sábado, 10 de abril de 2010

De anécdotas y Teología

La Teología es algo sumamente importante para la vida humana



La naturaleza no se opone a la gracia, ni la fe a la ciencia, ni la ciencia a la Filosofía, ni la Filosofía a la Teología, ni la Teología a la Revelación, ni la Antigua Alianza a la Nueva.Una Iglesia sin teología es una congregación de ingenuos o de fanáticos, afirmaba Olegario González de Cardedal en la 'Nota preliminar' al libro de Ratzinger Introducción al cristianismo. Este libro comienza con el conocido relato parabólico de Kierkegaard sobre el payaso y la aldea en llamas, parábola que retomaba el cardenal Ratzinger para hacer notar que la Teología es algo sumamente serio en la vida humana. Lamentablemente, muchos cristianos no piensan así. Es evidente que no todos los bautizados han de pasar por la facultad de Teología: sería absurdo e imposible. Pero sí es necesaria la formación auténtica en la fe, así como la honesta humildad ante la enseñanza de los teólogos que se dedican a esta ciencia y que la Iglesia ha formado para ayudar y enseñar al pueblo cristiano. Los ministros ordenados tienen en esta tarea una obligación especial, y no deben relajarse en la pastoral, terminando por introducir sus propias teorías en la predicación y sus praxis particulares. Respecto a la escucha sensata y humilde de los que saben Teología, de los buenos teólogos, habría mucho que decir. Siguiendo el conocido refrán que afirma que 'nada hay más osado que la ignorancia', me sorprende ver en conversaciones con muchos -cristianos o no- que todo el mundo parece haber nacido sabiendo Teología. Resulta que ahora todos somos doctores. Estamos en una sociedad de la información en  la que a todo el mundo le llegan datos y más datos, así como todo el mundo puede iniciar, por ejemplo, un blog y ponerse a dictar teoría. Eso sí, sin haber estudiado antes. El esquema básico de lenguaje emisor-receptor se ve ahora hipertrofiado en el primer término, de modo que parece que todo el mundo es emisor de teoría, sienta cátedra, postula... y todo como por ciencia infusa. Cuento una anécdota que puede ilustrar bien todo esto que digo. Le sucedió a mi hermano David, persona bien leída, de modo que ya me gustaría a mí que cada cristiano hubiera leído sólo una cuarta parte de lo que él lee de buenos teólogos y filósofos.

No seamos como Miss Scatterbrain, cuyo nombre lo dice todo

Bien, resulta que una persona -llamémosle P- se puso a despotricar en contra de lo que él erróneamente llamaba, como tantos otros, 'la Misa de espaldas'. Y seguía diciendo que eso era 'tridentino' (para los legos, del Concilio de Trento). 'Tridentino' es el peor insulto y el más duro baldón que se le ocurrió al interlocutor de mi hermano. Ya sólo ese empleo negativo del epíteto que se refiere a aquel gran concilio empieza por indicar la supina ignorancia de esta persona. Pero sigamos. Mi hermano le quería hacer ver la fuerte y sana carga teológica de la idea 'Orientem versus' que es como en realidad debe llamarse a esta orientación litúrgica de la Misa, y nunca pensar que el cura desprecia al pueblo y le da la espalda, como si de un gesto de mala educación se tratara. Lo que sucede es que es toda la asamblea, con el ministro que preside a la cabeza, se vuelve hacia el Señor ('ad Dominum'). Pero indagando, parece que P, el interlocutor de mi hermano, no había leído, ni menos aún estudiado, nada del tema, y aún así se ponía a dar lecciones de una cuestión, la de la disposicíon 'versus Orientem' (mirando hacia Oriente), de la que no sabía ni el nombre. Ha habido eminentes teólogos y liturgistas que han abordado esta cuestión, de modo que podría reguntarse a P: ¿Has leído lo que dice Jungmann? ¿Y lo que dice Gamber? ¿Y lo que dicen, más recientemente, Ratzinger o Uwe Lang? Recuerdo que para un trabajo sobre esto que tuve que realizar en la facultad de Teología, y me pedía don Félix Arocena Solano sólo una aproximación, tuve que dedicar varias semanas de estudio. Y hablo de sólo una aproximación. Pero entre los ignorantes todo el mundo sabe Teología.

Otra anécdota. Esta me la contó don Aurelio García Macías, consultor de la Congregación para el Culto Divino, presidente de la Asociación Española de Profesores de Liturgia (AEPL) y actual rector del Seminario Diocesano de Valladolid, sabio y santo presbítero, muy querido por mí y a quien le debo mucho de lo que aprendí y aprendo todavía. Resulta que le llaman de la Universidad de Valladolid, universidad civil, para dar un curso acerca del legado del cristianismo en Oriente. Y cuenta Aurelio que en un claustro de profesores, donde había desde profesores de Medicina hasta Derecho. Cada profesor iba exponiendo, con la autoridad que le conferían sus conocimientos, la materia y el plan de su asignatura. Hablaba el de Medicina, todos escuchaban; hablaba el de Derecho, ídem; hablaba el de Filología, lo mismo; le toca el turno a nuestro teólogo, Aurelio... ¡y todo el mundo sabía Teología! Todos opinaban si Dios existe y por qué no existe, daban lecciones de eclesiología... Y me decía Aurelio que se preguntaba: "¿Y de qué me han valido a mí los siete años de Teología?". Y es que hoy se coloca en el mismo sitio al lego y al que ha dedicado años y miles de horas a leer y a estudiar, toda opinión vale, y si no te llaman tirano. Esa es la esencia del relativismo: pretender que la verdad de las cosas depende únicamente de que alguien sostenga una opinión sobre ellas. Eso ya lo decía el sofista Protágoras, tal y como recuerda Platón [1]: el relativismo es más viejo que la tos. Así, se llega al absurdo de que, entre dos opiniones contradictorias, se pretende que las dos sean verdad por el único motivo de que las sostiene un individuo. El conocido cuadro de Boecio, sin embargo, enseñaba ya que entre dos afirmaciones contradictorias si una es verdad la otra es necesariamente falsa. "Como es mi opinión, como es mi vivencia, tenéis que aceptarla" ¿Pero te has detenido a pensar si tu opinión se adecua a la verdad? No, eso parece que no es tan importante, según algunos.

NOTAS
[1] PLATÓN, Teeteto, 166d-167d: «Protágoras, uno de los más importantes representantes de esta escuela [se refiere a los sofistas], llega a afirmar que cada uno de nosotros es la medida de lo que es y de lo que no es [...]. Estoy muy lejos de negar -sigue Protágoras- la sabiduría y la existencia de hombres sabios; muy al contrario, llamo sabio precisamente a aquel que, a uno cualquiera de nosotros a quien aparezcan y sean malas algunas cosas, sea capaz, invirtiendo el sentido, de hacérselas aparecer y ser buenas [...]. Las cosas que en cada ciudad parecen justas y honradas, lo son para ella mientras las estima tales, pero el sabio, en vez de perniciosas las hace ser y aparecer útiles. Así pues, unos son más sabios que otros, pero ninguno tiene opinión falsa» (la cursiva es mía).

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