viernes, 21 de mayo de 2010

Pentecostés

Domingo de Pentecostés

Pentecostés en los Padres de la Iglesia

Finalmente mencionamos el Sedro de Pentecostés


Siete semanas hacen cuarenta y nueve días, más el día del Domingo de Resurrección que comienza ya con la Vigilia Pascual, y que a su vez da inicio a este tiempo, suman cincuenta. A toda la Cincuentena Pascual se le llama Pentecostés, y no sólo al día -el quincuagésimo- con el que concluye este tiempo litúrgico solemne... Los Padres lo atestiguan claramente: san Basilio habla de "las siete semanas del santo Pentecostés"; san Atanasio enseña que toda la Cincuentena es el "gran domingo"; y Tertuliano elabora esa preciosa expresión según la cual la Cincuentena, Pentecostés, es el "gozoso espacio" [1]. Como recoge Jesús Castellano:
"Pascua, por lo tanto, no es un día sólo, sino un gran día que se prolonga durante un tiempo simbólico: el sacramento pascual encerrado en cincuenta días, como dice la oración del Gelasiano. Pentecostés no es un solo día, puesto que esta palabra indica la "cincuentena" de días y, por consiguiente, el "quincuagésimo día", con el que termina el tiempo de Pascua" [2].
San Atanasio lo sintetiza bellamente: "El santo domingo se extiende, en virtud de una gracia continua, a las siete semanas del santo Pentecostés, durante las cuales celebramos las fiestas de Pascua" [3]. Esta siete semanas tienen como raíz bíblica la fiesta de las semanas judía, o Shavû´ôt, tal y como se lee en Ex 19, 1. Pero en la Iglesia la cifra cincuenta guarda estrecha relación con las apariciones del Resucitado, que se sucedieron durante cuarenta días o tesserakonte, momento en el cual se produce la Ascensión del Señor. Diez días más, y será el quincuagésimo día de Pentecostés, plenitud del misterio pascual. Es de señalar entonces la conexión entre Resurrección de Jesús y presencia del Espíritu. No podemos diluir esta unión de modo que se vivan como dos momentos desligados el uno del otro: el tiempo pascual es tiempo del Espíritu. De hecho, si esta escisión se produce, en nuestro modo de concebir el día quincuagésimo habrá una tara que conduce al extrañamiento de perícopas como la de Jn 20, 19-23: Al llegar la noche de aquel mismo día, el pri­mero de la semana, los discípulos estaban reu­nidos y tenían las puertas cerradas por mie­do a los judíos. Jesús entró y, poniéndose en medio de los discípulos, los saludó diciendo: "¡Paz a vosotros!" Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y ellos se alegraron de ver al Señor. Luego Jesús dijo de nuevo: "¡Paz a vosotros! Como el Padre me envió a mí, también yo os envío a vosotros". Dicho es­to, sopló sobre ellos y añadió: "Recibid el Es­píritu Santo. A quienes perdonéis los peca­dos, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". En el reconocimiento del nexo entre la Resurrección y la efusión del Espíritu, este pasaje se relaciona con el episodio propio de Pentecostés narrado en Hch 2, 1ss.


Espíritu Santo, Basílica de san Pedro - Roma-
Adviento - Navidad y Ascensión - Pentecostés: ¿hay relación?


Por último, no estaría de más señalar una bella idea en la que se descubre un aspecto importante de la relación entre las dos Pascuas: la de la Encarnación-Navidad, precedida por la espera de la Iglesia manifestada en el Adviento; y la del Triduo del crucificado, del sepultado y del Resucitado, cuya celebración litúrgica se prolonga durante estos cincuenta días de Pentecostés. La cosa está en lo que los pensadores griegos llamaban tháuma, el asombro y, junto a éste, la expectación. Vayamos a la eucología de la Ascensión. Como bien apunta Jesús Castellano, "entre los textos eucológicos de la Ascensión" cabe recordar, por ejemplo, "la estupenda antífona de las segundas Vísperas, inspirada en un texto oriental" [4]: "Oh Rey de la gloria, Señor del universo..." etcétera. Este 'oh'  recuerda las conocidas antífonas de Adviento, textos cargados de la expectación por la Encarnación del Verbo, que se refleja también en la iconografía. Con esta misma expectación creyente hemos estado celebrando la resurrección de Cristo, en su dinámica escatológica y de plenitud, y el envío del Espíritu, que es la Promesa del Padre que cumple siempre su palabra. Él, -el Espíritu- es lo que conviene pedir siempre en la oración, y no otra cosa. Es el Espíritu mismo quien nos hace conocer que Él es Dios, como reza el Sedro ('orden') de Pentecostés, hermosa oración al Espíritu Santo del rito siro-antioqueno:
"[...] Eres el Espíritu de verdad de la boca de Dios y con tu poder nos haces conocer que eres Dios, que procedes del Padre, que eres el Espíritu de la verdad que el Padre ha enviado por medio de su Hijo".
NOTAS
[1] Jesús Castellano, El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, Biblioteca litúrgica 1, CPL, Barcelona 1996, pp. 209 y ss.
[2] Tertuliano, De Baptismo, 19, 2.
[3] San Atanasio, PG 26, 1389.
[4] LH, tomo II, p. 813.

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