jueves, 11 de noviembre de 2010

La escafandra y la mariposa



Un sí a la vida. El título original de este film es Le scaphandre et le papillon (Diving Bell and the Butterfly). En español, por tanto, nos encontramos con una traducción literal del título original de esta película, dirigida por el director Julian Schnabel, inspirada en la novela homónima escrita por Jean Dominique Bauby, antiguo redactor jefe de la prestigiosa revista Elle. Bauby sufrió un accidente cerebro vascular masivo en 1995 que lo condujo al locked in syndrome. Con todo, el periodista, con ayuda de una enfermera y otros asistentes sanitarios, logró dictar sus memorias a Claude Mendibil mediante el único gesto del pestañeo.
Considerar que esta obra contiene una afirmación clara de la dignidad de toda vida humana no supone la admisión sensiblera de una compasión que, horrorizada ante la crudeza de casos clínicos extremos, no halla otra vía de escape que la impotencia de quien nada puede hacer por sacar a un enfermo vegetal de su postración (de ahí la abyección de la eutanasia activa, que es impotencia que deviene en mal, hecho ya acción concreta). Dicho de otro modo: se trata de un descarte en pro de la vida, no por el escándalo ante la crueldad de la enfermedad ("¿cómo es posible que Dios permita esto?"), sino por la aceptación de que el enfermo es la misma persona que era antes de la tragedia -si bien tal tragedia viene a reestructurar totalmente toda su existencia-. Y esto por dos motivos: la película narra una historia real, con toda la carga significativa de esta expresión, y más allá de la aplicación del arte del creador al adaptar dicha historia a un guión escrito y su posterior traslado a la pantalla. El segundo motivo es que la porción de vida de Bauby vista en la película suscita, porque es real, el deseo de poder afrontar la enfermedad no sólo igual, sino aún mejor, con más ganas de aprovechar la vida en todo momento, que cada minuto nos es regalado ("¿Quién de vosotros, por más que se esfuerce, puede añadir un solo minuto a la medida de su vida?", dice Cristo en el Evangelio).
No se trata, por tanto, de sentarse a ver una pantomima. El film no es una edulcorada paráfrasis visual, ya que no intenta captar toda la rudeza del durísimo síndrome del cautiverio: sencillamente no puede. La realidad tuvo que ser aún peor. Por eso y no por otra cosa los intentos del director y de la fotografía (a cargo de Janusz Kaminski) por aprehender el sufrimiento de Bauby son honestos. La perfección de los planos, las secuencias y los efectos está precisamente en mostrar el límite donde el arte roza la realidad, pero no al revés, cuando el arte es, en sí mismo, acabado. Si hablásemos en términos de mito -y ahora desbordamos la mera recensión de la película que nos ocupa, pero en términos que ella misma suscita-, si hablásemos de mito, repito, estaríamos en condiciones de afirmar que lo mejor de toda epopeya es que, además, ésta sea verdad.

NOTA
*Tenemos un ejemplo similar en la persona de José Carlos Carballo Clavero, autor de El síndrome del cautiverio en zapatillas y paciente de la misma enfermedad. El enlace que indico lleva a un interesante artículo publicado en fluvium.org.