jueves, 1 de abril de 2010

Tarde del Jueves Santo: el 'Dies natalis calicis'

'Dies natalis calicis', 'día en el que nace el cáliz': hoy, el Jueves Santo, nace la Eucaristía y el sacerdocio ministerial...
Hoy, Jueves Santo, donde los sinópticos relatan la institución de la Eucaristía, Juan narra el lavatorio. En el pasaje del lavatorio se ve la diakonía -el servicio-. Juan nos hace ver cómo en Jesús servicio y Eucaristía son una cosa: en el lavatorio vemos el servicio hecho sacramento. La vida de Jesús es proexistencia: existencia en favor de los otros por amor al Padre. Por eso no debe extrañar que, en lugar de exponer el relato de la institución, Juan nos narre el lavatorio.


Y escribía Ratzinger sobre el episodio del lavatorio retomando una reflexión de san Agustín:
"San Agustín reflexiona sobre un texto de la Escritura, tomado del Cantar de los Cantares, en el que encuentra unos versículos -a primera vista enigmáticos, según él- sobre el tema del lavatorio de los pies. En el capítulo 5 del Cantar hallamos la siguiente escena: la esposa se encuentra en el lecho y duerme, pero su corazón vela. De pronto, un rumor la despierta; el amado llama: «¡Abreme, hermana mía!» La esposa se resiste: «Ya me he quitado la túnica. ¿Cómo volver a vestirme? Ya me he lavado los pies. ¿Cómo volver a ensuciarlos?»
Aquí comienza la reflexión del Santo Doctor. El amado que llama a la puerta de la esposa es Cristo, el Señor. La esposa es la Iglesia, son las almas que aman al Señor. Pero -dice San Agustín- ¿cómo pueden ensuciarse los pies si salen al encuentro del Señor, si van a abrirle la puerta? ¿Cómo podría ensuciarnos los pies el camino que conduce a Cristo, el camino que lava nuestros pies? Ante semejante paradoja, San Agustín descubre algo decisivo para su vida de pastor, para resolver el dilema entre su deseo de oración, de silencio, de intimidad con Dios y las exigencias del trabajo administrativo, de las reuniones, de la vida pastoral. El obispo dice: la esposa que se resiste a abrir son los contemplativos que buscan el retiro perfecto, se apartan por completo del mundo y quieren vivir exclusivamente para la belleza de la verdad y de la fe, dejando que el mundo siga su camino. Pero llega Cristo, resuenan sus pasos, despierta al alma, llama a la puerta y dice: «Tu vives entregada a la contemplación, pero me cierras la puerta. Tú buscas la felicidad para unos pocos, mientras fuera crece la iniquidad y el amor de la multitud se enfría...» Llama, pues, el Señor para sacar de su reposo a los santos ociosos y grita: «Aperi mihi, aperi mihi et praedica me!» A decir verdad, cuando abrimos las puertas, cuando acudimos al trabajo apostólico, nos ensuciamos inevitablemente los pies. Pero los ensuciamos por la causa de Cristo, porque aguarda fuera la multitud y no hay otro modo de llegar a ella que metiéndonos en la inmundicia del mundo, en medio de la cual se encuentra" (J. Ratzinger, El camino pascual, BAC Popular, Madrid 1990).

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