miércoles, 5 de enero de 2011

¿Estás pensando lo mismo que yo?

Are you thinking what I am thinking?
Es todo un placer que los artículos de un blog sean objeto de comentario, de análisis y de crítica. A mí, cuando esto sucede con mis artículos, esto me produce una gran satisfacción, pero, sobre todo, lo que considero más importante es la oportunidad que algunos comentarios me brindan para pensar, afinar y expresar más claramente mis pensamientos y posturas. Esto no descarta, claro está, la reconducción y la autocorrección por mi parte. En el presente artículo recojo -para que llegue al mayor número de lectores posible- la respuesta que A.M. Rosso propició con su comentario, lo cual agradezco de antemano. Para evitar malentendidos acerca de hipotéticos rifi-rafes -de los cuales huyo-, quede claro que esto, el agradecimiento, prima más que cualquier otra cosa en mi actitud hacia el comentarista en cuestión. Por lo demás, lo que afirma Rosso es más que plausible, y me parece verdadero, lógico y sensato.
A raíz de mi anterior artículo 2011 post Christum natum, uno de los lectores comentaba, refiriéndose tanto al artículo como al resto de comentarios hechos por otros lectores:
«Lo lamento, pero discrepo de ustedes.
El hombre de hoy, se hace las mismas preguntas y siente la misma angustia que ha sentido siempre, pero se avergüenza de ello: la sociedad le enseña, desde su más tierna infancia a no expresarlo, porque son temas "ya superados" en nuestro tiempo. El miedo al ridículo es tremendo».
Mi respuesta es la siguiente:

Estimado A.M. Rosso: estoy de acuerdo en que no todo es blanco ni todo es negro. Las palabras de mi artículo, breves y torpes, no pueden (ni pretenden) dejar cerrado un análisis sociológico cuya conclusión se asentase en la afirmación total y exclusiva -dogmática, en su sentido peyorativo- de que hoy en día la gente no se plantea las cuestiones fundamentales. No pretendo hacer esto porque, como es evidente, no tengo el placer de conocer personalmente a todos los seres humanos coetáneos a mí. Es este un análisis generacional que supera toda fuerza humana. Entiendo que, mucho más allá de las apariencias, y tal y como la experiencia me lo ha demostrado, el hombre, en su individualidad -una individualidad que nunca es 'pura', dado que estamos inmersos en el marco de las relaciones sociales-, sufre y se plantea las cuestiones fundamentales de la vida, al menos en su sentido más básico y elemental. Afirmar lo contrario me obligaría a admitir que, al menos en un porcentaje nada desdeñable, algunos de los seres humanos que me rodean no son tanto esto como una distinguida especie de amebas. Ahora bien, no puede negarse que el abandono de la metafísica en la sociedad posmoderna está tristemente constatado. ¿No se encargan de ello, por citar sólo un ejemplo, las feroces campañas publicitarias con que nos acribillan, cuyo único objetivo es mantener el ritmo trepidante e inhumano propio de una enferma sociedad de consumo? Ciertamente, quienes desean que el individuo consuma y consuma haciéndole creer que está satisfaciendo libremente sus querencias, cuando en realidad no está sino siguiendo inconscientemente el instinto gregario más burdo, no están preocupados en que existan hombres felices y satisfechos. Sencillamente: el hombre satisfecho no llena supermercados ni grandes superficies. La compraventa se basa en dos cosas: tener necesidad de algo o hacer creer que se tiene necesidad de algo. En esta línea, el hombre actual ve acogotada su capacidad reflexiva. Cuando Tomás de Aquino dice que el ser humano es el único ser capaz de realizar una redditio completa subiecti in seipsum ('un regreso completo del sujeto hacia sí mismo'), está hablando de la asombrosa capacidad reflexiva o refleja mediante la cual somos capaces, no ya de analizar y escrutar el mundo exterior, sino de conocernos a nosotros mismos mediante el retorno completo a nuestro interior, poniendo en juego toda nuestra potencia cognitiva, guiada por la conciencia. No es exagerado decir que esta capacidad humana pretende ser acallada por muchas voces exteriores (y esto sucede hoy tanto como en el antiguo Egipto). El problema de hoy es, con todo, peculiar. El progreso técnico ha desbordado la capacidad de asimilación de la realidad, haciendo que lo que en un principio supone la aparente capacidad de gobernar el mundo y sus fuerzas ciegas por parte del hombre, haya devenido en utilitarismo, consumismo y en construcción falaz de 'la sociedad de la sociedad' -como veremos-, diluyendo a la persona en el anonimato propio de la gran ciudad actual. No es fácil ver abundantes muestras de empatía en el vagón de transporte vacuno en el que se han convertido los trenes del metro a las siete de la mañana. El otro es una sombra, un 'hágase a un lado' expresado en el bruto 'lenguaje' del roce hosco y somnoliento. El otro, en definitiva, no es 'prójimo'. Aunque abordando la cuestión desde otros términos, Patxi Lancero escribía en www.elcultural.es un artículo acerca del libro de Zygmunt Bauman, La cultura como praxis, que en estos días tengo el placer de estar leyendo. Lancero comienza el artículo con la siguiente afirmación: "Recientemente se ha traducido un libro de Ian Hacking cuyo título, más que una pregunta retórica, constituye una brillante ironía: ¿La construcción social de qué? La ironía es traducible en los siguientes términos: vivimos en “la sociedad de la sociedad”; sociedad se ha convertido en significante despótico por antonomasia". No se puede decir más en menos.

No se trata de medir y pesar con regla la profundidad de los pensamientos que se alojan en el corazón y en la mente de los hombres de hoy. Reconozo que, al contrario que cuando saco de mi caja de herramientas el metro para tomar medida de este o aquél otro mueble, carezco de tal 'metro' que me permitiera efectuar aquella tan sublime medición. Pero no estamos desarmados, sin embargo, y desprovistos de todo criterio de análisis. Sí tenemos un instrumento eficaz: observar las acciones de los hombres. Son ellas las que muestran la naturaleza del individuo que las ejecuta. De otro modo -y por otra parte- no seríamos capaces de establecer objetivamente la medida de la responsabilidad. Finitud y responsabilidad son dos pesos demasiado fuertes como para ser borrados, pero eso no me obliga a doblegarme ante los numerosos intentos que se pergeñan para diluirlos y hacerlos aparecer como si no fueran nada, flatus vocis. Que el individuo responsable de esto o de aquello quiera negar su responsabilidad (en el caso en el que la responsabilidad de su acción presuma traer malas consecuencias para dicho sujeto agente, pues para 'ganar el premio' debido a la responsabilidad de la propia acción todos nos ponemos a la luz de las candilejas); que el individuo responsable de esto o de aquello quiera negar su responsabilidad -repito- no nos obliga a negar la existencia de esta última. Quiero decir que, a la luz de la acción de los hombres de hoy, de su quehacer en la sociedad, no es imposible advertir un déficit de pregunta por el sentido. Que esto es así desde la tarea pedagógica del diálogo socrático -por señalar un momento histórico señero en la historia del pensamiento-, es también evidente: Sócrates hablaba con ignorantes que no sabía que lo eran, a diferencia del filósofo, que elabora su pensar desde la toma de conciencia de su propia ignorancia. El filósofo, por tanto, no es 'el' sabio (cosa propia del dios), sino el amante de una sabiduría hacia la cual se dirige amorosamente desde el momento en el que se reconoce indigente, no-sabio. Ignorante y filósofo se distinguen en que, siendo los dos no-sabios, el primero 'no sabe que no sabe', mientras que el segundo 'sabe que no sabe'. Dudo mucho que todos los hombres practiquen tal honestidad intelectual, hasta las últimas consecuencias, de ahí la necesidad de reconocer que hoy, como siempre y quizá más que nunca, hay que reconocer que no lo sabemos todo. Que las veinticuatro horas de nuestra jornada no están dedicadas a las preguntas esenciales de la existencia es más que evidente, además de lógico, aunque sólo sea porque hemos de dedicar ciertas horas al sueño. Pero es de una ingenuidad pasmosa pensar que todos y cada uno de los que nos rodean son un Cicerón, un Séneca o un Jan Patocka, y eso por no citar los altísimos ejemplos de la vida de los santos (¡que no son fósiles!). Pensar esto, mantener la creencia en la apoyatura de tamaña simplonada es el análogo laico de la ramplona afirmación de la apocatástasis origeniana en su expresión más elemental: 'tó er mundo é güeno'. Ya.