lunes, 5 de abril de 2010

"Dulce Cristo en la Tierra... "

Benedicto XVI y el cardenal Sodano
De los intereses creados por dañar la figura del Papa y de la Iglesia... 
          Lo sé. Sé que después de la repercusión que han tenido hoy las palabras del cardenal Sodano el título de este artículo no es nada original. Pero hoy no quiero ser original. Repito para recalcar. Copio para que se sepa quién es ese curioso personaje: "Dulce Cristo en la Tierra". La más que de sobra conocida expresión que santa Catalina de Siena dirigía insistentemente a Gregorio XI ha pasado a ser, por metonimia, el otro nombre del sucesor de Pedro. Y quiero escribir ahora porque me duele...

         Me duele que una persona como nuestro Papa sea vituperada y cargada con baldones injustamente. Me duele como cristiano, pero ahora no voy a eso… Me duele primeramente no porque sea el Papa, sino porque se trata de una persona que ha entregado su vida a conocer la verdad. No 'su' verdad: la Verdad de todos y para todos, que nadie puede apropiarse. Me duele porque la altura intelectual y moral de uno de los mejores pensadores del siglo XX y del momento actual tiene que medirse con bufones irreflexivos y con crueles ignorantes que no aman ni buscan la 'verdad' que dicen estar defendiendo… Y tiene que medirse no en el sentido que exigen algunos, cuando piden que el Santo Padre hable todos los días, mañana y tarde, sobre el tema de los abusos sexuales. Eso sería caer en la trampa. Tiene que medirse en el sentido de la lucha inicua del 'todos contra uno'. En la televisión, en la radio, en la prensa, en todos los medios -que repiten más que el ajo- parece que están incómodos si el Papa no se repite aún más que ellos. ¿Pero es que no han leído la carta dirigida a los católicos en Irlanda? Digo esto porque esa carta está tan bien escrita que vale para todos, los de aquí y los de allá. Léanla anda, y verán.

          Como la opinión es como el ombligo, que todos tenemos uno, no quiero que este artículo parezca la defensa 'talibana' de un católico que sale a favor de su Papa. Quede esto claro para la España de hoy, país donde el número de abusos a menores por parte de sacerdotes no ha roto las estadísticas (y un solo caso ya es gravísimo); pero país en el que ya algunos adalides de lo progre quieren fundar la nueva tiranía del espíritu de sospecha, y exigen a Rouco y a Camino que aireen escándalos donde no los hay, como bien critica en su blog Luis Fernando Pérez Bustamante. Y digo que esto no es opinión personal, es vivencia constatada y aleccionada en por la verdad de mi propia carencia y mi propio pecado; vivencia la mía que oye asombrados a los periodistas de hoy. No me gustaría que muchos de los representantes de los mass media actuales hubiesen formado parte de la turba que exigía a Jesús que la adúltera fuese lapidada. Estoy convencido de que más de uno, convencido de su impecabilidad, hubiera lanzado la primera, y la segunda, y la tercera piedras, ante el estupor del propio Cristo. Creo que la denuncia, y esto sí es personal, debe ir acotada por la propia mirada autocrítica. Los noticiarios que propalan las noticias de los abusos fallan, casi todos, en una cosa: parecen Dios juzgando al del banquillo. Y eso da miedo.

          Pero sigo en la España de hoy y en la Iglesia de hoy: un momento éste en el que, personalmente, he encontrado un acicate aún más fuerte para defender al Papa y para orar todavía más fuertemente por él y por la Iglesia.

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