martes, 6 de abril de 2010

La leyenda del Santo Bebedor

Literatura y cine nos sirven también para pensar la fe... 

Victor McLaglen como Gypo
En el clásico de John Ford The informer (1935), basado en la novela de Liam O'Flaherty y titulado en España El delator, me ha traído a la memoria esa deliciosa novela corta de Joseph Roth, La leyenda del Santo Bebedor (de la que también hay versión cinematográfica, que no he visto). Gypo -el delator- y el Bebedor rothiano son de esos personajes que parecen estar abocados a la autodestrucción. También sucede así con el protagonista de The man with the golden arm (1955), genialmente interpretada por Frank Sinatra, donde el director -Preminger- presenta el crudo mundo de la heroína y cómo ésta consume la fuerza de un hombre. Me fijo en ellos por lo paradigmático de la capacidad de yerro que tiene el ser humano y porque, pese a todo, siempre hay posibilidad de redención para el malvado, para el ignorante, para el pecador. Todos hemos sido gypos delatores y bebedores enfermizos, todos nosotros hemos perdido el tiempo en nuestros vicios, y a todos nos gustaría siempre encontrar que alguien nos acoge y nos perdona, no a pesar de nuestros pecados -como pretende Lutero- sino porque estamos necesitados de salvación. No una salvación consistente en la mera no imputación forense, que ontológicamente nos deja igual, sino una salvación que restituya al hombre a su estado y dignidad plena de justicia en la misericordia de Dios. El quid está -ya lo sabían los Padres de Trento- en el restablecimiento de la límpida imago Dei en el reo. La justificación se define por ser una traslación o un tránsito: del estado de pecador al "estado de gracia y de adopción de los hijos de Dios" por Jesucristo [1]. Todo ello se mueve entre dos polos: el aviso de nuestra libertad y la prevención de la gracia divina. En este proceso, ¡la justificación no es sólo el perdón de los pecados! La escena final de El delator, que transcurre ya en la iglesia donde reza la madre del hijo asesinado por causa de la delación de Gypo, puede invitarnos a reflexionar sobre ello. Gypo, tras haberse trasegado todo el whisky de Dublín (y ahora voy a destripar el final de la peli, aviso), y tras haberse envalentonado hasta el punto de que su fanfarronería le delatase a sí mismo, acaba con el estómago lleno de balas, se dirige a la iglesia y allí no muere hasta oír de labios de la madre del amigo a quien traiciona, las deseadas palabras de perdón. Ella le perdona, él muere en paz. La pregunta es: el arrepentimiento sincero que muestra Gypo le obtiene el perdón de sus pecados. Eso queda claro, mas ¿es sólo eso o muere 'santo'? Lanzo la pregunta, que quizá no tiene respuesta para la escena que comentamos (ni John Ford, el director, estaba pensando en esto, casi seguro). Pero lanzo la pregunta para enlazar con la lúcida enseñanza de Trento ¿En qué consiste la santidad? ¿En qué la justificación? ¿Qué relación hay entre ellas? Este cuestionamiento es esencial para comprender qué hacemos al celebrar el sacramento de la Penitencia o Confesión. Es cierto que para hacerse buenas preguntas hacen falta dos cosas: el deseo de saber desde nuestra ignorancia y el saber algo al menos de la materia que ignoramos. Me explicaré: sólo el adentrarnos en una materia que no dominamos nos hará ya desear formular preguntas cuya respuesta desconocemos. "Si no me preguntan qué es el tiempo, creo saberlo; si me lo preguntan, no lo sé". Esta genial frase de san Agustín, puede ayudar a entender lo que quiero decir. Como les decía yo a mis alumnos: "Para hacer buenas preguntas en clase no basta con tener dudas, hay que haber estudiado". Pero sigamos con la cuestión que nos traemos aquí. ¿Qué es la justificación y por qué no consiste 'sólo' en en perdón de los pecados? Pregunta que puede formularse también de esta guisa (para no devaluar el adverbio 'sólo'): ¿Qué es el perdón de los pecados? Vayamos a Trento, y saquemos al pobre Gypo del apuro:
"A esta disposición o preparación [Trento habla de la disposición de convertirse a Dios] se sigue la justificación en sí misma: que no sólo es el perdón de los pecados, sino también la santificación y renovación del hombre interior por la admisión voluntaria de la gracia y dones que la siguen; de donde resulta que el hombre de injusto pasa a ser justo, y de enemigo a amigo, para ser heredero en esperanza de la vida eterna. Las causas de esta justificación son: la final, la gloria de Dios, y de Jesucristo, y la vida eterna. La eficiente, es Dios misericordioso, que gratuitamente nos limpia y santifica, sellados y ungidos con el Espíritu Santo, que nos está prometido, y que es prenda de la herencia que hemos de recibir. La causa meritoria, es su muy amado unigénito Jesucristo, nuestro Señor, quien por la excesiva caridad con que nos amó, siendo nosotros enemigos, nos mereció con su santísima pasión en el árbol de la cruz la justificación, y satisfizo por nosotros a Dios Padre. La instrumental, además de estas, es el sacramento del bautismo, que es sacramento de fe, sin la cual ninguno jamás ha logrado la justificación. Ultimamente la única causa formal es la santidad de Dios, no aquella con que él mismo es santo, sino con la que nos hace santos; es a saber, con la que dotados por él, somos renovados en lo interior de nuestras almas, y no sólo quedamos reputados justos, sino que con verdad se nos llama así, y lo somos, participando cada uno de nosotros la santidad según la medida que le reparte el Espíritu Santo, como quiere, y según la propia disposición y cooperación de cada uno". [2]
Es decir, no sólo se nos estima justos, es que somos justos, pues si la santidad de Dios no hace santos, ¿qué lo hará entonces? La justificación no consistirá únicamente en que Dios, mirando al pecador, haga la vista gorda, esto es, que no considere el pecado (justicia no imputativa forense de Lutero), de modo que el pecador es justificado pero sigue siendo ontológicamente pecador. No, la justificación supone un cambio en el ser de la persona: de pecador pasa a ser santo. El pecador que lava sus pecados en la sangre de Cristo, queda limpio, esto es, santo, pues si la sangre de Cristo no hace santos, ¿qué lo hará? Dicho esto, si después de confesarme caigo fulminado por un infarto y no voy directo al Cielo, ¿qué clase de confesión he hecho? ¿O es que seguiremos confesándonos mientras continuamos pensando en pecar después?

NOTAS:
[1] Concilio de Trento, Sesión VI, Decreto sobre la justificación, cap. IV (13 de enero de 1547).
[2] Concilio de Trento, Sesión VI, Decreto sobre la justificación, cap. VII (13 de enero de 1547).

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