miércoles, 15 de septiembre de 2010

Caro cardo salutis

Recordando mi anterior artículo Contra la fe desencarnada surgen ahora nuevas palabras de denuncia... 
Torre de Babel, de Brueghel el Viejo (1563)
¿De qué modo vivimos la fe católica? ¿Se trata de una vivencia de ultratumba, de encerrona en las sacristías? ¿Es más bien un comportamiento patológico que pivota entre la vergüenza ante el Nombre de Cristo y el comportamiento bipolar? No añado nada nuevo al acusar nuestra vivencia cristiana de mezquina y de hija de la doblez: vivimos de un modo, pensamos de otro, actuamos en blanco, concebimos en negro. Es la manida denuncia de la separación entre la 'fe' y la vida. Pero, ¿puede ser eso calificado de verdadera fe? El ahorcamiento de Judas demuestra más estómago y más pavor ante la realidad que la pasividad melancólica de muchos de nosotros. ¿Por qué Cristo, ya resucitado, insistió tanto en relacionar estas dos palabras: 'paz' y 'miedo'? El Resucitado, que es el Crucificado, y no otro, viene a dar la paz a aquellos que tiemblan de miedo. Ciertamente el Señor Jesús estaba advirtiendo en aquellas apariciones que el espacio que media entre la paz de Dios y el miedo al mundo es la definición misma del Infierno. Sin paz, hay miedo, sin miedo, hay paz. Decía Pascal que 'hay que apostar' -«il faut parier»-, y no se apuesta a favor de una cosa y, a la vez, a favor de su contraria. Ontológicamente, filosóficamente, esto es imposible. Pero vivimos así, como recordaba hace no mucho Juan Manuel de Prada: «No se puede juzgar lo sobrenatural con criterio católico, y lo natural con criterios ajenos a la fe, porque entonces, para juzgar la realidad, en vez de adherirte al pensamiento católico te tienes que adherir a una ideología ajena o, lo que es peor, a un interés ajeno, y manejarte con conceptos que excluyen lo sobrenatural». La elección entre la paz y el miedo, que Jesús resucitado recuerda a sus oyentes manifiesta un claro paralelismo con la exhortación hecha a sus discípulos en la que les obligaba a hacerse como niños. ¿O creemos que Cristo Jesús predicó una cosa antes de la Cruz y otra bien distinta tras la alegría de la Resurrección? Porque una cosa es clara: o nos hacemos como niños o no entraremos en el Reino de los Cielos. No entraremos. Entrar es un verbo que implica movimiento, pero es e indica una acción que exige un lugar de paso. Nadie puede construirse su propia puerta de salvación. La fe no es bricolaje. Esta Puerta de salvación es Cristo, y su madera es la cruz ensangrentada, y su quicio es la carne tomada de María: «caro cardo salutis» (Tertuliano, De resurrectione mortuorum VIII, 6-7). «Caro cardo salutis»: 'la carne es el quicio, el gozne, de la salvación'. Pero nosotros preferimos nuestra propia carne. Esta hipocresía de una fe que es doblez es la manifestación más evidente de lo que es una actitud antieucarística: no querer ser del otro, completamente, no querer renunciar a uno mismo para llegar a ser plenamente yo mismo, con un yo henchido del Yo de Dios, de la Carne de Dios, del Cuerpo de Cristo. He aquí el egoísmo: la traición de ser infiel. Aquí fidelidad y verdad entonces reclaman la atención del oído atento: hay que elegir un camino y ser fiel a él. Pero no cualquier camino vale. Hay que elegir el camino de la verdad. Y ante esto, todos tenemos miedo, un miedo atroz que nos pone en falso sobreaviso: "te van a quitar lo que es tuyo". El  hereje no es el que se planta en el camino sino el que sigue el camino equivocado. Errar no es lo estático sino el movimiento hacia el error. Por eso el egoísmo es herejía, y decirse cristiano y no vivir como vivió Cristo es la peor de todas las desviaciones. Como recuerda Ratzinger citando a Orígenes: «Los herejes piensan más profundamente, pero no más verdaderamente» [1].

NOTAS
[1] Orígenes, Comentario a los Salmos 36, 23 PG 17, 133B. Citado por Ratzinger en su discurso Teólogos de centro (septiembre de 1992), recogido en el volumen Ser cristiano en la era neopagana, Ediciones Encuentro, página 53 

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