes sociales son malas, por la misma regla de tres, habría hoy que prohibir el uso -para ser supuestamente cristiano- de tantos otros medios de comunicación social: televisión, prensa escrita, prensa digital, blogs... Y sin embargo no es por ese camino por donde va la última y más reciente enseñanza de los papas, especialmente de Benedicto XVI, quien nos manda arrostrar el reto de establecer un diálogo fecundo con el mundo en el que nos ha tocado vivir. Sólo así podremos enfrentarnos y vencer a tantos medios perversos que nos están comiendo terreno, pues donde el buen sembrador no esparce su semilla, otros siembran los abrojos de la pornografía, la calumnia, la difamación y la maledicencia. Hace uno pocos días en el Vaticano se celebraban los quince años de presencia del Vaticano en internet. Creo que en esto, desde el Camino Neocatecumenal se ha cometido un  error (¡cuidado!: no hablo de todo el Camino, sino de algunas voces que he oído), un error pueril, sobre todo si se peca demonizando todo aquello que nos rodea. Si alguien se ve tan débil como para no ser capaz de conectarse a internet e ir directamente a una web de pornografía, está claro que ese alguien tiene un problema... pero no por ello se puede demonizar al cien por cien todo el contenido de la Red. Eso sería como prohibir el cine en su totalidad porque hay películas inmorales -que las hay-, pero, ¿no hay acaso también obras de arte? Exactamente igual sucede con la música: hay música satánica, por ejemplo, pero también está el Magnificat sublime cuya sola escucha en Notre Dame de París provocó la rotunda y sincera conversión del que hasta antes de oír sus primeros compases era un ateo convencido: Paul Claudel. Los ejemplos son cientos. Sin más, les invito encarecidamente a leer el importante documento La Iglesia e Internetpublicado bajo el pontificado del ya pronto beato Juan Pablo II.

Por último, como quizá ya sepan ustedes, una de las mayores preocupaciones de Benedicto XVI ha sido y es llevar a los nuevos areópagos el mensaje del Evangelio. A tal fin, se han ido convocando sucesivas Jornadas de las Comunicaciones Sociales. Para no cansar, dejo a continuación el enlace de cada uno de estos últimos seis años (excepto el de 2008):

Aunque la temática de cada uno de los años va variando, el eje común es fácil de señalar: aplicar las nuevas tecnologías al servicio y difusión de la Palabra de Dios. Nosotros, como cristianos, y junto con todos aquellos hombres de buena voluntad y recta conciencia, hemos de evitar que nos ganen un terreno que, más que nuestro, es de la Palabra que ha de ser proclamada. Miren, miren y verán que por el hecho de que existan muchas páginas web católicas aquellos que gestionan infames sitios de pornografía, pedofilia y violencia de todo tipo no se quedan atrás. Antes bien su desfachatez les hace atreverse con todo. Concluyo con las palabras de Benedicto XVI, en su Mensaje para la XLIV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales -año 2010-: “El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra”, Solemnidad de la Ascensión del Señor, 16 de mayo de 2010. Allí decía nuestro Sumo Pontífice:
«Las comunidades eclesiales han incorporado desde hace tiempo los nuevos medios de comunicación como instrumentos ordinarios de expresión y de contacto con el propio territorio, instaurando en muchos casos formas de diálogo aún de mayor alcance. Su reciente y amplia difusión, así como su notable influencia, hacen cada vez más importante y útil su uso en el ministerio sacerdotal».

No seamos mojigatos ni empleemos la estrategia del avestruz. Valentía y parresía, conocedores de los peligros, pero no por ellos acogotados como gazmoños ante un mundo -el de internet- que es imparable. Cerrar los ojos a esta realidad no es menos estéril que la tarea de la que se mofa el clásico refrán castellano, del que ahora me permito una paráfrasis: 'No queramos ponerle puertas al campo'... Que nos comerán por los pies.