viernes, 30 de abril de 2010

Inventar en liturgia (III)

Gestos inapropiados en la liturgia eucarística...
He observado en algunas misas que, en el momento justo de la Doxología, el presbítero toma el cáliz del altar y se lo entrega a un laico para que lo eleve, a la vez que él mismo eleva la patena con el Cuerpo de Cristo. Esto no debe hacerse, ya que la elevación de la Sangre y del Cuerpo mientras el ministro proclama: Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos; es un gesto solamente del presbítero y del obispo, y de nadie más. Ni siquiera un diácono puede elevar el cáliz o la patena. Así me lo recuerda el teólogo liturgista Matías Augé, respondiéndome sobre esta cuestión en la consulta que le hice ayer a través de su blog, llamado Liturgia opus Trinitatis. El profesor Augé me responde (la negrita es mía):
"Tiene Vd. razon. La elevacion del cáliz y de la patena al final de la plegaria eucarística tiene un significado de oferta del sacrificio al Padre. El  gesto pertenece al presbítero, ni tan siquiera al diácono, aunque todos los participantes se unen espiritualmente a esta oferta y con el "Amén" la ratifican".
Respecto a la acotación del profesor Augé "ni tan siquiera el diácono", Javier Sánchez Martínez me recuerda lo establecido en el Ceremoniale episcoporum 158. Para ello, véase el comentario hecho al final de este artículo.

Parece ser que el motivo de esta desviación, al menos donde yo he observado que se comete, es el hecho de que se emplea un cáliz demasiado grande, que, una vez lleno del vino que después será consagrado y transustanciado en la Sangre de Cristo, es tan pesado que parece bien difícil elevarlo con una sola mano mientras que con la otra se eleva el Cuerpo de Cristo. Bueno, si ese es el motivo, tiene fácil solución: que el ministro -y es su responsabilidad- se procure un cáliz adecuado y más manejable.

Por otra parte, también he oído que algunos ponen como excusa que lo que no puede hacer un laico es tomar él mismo el cáliz para su inmediata elevación, y que sí se puede hacer cuando es el ministro quien lo coge del altar y lo entrega al susodicho laico... (algo así como "si te lo doy yo, entonces puedes elevarlo"). Esta excusa es de risa, con perdón, y parece más una finta dialéctica para salir del paso que una verdadera respuesta que afronte la cuestión. Lo que no puede hacer ningún laico o acólito es tomar el cáliz -o la patena- y proceder a su elevación (observénse los dos momentos), de modo que si se 'subsana' la primera parte del error (a saber, la de que el no-presbítero coja por sí mismo el cáliz), la segunda (para después elevarlo) sigue estando mal.

Pero vayamos a lo esencial: la teología de este gesto. La 'reprimenda' expresada anteriormente no se basa en un prurito rubricista, en una obsesión por la 'tintada en rojo' que reduce la liturgia a mera tarea de ceremonieros. Y esto sin que suene a desprecio por la rúbrica, que siempre es expresión de una ley y de una reflexión teológica que hay que obedecer [1]. El gesto litúrgico es signo y símbolo que proyecta al encuentro de la corporeidad del hombre con Dios. Con el cuerpo se hace el signo, el gesto, pero se traspasa el nivel 'sígnico' para situarse en la categoría del encuentro, en lo sacramental. En lo que ahora nos atañe, el gesto que acompaña la doxología al final de la oración eucarística: la gran elevación, es ratificada por el Amén de los fieles, y  expresa de manera solemne el movimiento ascensional de ofrenda hacia el Padre mediante Cristo en el Espíritu Santo. Aquí el gesto de la elevación va unido inseparablemente a las palabras que pronuncia el ministro: "Por Cristo, con Él y en Él... Esta expresión es doxológica -de alabanza-, pero contiene además una fórmula de mediador: dos elementos supremos y especialmente únicos de la oración eucarística la cual es, digamos, la mayor acción, que no iguala a ninguna otra de cuantas puede realizar la Iglesia que peregrina en la tierra. Es justo entonces cuando se da al pueblo la ocasión de intervenir en este momento tan principal: con el Amén conclusivo. El Amén es prerrogativa del pueblo cristiano reunido en la asamblea, y no una simple coletilla. Como recuerda Dom Gregori Maria (la negrita es mía):
"Terminada la solemne oración eucarística, se dio al pueblo, aún el la liturgia romana, ocasión de manifestar su intervención con un Amén solemne. Este Amén figura entre las prerrogativas de los cristianos que enumera Dionisio de Alejandría (mártir en 267). San Justino lo menciona en su Apología, señal de la importancia que se le daba. San Jerónimo escribió en una ocasión que ese Amén del pueblo resonaba en las basílicas romanas como un trueno del cielo, y San Agustín afirma que pronunciarlo equivale a estampar la firma debajo de un escrito. Un eco lejano de este Amen, una vez llegado el silencio del canon, se conservó en la rúbrica que manda levantar el celebrante la voz a las últimas palabras “Per omnia saecula saeculorum”, para que el pueblo pueda oír y los ayudantes, en nombre de todo el pueblo, responder “Amén”.
En esta elevación, la única y verdadera elevación de toda la Misa (recuérdese que en el momento de la consagración se indica el gesto a realizar con el verbo 'ostendere', que no supone elevación sino mostración: IGMR 84); en esta elevación de la doxología final -repito- se visibiliza a Cristo sacramentado, el único y verdadero mediador entre Dios y los hombres. Las preposiciones por, con, en, expresan la dinámica del Sacrificio de Cristo, Sacerdote y Víctima a la vez. La figura del ministro ordenado, que actúa in persona Christi Capitis ("en la persona de Cristo Cabeza") [2], "en el mismo modo de comportarse y de anunciar las divinas palabras, debe insinuar a los fieles la presencia viva de Cristo" (IGMR 93). No se entienda esto como que el sacerdote representa a Cristo en ausencia de éste. No, nada más alejado del verdadero significado de la expresión: no se trata de estar representando a un ausente, sino de actuar en la persona misma de Cristo resucitado que está presente realmente con toda la fuerza de su acción. El gesto de la elevación en ofrenda al Padre y en aclamación doxológica es una expresión riquísima del munus sanctificandi ("oficio de santificar") propio del sacerdocio ministerial, de donde se sigue el grave extrañamiento del gesto cuando un laico  lo realiza (haya sido instituido acólito o no).


NOTAS
[1] De este amor por la rúbrica deberíamos aprender algo de parte del beato Alfredo Ildefonso Schuster (1880-1945), el pastor liturgicus, benedictino y obispo de Milán, sucedido en aquella sede por Giovanni Battista Montini, quien sería Papa Pablo VI.
[2] Acerca de la expresión in persona Christi Capitis puede leerse lo que dijo Benedicto XVI el pasado 14 de abril de 2010: ir aquí. Allí también habla el Papa del munus docendi y de por qué el ministro nunca enseña su doctrina, sino la de Cristo: "Mi doctrina no es mía" (Jn 7, 16).

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