viernes, 19 de marzo de 2010

Twelve angry men ('Doce hombres sin piedad')

Doce hombres sin piedad

El relativismo ideológico y moral

Me ha recordado este film, en algunos aspectos, a Call Northside 777 (1947), dirigida por Henry Hathaway y protagonizada por James Stewart (que en español se tituló 'Yo creo en ti')...


En Twelve angry men (1957) el protagonista es Henry Fonda, en un papel sólido y creíble, mientras que la dirección corre a cargo de Sidney Lumet. Me ha parecido conveniente escribir algo sobre ella porque pueden extraerse dos ideas capitales de esta obra, en la que los doce hombres no salen, en la hora y media de duración del fim, del cuarto del jurado en el que deben debatir si enviar a un muchacho de dieciocho años a la silla eléctrica (en esto se ve claro que el film se basa en una obra de teatro). El voto debe ser por unanimidad y no por mayoría simple. Bien, las dos ideas son: una, hay que buscar la verdad por encima de todo; y dos, la búsqueda de la verdad por el método democrático es absurda. La primera idea nos invita a abandonar prejuicios que impiden alcanzar la verdad de las cosas. La segunda, a comprender que la democracia es uno de tantos métodos para ejercer el gobierno, pero que jamás es un instrumento en sí mismo para averiguar la verdad. Es decir, ¿puede darse el caso de que, entre cien personas, noventa y nueve voten una cosa y un solo individuo otra, y resultar que éste último estaba en la verdad? ¿Cabe esa posibilidad? Desde luego. Me viene a la memoria el libro de Gustavo Zagrebelsky, La crucifixión y la democracia, en el que el autor hace una contundente defensa de la democracia crítica, al proponer la pregunta: ¿Quién es democrático, Jesús o Pilato? Para muchos de nuestros contemporáneos, el proceso que llevó a Cristo a la cruz es escrupulosamente democrático: Pilato pregunta el parecer al pueblo y una mayoría absoluta 'vota' a favor de que sea entregado al suplicio... Perfectamente 'democrático', absolutamente injusto: así es tal proceso.

Desgraciadamente, por encima del amor a la verdad y el deseo de su búsqueda, prima con frecuencia el elemento conflictivo: la polarización. La gente se afirma a menudo en la propia posición únicamente negando la propuesta del otro, antes que manifestando positivamente las propias convicciones, tras haberlas madurado en el crisol de la reflexión. Y es que afirmar la verdad de lo que se cree es más difícil, con mucho, que criticar. Cuando uno trata de poner negro sobre blanco los motivos por los que actúa y piensa hay que cavilar inteligentemente, desechar los prejuicios y utilizar el razonamiento, lo cual conduce a menudo a descubrir en la propia postura deficiencias que deben ser pulidas y purificadas. Como afirma Marc Carroggio, "la capacidad de desarrollar argumentaciones afirmativas, sin embargo, resulta crucial para forjar y afinar el propio pensamiento". El buen amante de la verdad es, ante todo, imparcial consigo mismo y serenamente autocrítico.

Cuando se trata de lo contrario, sin embargo, se hace buena la frase del cartel original de Twelve angry men: "Life is in their hands. Death is on their minds!" ("La vida está en sus manos. La muerte está en sus mentes"). Aplicándola a los tiempos que corren y a cuestiones como el aborto, la eutanasia o la eugenesia, la frase adquiere un peso y un sentido que dan pavor: no por lo que pudiera suceder -que también- sino por lo que ya está pasando. En este sentido, la segunda idea que señalábamos al principio -la utilización del método democrático como instrumento para hallar la verdad- se presenta como la imposición del consenso a modo de tiranía subrepticia. En realidad, esta 'dictadura del consenso' que busca por todos los medios que todos pensemos igual, es el producto de la 'tolerancia' entendida como la eliminación de toda diferencia positiva. Recuerdo una conversación con dos personas en la cual éstas se habían pasado ya al bando de lo políticamente rentable que supone la aceptación de la homosexualidad como algo bueno y normal. Me consta que mis dos interlocutores antes no pensaban así, pero de tanto oírlo, uno acaba por creérselo. Y esto pasa incluso con las abuelitas que van a Misa, conformes ahora con que ya no hay que tener tantos hijos como antes y completamente a favor de la anticoncepción: se pueden poner muchos ejemplos de ello; y si alguien no se lo cree, o una de dos, o es un ingenuo 'buenista', o no ha pasado cinco minutos hablando con algunos de nuestros mayores. Pongo este ejemplo porque da buena cuenta de que el corte generacional no es tanto anagráfico como moral y psicológico. Es decir, una anciana de 80 años que ha aceptado en su juventud y mediana edad principios morales de raigambre católica y que hoy está tan contenta viendo los programas rosas en los que se comentan las bondades del día del orgullo gay. De las procesiones del Corpus al aplauso de lo nefando hay a veces una delgada línea para el que asume creencias sin temperamento crítico, que no otra cosa es la tibieza. Pero vuelvo con esos dos amigos míos: me costó Dios y ayuda hacerles ver que en la afirmación de la naturalidad del homosexualismo hay, al menos, una duda razonable. Y comenzar por esta aceptación es ya algo, al menos como principio de puesta en entredicho de lo que la mayoría impone.

Digo lo de la 'duda razonable' porque en el film que da pie a este artículo, este sintagma es el arma arrojadiza que emplea el jurado número 8, a la sazón Henry Fonda, para hacer tambalear en los demás miembros la absoluta convicción que tenían acerca de la culpabilidad del acusado. Se trata de aquel estado de duda que no es sinónimo de ignorancia, sino más bien de razonamiento en busca de la verdad. De ese modo, puede abrirse a la propuesta racional del otro, y desde ahí hacer posible el paso a la trascendencia, pues ahora como ayer sigue siendo válida la lúcida y sincera afirmación que san Buenaventura y santo Tomás  de Aquino recuerdan de san Ambrosio, según la cual omne verum est a Spiritu sancto, a quocumque dicatur [1] ("toda verdad, la diga quien la diga, es del Espíritu Santo").


Esto es, desde luego, un alegato contra el relativismo imperante, que se adueña también del ámbito de pensamiento teológico [2]. A mi parecer, la crisis en la búsqueda de la verdad y el abandono de la pregunta por el bien, así como la obligación de realizarlo -incluso en perjuicio propio-, es una crisis que mantiene su actualidad precisamente en el hecho de que cada hombre y cada generación debe reflexionar sobre ello. No se trata de algo de lo que 'se pueda vivir de las rentas'. En ese sentido, tal crisis, en su vertiente negativa, es la constatación del abandono de una tarea que es perenne y permanente en la historia del hombre. Nuestros doce angry men, encerrados en su sala, son ejemplo atemporal de esta búsqueda, en la que siempre hay buscadores sinceros, bufones frívolos, necios egoístas o prepotentes con prejuicios.


NOTAS
[1] En la obra de San Buenaventura de Bagnoregio se encuentra en Commentaria in Quatuor Libros Sententiarum, comm. in distinctionem XVLI, art. unicus, q. 4, contra 2.
[2] Véase, por ejemplo, Teología y relativismo, de José A. Sayés, BAC, Madrid 2007.

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