lunes, 3 de mayo de 2010

La eliminación del 'Placeat' en los ritos conclusivos de la Misa

Los ritos conclusivos de la Misa. Eliminación del Placeat de la Misa

Una aproximación al Placeat tibi de la mano de Mauro Gagliardi

La parte final de la Misa, con sus ritos conclusivos, a veces exagera lo 'dialogal' entre el presidente y la comunidad de fieles. Como señala Mauro Gagliardi, profesor ordinario de la Facultad de Teología del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma y Consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, la introducción en el Novus Ordo de la posibilidad de dar avisos breves al final de la Misa, a la vez que tales avisos son considerados parte integrante de los ritos conclusivos, implica un debilitamiento y "un empobrecimiento teológico y celebrativo" (sic). En la forma ordinaria de la Misa del Rito Romano −la de Pablo VI−, concretamente en la IGMR 90, se explican del siguiente modo en qué consisten las diversas partes de los ritos de conclusión:
“Al rito de conclusión pertenecen:
a) Breves avisos, si fuere necesario. b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne. c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios. d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros”.


La Cena de Emaús (detalle), de Caravaggio, 1601. National Gallery, Londres
Como se ve, en el epígrafe a) se incluye la posibilidad de insertar breves avisos justo antes de los demás elementos. Ahora bien, debe lanzarse la siguiente pregunta: ¿pueden tener tales avisos la misma 'altura teológico-litúrgica' que el resto de los elementos señalados en b), c) y d)? "Hay que reconocer el empobrecimiento teológico y celebrativo debido a la inserción, en el Novus Ordo, de los avisos a los fieles como parte propia, oficialmente normalizada, de los Ritos de Conclusión. Aunque la más reciente subraye que estos avisos deben ser breves y que hay que darlos sólo si son necesarios, esto no quita que se ha introducido oficialmente un elemento de por sí extraño a la liturgia, que después de hecho se ha convertido muy a menudo en el verdadero elemento central de los Ritos de Conclusión de la Misa. Mientras, por tanto, se sugiere a los sacerdotes reducir al mínimo, es más, en lo posibe que se elimine del todo esta práctica, se debe esperar que en una futura reforma del IGMR se retire la actual concesión", dice Gagliardi. Y tiene razón, habida cuenta de que en este momento conclusivo la celebración continúa −no está acabada, está acabándose−. Puede, incluso, hacerse una reflexión acerca del modo en que, en esos momentos, el ministro sigue actuando in persona Christi capitis. Así también puede considerarse el error consistente en despedir a la asamblea diciendo: "Podemos ir en paz"; en lugar de lo debidamente indicado: "Podéis ir en paz". Es Cristo quien despide. Así, cansan a veces largos avisos no imprescindibles en ese momento, tales como horarios de reuniones, avisos del grupo de cantores, encuentros de jubilados, etcétera, que pueden hacerse llegar a los fieles de mil modos distintos, y más con los medios que actualmente están a nuestra disposición. Para colmo, y eso que la recomendación es dar tales avisos si son necesarios, éstos no sólo no se van reduciendo sino que además es cada vez más frecuente ver cómo suben uno o dos laicos al ambón (!) a dar sus propios y respectivos avisos, con la anuencia del presidente. El origen de todo esto ha sido la elevación de lo consuetudinario al rango de lo preceptivo-normativo, esto es, que una praxis repetitiva ha llegado a hacerse ley tácita para después verse refrendada en la normativa litúrgica oficial. Una policía avisada y avezada debe distinguir, con todo, lo que se realiza de facto de aquello que se realiza de iure, sobre todo para que el ius no devenga en arbitrariedad. Está claro que una comunidad parroquial necesita cauces comunicativos, pero contando también con las posibilidades que ofrecen tantos medios hoy, no parece oportuno insertarlos en la liturgia pudiéndose hacer de otro modo.

Lo que se deduce de todo esto es el camino que lleva a veces a considerar la acción litúrgica como una tarea humana, de fraternidad horizontal, fraternidad que pivota ahora sobre el concepto de Pueblo de Dios entendido asociativamente, esto es, como fruto de la capacidad social humana de congregarse en torno a un ideal o paradigma. De este modo, la idea esencial del kerygma cristiano, que ahonda siempre −desde hace dos mil años− en la perenne novedad de que es Dios quien nos convoca, se diluye en la estrategia de convocatoria de unos y de otros. Son ahora los fieles quienes tienen derecho a decidir comunitaria y democráticamente qué es 'liturgia' y qué no lo es, desatados por fin de las trabas jerárquicas no naturales que han atenazado la iniciativa popular hasta ahora. Se pasa así de la dynamis del Espíritu que nos hace hijos de Dios a la primacía del consenso. La Iglesia queda reducida así a partido político: comunión en el consenso en vez de comunión en el Espíritu. Dejo, a partir de esta reflexión, las siguientes preguntas: ¿Es ese el auténtico concepto de 'Pueblo de Dios'? ¿Qué significa entonces realmente eclesiología de comunión? [1].


Por otra parte, en la forma extraordinaria de la Misa del Rito Romano -la de san Pío V-, el sacerdote, justo antes de besar el altar, recita esta preciosa oración:
Placeat tibi, sancta Trinitas, obsequium servitutis meæ: et præsta, ut sacrificium quod oculis tuæ maiestatis indignus obtuli, tibi sit acceptabile; mihique et omnibus pro quibus illud obtuli, sit, te miserante, propitiabile. Per Christum Dominum nostrum. Amen [2].
Eliminar el Placeat para introducir la posibilidad de avisos −según el Novus Ordo− parece una pérdida excesiva, en mi opinión, y más que elevar lamentaciones, bien puede incentivarse la reflexión acerca de esta oración y su posible reintroducción. Esto, al menos como tarea reflexiva y de meditación, no está de más, y puede ser útil para la consideración de la naturaleza de las fórmulas de bendición y su doble dinámica anabática y catabático-epiclética. Es una profundización necesaria, dada la rica hondura de la bendición como actio liturgica y aún como locus theologicus.


NOTAS
[1] Pueden verse al respecto algunos datos del discurso de J. Ratzinger titulado Teólogos de centro, de septiembre de 1992, con motivo de los 20 años de la Revista Católica Internacional Communio. Igualmente es de referencia obligada el escrito de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe Sobre algunos aspectos de la Iglesia como comunión, Ciudad del Vaticano, 1992.
[2] "Te sea agradable, oh santa Trinidad, el obsequio de mi servicio: y concede que el sacrificio que yo –aunque indigno a los ojos de tu divina majestad– he ofrecido, sea aceptado por ti y, por tu misericordia, sea propicio para mí y para todos aquellos por los que lo he ofrecido. Por Cristo Nuestro Señor. Amén".

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