viernes, 23 de abril de 2010

Las lágrimas del Papa Benedicto XVI

Un pueblo dueño de sí mismo, no un pueblo muerto... 
A propósito de los grandes oradores romanos, Giacomo Leopardi apostilla en su Zibaldone: "Fijaos cómo la verdadera elocuencia nunca ha florecido más que cuando ha tenido al pueblo como oyente; quiero decir a un pueblo dueño de sí mismo, y no siervo, un pueblo vivo y no un pueblo muerto". Y no un pueblo muerto... Este pueblo dueño de sí mismo ha de ser hoy, con más fuerza que nunca, la Iglesia, guiada bajo la verdadera elocuencia del vicario de Cristo Benedicto XVI. Y especialmente en estos días de ataques virulentos contra su figura. Hay que decir que apoyar ahora al Papa no significa en modo alguno querer encubrir, negar o minusvalorar los abusos y casos de pederastia reales que han tenido lugar en la Iglesia católica por parte de algunos de sus miembros. Pero hay que decir igualmente que ni mucho menos estos casos suponen un número masivo, ni que todos los ministros ordenados deban ser mirados con sospecha. El dolor por todo lo que está sucediendo se condensa de manera elocuente en lo sucedido durante el último viaje del Papa a la isla de Malta. Reunido con algunas de las víctimas de abusos, el Papa lloró, sin teatro. Es manifiesto su dolor y su pesar ante lo cometido por clérigos indignos, nadie puede negarlo, como también es manifiesta su actuación para impartir justicia en estos casos, tarea que ya emprendió siendo cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Otro ejemplo de responsabilidad y de honestidad está siendo el de los Legionarios de Cristo, según se decuce por las últimas declaraciones de Jesús María Delgado, Director Territorial de la Legión de Cristo en España: están dispuestos a acoger todo lo que el Papa les quiera indicar, desde un cardenal comisario enviado para toda la congregación hasta, incluso, la disolución, aunque esta última posibilidad, si bien es real, es poco probable. Ellos, los Legionarios, son un ejemplo de purificación interna en el que debemos vernos reflejados todos.

Y es que después de lo sucedido no va a ser posible seguir contemporizando, levantando la mano o viviendo un cristianismo mediocre. La prueba siempre arranca lágrimas y exige volver los ojos a lo esencial.

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