martes, 15 de junio de 2010

Orar la a partir de la Encarnación

Oración cristiana: diálogo en la Encarnación del Verbo 

Rezar con el corazón de la Iglesia

Dice el Hermano Laurent de la Résurrection (1614-1691):
«La práctica más santa y más necesaria en la vida espiritual es la presencia de Dios, que consiste en complacerse y acostumbrarse a su compañía, hablando humildemente y entreteniéndose amorosamente con Él en todo momento, sin reglas ni medida; sobre todo en época de tentaciones, de penas, de aridez, de disgusto e incluso de infidelidades y pecados» [1].
Qué sabias palabras. Me recuerdan a esa otra magistral obra: El combate espiritual, de Lorenzo Scupoli (h. 1530-1610). Contemplar el rostro de Cristo, contemplación viva y comprometida: esa es la clave de la vida cristiana. Podría decirse que es esta la clave que hace que la oración misma no se convierta en superstición. Como otra vez he escrito en este blog, tampoco hay que inventar aquí nada: Liturgia horarum y Eucaristía son dos quicios indispensables [2]. En la Encarnación es Cristo mismo quien ha introducido entre nosotros "el canto de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales" [3]. En definitiva, en la oración, como en la vida espiritual, no hay que inventar nada: en Cristo Dios nos ha dado su Palabra, que no tiene otra que decirnos:
«Porque en darnos como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta palabra y no tiene más que hablar» (San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, II, 22, 3) [4].
Giotto, Resurrección (detalle)
Estarse contemplando la Encarnación, que es el asombro mismo de los ángeles, eso es la oración. Y esto sin cortar con la mismidad de cada ser humano. En el libro-entrevista La sal de la Tierra, preguntado por cuántos modos hay para llegar a Dios, el entonces cardenal Ratzinger no dudó en su respuesta: "Tantos como hombres". Y esto -si no léase ese libro- no es relativismo. Más bien se trata de lo paradójico de la afirmación de que Cristo es el Camino (Jn 14, 6-14) a la par del descubrimiento de que Él viene para cada hombre. Muchos se han convertido verdaderamente cuando han detectado esta idiosincrasia: que Cristo, que Dios, les ama personalmente a ellos mismos. ¿Podemos concebir un Dios que se ocupa de cada uno de nosotros como si no existiera otra cosa en el Universo?

NOTAS, 
[1] Del libro L'experience de la présence de Dieu, de Fr. Laurent de la Résurrection (1614-1691), Le Seuil, Paris 1997; citado por Jacques Philippe en Tiempo para Dios. Guía para la vida de oración, Rialp, colección Patmos, Madrid 2004 (7ª edición).
[2] Liturgia horarum y Eucaristía lo publiqué en tres partes, aquí el enlace a cada una de ellas: I, II y III.
[3] La Constitución Apostólica Laudis canticum comienza con esta idea, ya aparecida en la Mediator Dei de Pío XII, n. 179; y después en Sacrosanctum Concilium 83. Pero el tema lo podemos encontrar mucho antes en la Bula Divinam Psalmodiam de Urbano VIII, del 25 de enero de 1631. La conocida obra de Dom Columba Marmion, Cristo, ideal del monje, también repetía esta inspiración teológica que seguirá Pablo VI. Hay que leer, no hay excusa, la Constitución Apostólica Laudis canticum, de Pablo VI, con la que se promulga el Oficio Divino reformado por mandato del Concilio Ecuménico Vaticano II. Se encuentra en el primer tomo de los cuatro de los que está compuesta la Liturgia de las Horas.
[4] Véase la Carta Apostólica que redactó Juan Pablo II con motivo del IV Centenario de la muerte de san Juan de la Cruz, titulada Maestro de oración.

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