miércoles, 14 de abril de 2010

Actuaciones de Ratzinger-Benedicto XVI en contra de la pederastia y sus culpables

La antipederastia y lo que queda por hacer... 
Según afirma el medio Romereports.com, siendo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Raztinger sancionó a 1800 sacerdotes acusados de pederastia sin juicio previo, dado que las pruebas en su contra eran evidentes y demostradas. El vaticanista John Allen, uno de los biógrafos más documentados de Benedicto XVI, ha escrito en el New York Times que quien esté al corriente de la respuesta del Vaticano a los abusos sexuales, sabe que Benedicto XVI no es parte del problema, sino parte importante de la solución. Hasta el año 2001 no era el Vaticano sino las diócesis quienes se encargaban de hacer frente a las acusaciones de abusos sexuales presuntamente cometidas por  algunos sacerdotes del lugar. Esto provocaba, en no pocas ocasiones, ciertos retrasos en los procesos de investigación y condena, si finalmente quedaba demostrada la afrenta, e incluso suponía cierta connivencia y complicidad inadmisibles. Como consecuencia de esto, los procesos internos diocesanos eran pocos y lentos, de modo que para acabar con esta situación irregular, ese mismo año 2001 Juan Pablo II decidió que fuese la Congregación de la Doctrina de la Fe la que se encargase directamente de estos delitos. Como todo el mundo sabe, en aquel entonces era el cardenal Ratzinger quien ejercía la prefectura de dicha Congregación. De esta manera, fue en sus propias manos donde recayó la responsabilidad de atender y procesar los casos que las diócesis deberían hacer llegar lo antes posible al Vaticano. El punto de referencia para los casos de pederastia fue pues, desde entonces, Joseph Ratzinger, quien se empleó con contundencia. De hecho, fue duramente criticado entonces por su aparente intransigencia para con los  curas o religiosos pederastas, ya que llegó a sancionar directamente y sin juicio previo al elevado número de 1800 sacerdotes. Sin juicio previo, sí, dado que las pruebas de sus actos eran tan contundentes y estaban tan probadas que no quedaba en pie ya la presunción de inocencia: los abusos se habían cometido por esos mismos sacerdotes. Es decir,  en esos casos la sanción de los culpables era inmediata y sin necesidad de juicio. Desde entonces, las cifras de la eficaz gestión de los casos de pederastia llegados al Vaticano hablan por sí solas: de los 3000 casos que desde entonces han llegado al Vaticano, el 60% ya han supuesto condena para los violadores -precisamente los 1800 casos que acabamos de mencionar-. ¿Y los 1200 casos restantes? Pues bien, de esos 1200, el 10% fueron expulsados del sacerdocio directamente; un 10% solicitaron ellos mismos ser retirados del oficio ministerial; y el 20% fueron juzgados. Las cifras son claras, aunque no se puede descartar la existencia de otros casos aún no llegados al Vaticano, como es evidente.

Tal y como se ve por los precedentes en su etapa de prefecto, y según afirma John Allen, uno de los principales propósitos de Benedicto XVI al iniciar su pontificado era ya acabar definitivamente con los casos de abusos y de pederastia. Para ello encontró no pocas resistencias, sobre todo cuando no cesó en la investigación de dos famosos sacerdotes que tenían el respaldo de las fundaciones por ellos creadas, quienes no podían creer que su fundador hubiese cometido atrocidades semejantes. Se trata de los padres Gino Burresi, fundador de la Congregación de los Siervos del Corazon Inmaculado de María, y de Marcial Maciel, fundador de los conocidísimos Legionarios de Cristo. La oposición a la investigación de estos dos casos, que el Papa llevó adelante durante el primer año de su pontificado, era fuerte, como se podía esperar. Sin embargo, la investigación siguió adelante y ambos sacerdotes fueron hallados culpables de atrocidades que preferimos no decir, por pudor, y condenados con la expresa aprobación de Benedicto XVI in forma specifica, es decir, sin posibilidad alguna de apelación.

Por otro lado, el actual Pontífice es el primero en reunirse cara a cara con las víctimas. La primera de ellas fue durante su viaje a los EE.UU. en 2008, y la segunda pocos meses después en Australia, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud allí celebrada. Además, se está actualmente estudiando la posibilidad de una nueva reunión con las víctimas en el próximo viaje del Papa a Malta. También es el primer Papa en redactar un documento oficial del que ya he hablado en este blog: la reciente Carta a los católicos de Irlanda, publicada el pasado 20 de marzo. En ella, el Papa acusa sin ambages a sacerdotes y obispos culpables de haber traicionado la confianza depositada en ellos por parte de la Iglesia. Sacerdotes que han abusado, y obispos que no han denunciado sabiendo de los abusos: la denuncia de ambos polos ha supuesto el esclarecimiento y la reducción de estos casos. Con todo, en este camino quedan pendientes las sanciones que deberán soportar los obispos que no han obedecido actuando con presteza en la denuncia de los casos, según la normativa dada por el Vaticano. De hecho, el gran mal se hizo sobre todo entre 1960 y mediados de los '80, cuando la praxis habitual era cambiar de destino pastoral a los sacerdotes que abusaban, que iban de parroquia en parroquia, intercalando ciertas sesiones de psicoterapia que, en realidad y como ha quedado demostrado, no servían de casi de nada, puesto que la naturaleza de este vicio suele estar tan arraigada que resulta difícilmente curable una vez que el individuo se ha metido en una secuencia numerosa de abusos.

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