martes, 22 de junio de 2010

La enfermedad en el 'Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos'

Simplemente haremos referencia a los cuatro primeros números de los Praenotanda del 'Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos', que reproduciremos expresamente a continuación.

Cristo curando enfermos, de Rembrandt
Los Praenotanda del Ritual que reproducimos van precedidos de la Constitución Apostólica Sacram Unctionem, de Pablo VI, sobre el sacramento de la Unción de los enfermos, por la que se aprueba el Ordo Unctionis infirmorum, promulgado el 7 de diciembre de 1972. Recomendamos leer dicha Constitución Apostólica. Pues bien, los cuatro primeros números de los Praenotanda, dicen lo siguiente:
1. Las enfermedades y los dolores han sido siempre considerados como una de las mayores dificultades que angustian la conciencia de los hombres. Sin embargo, los que tienen la fe cristiana, aunque las sienten y experimentan, se ven ayudados por la luz le la fe, gracias a la cual perciben la grandeza del misterio del sufrimiento y soporta los mismos dolores con mayor fortaleza. En efecto: los cristianos no solamente conocer, por las propias palabras de Cristo, el significado y el valor de la enfermedad de cara a su salvación y la del mundo, sino que se saben amados por el mismo Cristo que en su vida tantas veces visitó y curó a los enfermos. 
2. Aún cuando la enfermedad se halla estrechamente vinculada a la condición del hombre pecador, no siempre puede considerarse como un castigo impuesto a cada uno por sus propios pecados [1]. El mismo Cristo, que no tuvo pecado, cumpliendo la profecía de Isaías, experimentó toda clase de sufrimientos en su pasión y participó en todos los dolores de los hombres [2]; más aún, cuando nosotros padecemos ahora, Cristo padece y sufre en sus miembros configurados con él No obstante, todos esos padecimientos son transitorios y pequeños comparados con el peso de gloria eterna que realizan en nosotros [3]. 
3. Entra dentro del plan providencial de Dios el que el hombre luche ardientemente contra cualquier enfermedad y busque solícitamente la salud, para que pueda seguir desempeñando sus funciones en la sociedad y en la Iglesia con tal de que esté siempre dispuesto a completar lo que falta a la pasión de Cristo para la salvación del mundo, esperando la liberación y la gloría de los hijos de Dios [4]. 
Es más: en la Iglesia, los enfermos, con su testimonio, deben recordar a los demás el valor de las cosas esenciales y sobrenaturales y manifestar que la vida mortal de los hambres ha de ser redimida por el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. 
4. No basta sólo con que el enfermo luche contra la enfermedad, sino que los médicos y todos los que de algún modo tienen relación con los enfermos, han de hacer, intentar y disponer todo lo que consideren provechoso para aliviar el espíritu y el cuerpo de los que sufren; al comportarse así, cumple con aquella palabra de Cristo que mandaba visitar a los enfermos, queriéndonos indicar que era el hombre completo el que se confiaba a sus visitas para le ayudaran con medios físicos y le confortaran con consuelos espirituales.
NOTAS
[1] Cf. 9, 3.
[2] Cf. Is 53, 4-5.
[3] Cf. 2 Co 4, 17.
[4] Cf. Col 1, 24; Rm. 8, 19-21.

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