viernes, 14 de mayo de 2010

Contra la fe desencarnada

«No se puede juzgar lo sobrenatural con criterio católico, y lo natural con criterios ajenos a la fe, porque entonces, para juzgar la realidad, en vez de adherirte al pensamiento católico te tienes que adherir a una ideología ajena o, lo que es peor, a un interés ajeno, y manejarte con conceptos que excluyen lo sobrenatural».
Juan Manuel de Prada
Comienzo con estas palabras de Juan Manuel de Prada, pronunciadas ante el revuelo suscitado por el hecho de que algunos malintencionados se han inventado declaraciones que el escritor Zamorano jamás pronunció (ver aquí la noticia). De todos modos, no voy a comentar eso ahora. El problema está en la equizofrenia entre fe y vida, tema ya manido, pero que no deja de ser una cuestión que pone contra las cuerdas la pretendida privacidad de la experiencia cristiana: sin que se vea, sin que se oiga, quedando retraída de la vida social, acogotada, sin aire, muerta en vida. Por contra, ayer 13 de mayo, el Papa Benedicto XVI en su encuentro con los obispos de Portugal en el salón de conferencias de la Casa Nuestra Señora del Carmen, en Fátima, decía:
"[...] Verdaderamente, los tiempos en que vivimos exigen una nueva fuerza misionera en los cristianos, llamados a formar un laicado maduro, identificado con la Iglesia, solidario con la compleja transformación del mundo. Se necesitan auténticos testigos de Jesucristo, especialmente en aquellos ambientes humanos donde el silencio de la fe es más amplio y profundo: entre los políticos, intelectuales, profesionales de los medios de comunicación, que profesan y promueven una propuesta monocultural, desdeñando la dimensión religiosa y contemplativa de la vida. En dichos ámbitos, hay muchos creyentes que se avergüenzan y dan una mano al secularismo, que levanta barreras a la inspiración cristiana. Mientras tanto, queridos hermanos, quienes defienden con valor en estos ambientes un vigoroso pensamiento católico, fiel al Magisterio, han de seguir recibiendo vuestro estímulo y vuestra palabra esclarecedora, para vivir la libertad cristiana como fieles laicos" [...].
No se puede decir más en menos. Las peores crisis de la Iglesia vienen antes  de dentro  -y son más graves- que de las propias persecuciones externas. Más bien es al contrario: sin duda toda persecución da frutos de martirio con tal de que nosotros estemos configurados cada día más con Cristo. Y ya sabemos que el martirio, especialmente en el que se derrama la propia sangre, es semilla de nuevos cristianos: sanguis martyrum, semen christianorum est [1]. Y sigue Benedicto XVI :
"En efecto, cuando según la opinión de muchos la fe católica ha dejado de ser patrimonio común de la sociedad, y se la ve a menudo como una semilla acechada y ofuscada por "divinidades" y por los señores de este mundo, será muy difícil que la fe llegue a los corazones mediante simples disquisiciones o moralismos, y menos aún a través de genéricas referencias a los valores cristianos. El llamamiento valiente a los principios en su integridad es esencial e indispensable; no obstante, el mero enunciado del mensaje no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida. Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él. Me vienen a la mente aquellas palabras del Papa Juan Pablo II: "La Iglesia tiene necesidad sobre todo de grandes corrientes, movimientos y testimonios de santidad entre los 'fieles de Cristo', porque de la santidad nace toda auténtica renovación de la Iglesia, todo enriquecimiento de la inteligencia de la fe y del seguimiento cristiano, una reactualización vital y fecunda del cristianismo en el encuentro con las necesidades de los hombres y una renovada forma de presencia en el corazón de la existencia humana y de la cultura de las naciones" (Discurso en el vigésimo aniversario de la promulgación del decreto conciliar Apostolicam actuositatem, 18 noviembre 1985)".
La renovación es siempre vida de santidad: no hay otra. Sin esto nada vale. En esta vida conocemos a Dios por los efectos: Quod patet ex hoc quod Deum non cognoscimus in statu viae nisi ex effectibus [2]. Que la santidad humana sea un efecto de aquella santidad de Dios -no con la que Él es en Sí mismo santo, sino con la que nos hace santos- es la esencia de la martyría, del testimonio [3].


NOTAS
[1] Tertuliano, Apologético, 50, 13. 
[2] Santo Tomás de Aquino, De Trinitate, pars 1 q. 1 a. 4 c. Traduzco esta frase: "Esto es evidente, porque en esta vida ("in statu viae") conocemos a Dios a partir de sus efectos". Es una pena que en la traducción se pierda la riqueza de la expresión in statu viae, que se refiere a la condición de homo viator, es decir, en camino hacia una meta lógica, teleo-lógica y teo-lógica.
[3] Cfr. Concilio de Trento, Sesión VI, Decreto sobre la justificación, cap. VII (13 de enero de 1547). Leer más en mi anterior artículo: http://ameiric.blogspot.com/2010/04/la-leyenda-del-santo-bebedor.html#ixzz0nuFD89HQ

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Comentar es hacer reflexión, hacer reflexión es compartir una misma fe.