miércoles, 5 de mayo de 2010

You can't take it with you

Una apuesta por la humanización de las relaciones humanas, de mano del gran director de cine Frank capra...
You can't take it with you, dirigida por Frank Capra y basada en la obra ganadora del Pulitzer de George S. Kaufman, fue ganadora del Oscar a la mejor película en 1938 y del Oscar al mejor director. Es una lección de humanidad y de confianza en la bondad de la Providencia divina. Al realizar esta película, Frank Capra afirmó que su intención no era hacer una "simple película de carcajadas", sino "algo más grande... una oportunidad para vivificar en una drama el 'amarás a tu prójimo'. Lo que las Igleisas del mundo estaban predicando en unas apáticas congregaciones, llegaría al mundo de una forma más amena mediante mi lenguaje cinematográfico universal". Esta historia está presentada en español bajo el título Vive como quieras que, aunque también tiene relación con la trama de la historia y manifiesta el espíritu libre del señor Sycamore -el abuelo alegre de la familia- no deja ver otro aspecto, central en la obra: you cant't take it with you -que traduciré en futuro-, 'no podrás llevarte contigo' todo el dinero que acumules en esta vida. La denuncia de la codicia como agente deshumanizador enlaza directamente con la apuesta de la libertad cristiana manifestada por Cristo en la enseñanza de las Bienaventuranzas: hay que vivir como los lirios del campo, que ni hilan ni cosen y sin embargo ni el mismo Salomón vistió tan hermosamente como ellos (cf. Mt 6, 25-34). De todo se ocupa el Padre celestial para el que se confía a su amor provindente, mientras otros, ciegos, no piensan más que en producir más y más dinero. Tal y como siglos más tarde enseñará santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica, la gracia de Dios puede significar el amor (dilectio) especialísimo de Dios al hombre, los dones que Él otorga en virtud de dicho amor, y la respuesta agradecida (recompensatio) del hombre. Sin ahondar ahora en otros aspectos de la gracia -como el de la inhabitación del Espíritu Santo en el hombre-, la gracia es motivo de su regeneración espiritual, la conversio implica pasar a ser justo y a vivir la gracia de Dios como una cualidad o una habitud sobrenatural infusa. Se trata de una nueva creación, ya que quien vive esta vida de Cristo abandonado en el amor del Padre, es una nueva criatura (2 Co 5, 17; Gal 6, 14-15). Sigamos a Tomás en la explicación de esta segunda creación:
"La primera [creación] tuvo lugar cuando las criaturas fueron producidas de la nada por Dios en su ser natural. Entonces la criatura era nueva, pero luego envejeció por el pecado [...]. Fue necesaria, pues, una nueva creación por la que fueran producidas en el ser de la gracia, que ciertamente es una creación de la nada porque los que carecen de gracia no son nada [...], si no tengo caridad, no spy nada [...]. El pecado no es nada y los hombres se hacen nada cuando pecan" [1]. "Se dice [que somos] nueva criatura porque por ella [la gracia] somos renovados en una vida nueva, y también por el Espíritu Santo que renueva la faz de la tierra, y por la Cruz de Cristo al cual estamos unidos" [2].
¿Quién no desea esta vida nueva? Una vez que el pecado ha entrado en el mundo, toda nuestra vida consiste en alcanzar esta vida nueva, vida que no consiste sólo en luchar contra el pecado, haciendo de esta realidad algo único que a veces nos mueve por una preocupación morbosa (hamartiocentrismo). La vida de la gracia es rearmarse en el Espíritu, seguir sus directrices, vivir de la dilectio divina, ahondar en la fuente de donde mana esta existencia. Parece que a muchos, después de confesarse, les queda una especie de '¿y ahora, qué? Si voy a pecar de nuevo...'; y olvidan que el quid de la cuestión es este ahondamiento en Dios, pues llegamos a ser hijos de Dios sólo en la medida en la que recibimos el Espíritu de Cristo, viviendo con Él y como Él aquella relación con el Padre por el amor del Espíritu que procede de ambos. Jesús, impecable, no se ocupó 'de no pecar', ni nos mandó hacer del pecado el centro de la existencia cristiana ("Vete, y en adelante no peques más", que dijo Jesús a la adúltera, Jn 8, 11). La lucha cotidiana por la santidad va mucho más allá. No seamos cristianos mediocres que viven su espiritualidad centrados en no cometer fallos: es esa una espiritualidad 'de encefalograma plano'. En la lucha contra la tentación, que en sí no es pecado, hay una hondura y una calidad insondables. De mano del Paráclito podremos ir descubriendo poco a poco la inmensidad de la gracia que nos hace santos.

NOTAS
[1] Santo Tomás de Aquino, In II Cor 5, 17, n. 192.
[2] Santo Tomás de Aquino, In Gal 6, 15, n. 374.

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