jueves, 29 de julio de 2010

Cómo muere un cristiano

La muerte cristiana

A mi querido amigo y hermano en la fe Rubén de Matías Acosta, in memoriam.






«Al ver cómo mueren los cristianos, los paganos de todos los tiempos deberían descubrir que Jesús es el Señor» [1].




La muerte llega, mas no se improvisa. Ella no siempre es probable, mas es siempre posible. La muerte es, por tanto, el trabajo de una vida. Nacemos para morir, morimos para nacer. A la muerte llegamos cada día que nos estamos viviendo, por eso es la preparación a la eternidad y a la plena vida divina. La muerte de un cristiano es lo que debe ser si su ejemplo suscita vocaciones, si hace tambalear lo impreciso de esta vida, lo proyectos pasajeros que nos roban el tiempo. Necesitamos lo eterno como el pan. He aquí entonces 'la prueba del nueve': nos ven morir y tocan verdades. Nunca como en la muerte se alcanza a descubrir cómo la verdad se propone y nunca se impone. Vemos al enfermo, al moribundo cristiano. Las fuerzas se le acaban en el lecho del dolor y, sin embargo, esa debilidad extrema nos acomete y nos pasma, nos deja desnudos. Allí es entonces la oración silencio, la contemplación, un paso antes nunca dado, la aceptación, el grado supremo de la capacidad humana. No se trata de estoicismo, tampoco de propaganda por los hechos. No, santa Teresa de Lisieux lo explica muy bien:
«Sólo hay un medio para forzar a Dios que no nos juzgue: presentarnos ante Él con las manos vacías...: si no juzga nuestras buenas obras, tampoco juzgará nuestras maldades... Cuánto pienso en las palabras del Señor: "Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo". Me digo que conmigo lo tendrá difícil: no tengo obras. Pero, bueno, me pagará según sus propias obras» [2].
La muerte es migratio ad Dominum, viaje a la eternidad de Dios. Y es mientras vivimos cuando se prepara este viaje. A ti, Rubén, te vimos prepararlo. Fuiste ungido con el óleo del combate, pues se presentaba inminente la agonía, esa lucha suprema. Recogiste todas tus cosas sin otro equipaje que el divino ephodion -el viático- que es Cristo-; juntaste todos tus pecados para hacerlos arder en la hoguera de la misericordia, y confesaste tus culpas. Estuvimos contigo como se está ante el misterio. Y ahora nos aventajas sin igual en la carrera de una fe que es ya visión, de una esperanza que es ya posesión de lo esperado, y de un amor que nunca acaba, pues es Dios, y nos alienta al reencuentro que la Iglesia nos anuncia.


NOTAS
[1] Aimé-Georges Martimort. Copio del padre Martimort (1911-2000) el título de este artículo, de su estudio Comment meurt un chrétien, publicado en La Maison-Dieu 44 (1955/4), 5-28.
[2] Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma, pp. 281, 302, etc.
[3] Otros artículos en la red acerca de Rubén: A Rubén de Matías en Cronoescalada; Hasta siempre, compañero en Periodismo ficción; Estáis en mi recuerdo en El desván de los recuerdos.

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