domingo, 2 de enero de 2011

2011 post Christum natum

2011 post Christum natum: con Cristo el tiempo se cuenta hacia adelante [1]. El (¿mito?) del eterno retorno no tiene cabida, el Hoy de Dios (el Hodie divino) entra en la mudable existencia humana. Lo eterno toca lo temporal y lo necesario abraza a lo contingente. ¿Propósitos para el nuevo año? Quizá...


Y es que la celebración pasa pronto. Me pregunto qué celebran aquellos que desconocen la dimensión trascendente de la vida y de la historia cuando salen en nochevieja a festear cada nuevo año. Al fin y al cabo, si al final de la vida está, simple y torpemente, la muerte total y aniquiladora, ¿a qué celebrar? Esto lo digo porque, desde esa perspectiva, no se trata de un año más de vida sino, desde luego y en todo caso, de un año menos de la misma, dado que nos aproximamos a la nada... La nada −nihil latino−: he aquí la potencia aniquiladora  de la muerte, que nos anihila. Esto último es ahora un modo de escribir mío, claro, que no creo en tal poder.

De todos modos, y divagaciones aparte, lo que quería yo traer aquí es una breve cita del filósofo Josef Pieper acerca del sentido del tiempo y del preguntarse por el camino que lleva la realidad toda y su acontecer histórico. Se trata de la primera paginita de esa obra suya, Del fin del tiempo (Über das Ende der Zeit). Y antes de reproducir dicha página, y precisamente porque se habla del fin del tiempo, considero necesario −para evitar accesos catastrofistas− traer otra cita, más breve, de santo Tomás de Aquino, precisamente aquella que el propio Pieper coloca como encabezamiento de Über das Ende der Zeit:
«No cabe mencionar ningún lapso de tiempo, ni pequeño ni grande, tras el cual haya que esperar el fin del mundo».
Santo Tomás de Aquino, Contra impugnantes Dei cultum et religionem, 3, 2, 5; n. 531.
Josef Pieper (1904-1997)
Pieper, para situar al menos una coordenada mínima acerca de la obra suya acerca de la cual estamos tratando (y sobre todo para abrir el apetito de aquellos que no la hayan leido) está interesado aquí en la tarea de la filosofía de la historia. Soy consciente de las reticencias y suspicacias que esta tarea, dentro de la Filosofía como ciencia, ha suscitado y suscita aún hoy en la mente de muchos y buenos pensadores. Pienso en la buena exposición que de ello hace Dalmacio Negro en el prólogo de su reciente obra Historia de las formas de Estado. Una introducción. Se trata de que, mal aplicada en su quehacer, la filosofía de la historia puede suponer en sí misma un sesgo ideológico de la historia misma y, por ende, contendría en potencia un peligroso germen de totalitarismo. De ello, efectivamente, ya tenemos tristes experiencias en el comunismo y en el nacionalsocialismo, sin ir más lejos. No es ahora, evidentemente, el momento de prolongar el presente artículo en torno a esta diatriba, como tampoco es el espíritu con el que encauza Pieper las líneas directrices de Del fin del tiempo. Así pues, vayamos sin más a la cita prometida:
«Lo que interesa filosóficamente en la historia no es el pasado, no es el «cómo ocurrió realmente». La pregunta del que filosofa no apunta ahí, ni tampoco del que filosofa sobre la historia. Sin duda que quien interroga por la filosofía de la historia necesita conocerla; su objeto imprescindible es el pasado, aunque sea el pasado reciente que llamamos «presente».  Pero el que filosofa más bien fija la vista en el futuro. Y se pregunta: ¿Hacia dónde se camina con la historia, con ese proceso que se desarrolla con el paso del tiempo en nosotros y por nosotros, los hombres que actuamos y padecemos? Para el que filosofa, es decir, para el hombre que lleva una existencia consciente frente al conjunto de la realidad y que reflexiona metódicamente sobre su significado último y básico, la pregunta acerca de la meta y del fin de la historia es naturalmente mucho más apremiante que la que se refiere al pasado, a lo que ya ha ocurrido».
Josef Pieper, Del fin del tiempo, I, 1.
El problema está, pienso yo, en lo siguiente: en qué medida el hombre de hoy se plantea estas preguntas y las plantea a las circunstancias que le hacen ser. Y, aún cuando hablo de preguntas, en plural, en definitiva todo puede resumirse en la cuestión sobre el sentido. Preguntarse adónde tiende la realidad en su acontecer histórico debería ser algo natural y, como más adelante dirá Pieper, tanto más natural −y más asediante− será este preguntarse «cuanto más sacuda al hombre el mismo acontecer histórico». Ahora bien: ¿vemos a nuestro alrededor hombres sacudidos de este modo? ¿Tenemos conversaciones con hombres así −hombres y mujeres normales, 'de la calle'? ¿Percibimos en nuestro entorno personas movidas por este deseo apremiante de conocer el sentido de la vida, de la historia y de la existencia? A juzgar por la cháchara babosa de los presentadores de las doce uvas, no parece, tristemente, que esto sea así... aunque espero equivocarme. Nosotros los cristianos, al menos, no podemos dejar de lado esta cuestión. Es más, hemos de sacarla a la palestra del mundo. No digo que los cristianos seamos los únicos que pensemos actualmente en estas cuestiones que, siendo filosóficas, atañen tarde o temprano a nuestra vivencia pastoral y a nuestro pensar teológico. Es más, no sólo no digo que no somos los únicos que pensamos, digo que, lamentablemente, hay mucha mayoría entre esos cristianos que no utilizan bien sus entendederas (eso sí: a la hora de 'creer' aprietan mucho los ojos, cerrándolos, y repiten para sí: "Me lo creo, me lo creo"). Lo que cabe remarcar entonces es que toda reflexión de la filosofía de la historia adquiere un carácter totalmente nuevo para el tiempo post Christum natum y la remisión de éste al Principio-Fin, Alfa y Omega. Es decir, para el eón cristiano no es posible dejar de lado la pregunta por el fin del tiempo, y esto en el doble significado que aglutina el concepto 'fin': el de acabamiento de algo (el fin de la película); y el de objetivo, propósito y sentido de algo (con qué fin actuamos).

NOTA
[1] La reflexión acerca de la historia cuyo origen absoluto es el Absoluto divino, Dios mismo, queda esencialmente plasmada desde el primer versículo del Génesis. Es por tanto, herencia de la espiritualidad judía. Pero ella misma no queda iluminada plenamente hasta la presencia del Verbo hecho carne que es el Verbo con el que el Padre crea en Génesis. Por tanto, si bien es cierto que, en rigor, la idea de Principio y Fin no es de monopolio cristiano, también lo es que la pedagogía divina conduce −si se me permite la redundancia− al ser humano en la historia de modo tal que la Revelación dada en el Hijo-Jesús de Nazaret es plenitud de los tiempos (Ga 4, 4: tò plêrôma tou jrónou). La lectura del judaísmo bíblico, comenzando por el Génesis, engarza así de modo bellísimo con las visiones de Juan en Apocalipsis. Allí las expresiones 'Alfa y Omega' y 'Maranathá' adquieren un cauce teológico que tiñe la comprensión del tiempo cristiano desde el Christum natum. Convendría ahondar en esta idea acerca del sentido de la celebración de la Navidad como Pascua: la Navidad es Pascua de Navidad, y me atrevo a decir que ella es ininteligible sin su conexión con el Santo Triduo Pascual. Ojalá de esto se escuchase más en las homilías navideñas, lugar común de verborrea sensiblera y moco tendido.