lunes, 8 de marzo de 2010

'Metanoeite': convertíos. Cuaresma y justicia

Piedra de la unción, Sto. Sepulcro, Jerusalén
A menudo he oído decir la tosquedad de que reclamar justicia no es cristiano... No sé en qué términos entienden la 'justicia' los que esto afirman, pero me temo que en ninguno, dado que cada vez que les pido que me den al menos una definición somera de la palabra en cuestión no son capaces de hilar más de tres verbos con sentido...
Creo que habría que aclarar qué hay tras esa afirmación, ambivalente unas veces, confusa otras, sujeta a las circunstancias las más. Tampoco sé qué le dirían algunos al mismísimo santo Tomás de Aquino tras haber leído su lúcido tratado sobre la justicia, expuesto en la Suma Teológica, II-II, quaestiones 57-122. Afortunadamente, tenemos un Papa que no sólo reflexiona sino que invita a la reflexión, brindándonos en estos días una sabrosa meditación para Cuaresma 2010. Basándose en la afirmación paulina que explica la naturaleza cristiana de la justicia: "La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo" (cf. Rm 3, 21-22), el Santo Padre comienza con la definición de 'justicia' dada por el jurista romano del siglo III, Ulpiano. El axioma es ya clásico: iustitia dare cuique suum est ('justicia es dar a cada uno lo suyo').
Pero no es fácil, desde la óptica de la justicia distributiva, acotar qué es 'lo suyo' de cada uno. Es más, asegurar desde el reparto social la distribución de todos los bienes materiales, es con frecuencia motivo de contraste: una cosa son los propósitos, otra la situación real del mundo, en el que no faltan elementos de pobreza y carencias hasta en lo más fundamental, como el trabajo digno o el alimento y la medicina. Por otra parte, la virtud de la justicia, ni se agota en su faceta distributiva ni al hombre le bastan los solos bienes materiales. Considerar que asegurando los bienes de consumo que dependen de la riqueza económica se están salvaguardando todas las necesidades humanas conduce a cosificar al hombre. Y así cita el Papa a Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (San Agustín, De Civitate Dei, XIX, 21). Desatender la necesidad de Dios que tiene el hombre y que está por encima de lo material, es también injusticia.
Es entonces cuando Benedicto XVI emprende la exposición desde un punto que la sociedad de hoy, laicista antes que laica, olvida con frecuencia. Para captar el sentido de la pregunta por la justicia hay que seguir un camino evangélico, tal y como propone Jesús. Qué cosa sea la justicia y cómo conseguirla, se plantean como imposibles si no se atiende a la raíz de la cuestión, para lo cual hay que preguntarse más bien por el origen y la raíz de la injusticia. El pensamiento 'buenista' desecha la realidad de la concupiscencia y el pecado en el corazón del hombre. Una ética laicista propone modelos de virtud anquilosados en la falsa presunción de éxito que comienza por el solo esfuerzo humano. Esta 'miopía en la consecución de la virtud' -y la virtud, que habría de desembocar en la santidad- desoye la clara advertencia de Jesús. Él, como indica el Papa, sí señala antes que nada el origen de la injusticia y su más profunda causa: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Toda pretensión de justicia que desoiga esta advertencia estará abocada al fracaso. Y, como dice aquí Benedicto XVI, todas las ideologías modernas, muchas de las cuales -dicho sea de paso- han manifestado la cara más cruda del totalitarismo, han cometido el error de identificar el origen del mal con una causa exterior. Eliminado tal estorbo exterior -se piensa- la situación de justicia quedará asegurada... Nada más ingenuo, a la vez que nada más malvado, pues a menudo el 'estorbo exterior' no es otro que aquel que piensa distinto, el enemigo del régimen, el sedicioso a quien hay que eliminar. Como nosotros todo lo hacemos bien -se dicen- son los otros y las circunstancias exteriores adversas quienes suponen el origen del mal.
Pero la solución pasa por el reconocimiento del propio pecado: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Cuando esto sucede, se retoma un camino que llamamos conversión. Y aquí conviene hacer una referencia a un estado primigenio y fundamental. La conversión no significa tanto cambiar de una situación de mal a otra de bien. La conversión significa un regreso según el cual el hombre cambia de una situación de mal a otra de bien que era primera y original según el plan de Dios para el género humano. Del mismo modo, la conversión nunca nadie la experimenta desde un punto neutro: siempre se pasa de la enemistad con Dios a la gracia de su comunión. Así, el Papa hace referencia al acontecimiento de la caída de Adán y Eva, quienes "sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6)".
Partiendo de aquella experiencia original, se ve que en la vida humana la naturaleza de la justicia obliga a realizar una doble referencia: a Dios y al prójimo. Partiendo del término hebreo sedaqad, Benedicto XVI expone esta cuestión. No se puede alcanzar la justicia con Dios si se desprecia al prójimo, a quien se debe un trato de equidad, a la vez que sedaqad es también la "aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel". Se trata de dos polos irreductibles. Al lector atento no le escapa ahora la evidente relación entre el primer mandamiento y la justicia: la doble valencia Dios-prójimo es muestra de ello. A partir de aquí, y a tenor de lo que se ha ido exponiendo, la razón y el corazón ven un cauce de salida en un ejercicio de lógica tan evidente como necesario. Veámoslo a través de un resumen: ha dicho el Papa que no es posible hablar de justicia sin reconocer que el origen de la misma no está en un elemento exterior sino en el corazón del hombre. Esa 'enfermedad del corazón', el pecado, tiene su origen en una rebeldía original que invierte los términos, es decir, de la lógica del confiar en el Amor se pasa a la lógica de la sospecha y del egoísmo. De este modo, el egoísmo se traduce en actuar en contra del otro, del prójimo, especialmente del más desvalido, donde el fuerte se come al débil. Desde aquí se ha concluido en decir que la restauración de la justicia pasa por aceptar la voluntad de Dios y amarle del mismo modo que, a la vez, se debe aceptar al otro y amarle. Ese es el gran problema del hombre. La conclusión necesaria es que el hombre necesita verse libre de ese estado de injusticia y egoísmo donde tal ejercicio bivalente de justicia le está vedado. ¿Quién liberará al hombre de esa cerrazón? Aquí se juega la 'definición' de la justicia: el hombre que ha descubierto esto tiene sed de justicia. "¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?", se pregunta el Papa. La respuesta: Cristo es la justicia de Dios. Dice el Papa: "El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos (Rm 3, 21-25)". Si hasta ahora se ha visto la relación entre el primer mandamiento, el Shemá, y la justicia, ya que ambos exigen amor a Dios y amor al prójimo, para tal cumplimiento hace falta un don de Dios: la gracia. "¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14)".
Pero, ¿es esto justicia? Es decir, al final cada uno no recibe 'lo suyo', pues Cristo, el Justo, soporta Él solo la consecuencia del pecado en lugar de nosotros, los injustos y pecadores, que sí merecíamos pagar el precio de nuestra rebeldía. Se trata de una justicia extraña, donde el Justo recibe el mal y los pecadores reciben la gracia y la justificación... La definición de justicia como dare cuique suum, no se cumple aquí:
"En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad".
Y sigue el Papa en su respuesta bellísima:
"Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo mío, para darme gratuitamente lo suyo".

8 comentarios:

  1. Agradezco a Piero della Raggione, mi querido hermano en la fe, el hecho de que me haya pedido escribir este artículo basándome en el mensaje de Cuaresma 2010 del Papa. Espero que sea útil, sobre todo si todos acaban leyendo directamente el propio mensaje cuaresmal del Santo Padre.
    David Prieto: no olvido tu petición de un artículo sobre el arte de 'escribir' iconos.

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  2. Por cierto, la foto del artículo, que muestra la Piedra de la Unción, responde a una elección muy sencilla: en esa piedra fue ungido el cuerpo muerto de Quien es nuestra Justicia.

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  3. Hola hermanos, depués de haber leido este articulo, os queria dar mi reflexión, que para nada ha sido sencilla y facil, digo esto por que me ha llevado muchos años y me llevara mas bien toda la vida el comprender, mejor dicho aprender del Señor esta justicia, que del punto de vista de mi "yo" no es tal justicia. Bien entrando de lleno en la cuestión, como he dicho me ha llevado mucho tiempo apreder que esta justicia del Señor, que le llevo hasta el punto de dar la vida por mi. No es nada más y nada menos, que como el santo padre dice en la meditación para cuaresma 2010, que para entrar en la justicia tengo que dajar la ilusión de la autosuficiencia, y de esto gracias a Dios, se por experiencia un rato, que tal autosuficienacia no me a permitido durante tiempo
    ejercer esta justicia bien entendida, ya que es muy facil tras pasar una linea que estan delgada, digo esto por que estan dificil ver en el otro a Jesucristo, cuando por nuestra autosuficiencia solo nos vemos a nosotros mismos.

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  4. ¡Muchas gracias Álvaro! Después de leer tu reflexión he sentido la necesidad de volver a leer la meditación cuaresmal de papa Ratzinger: ahora ha penetrado aún más en mi mente y estas palabras, las del papa y las tuyas también, me acompañarán más fecundamente, en este camino hacia la Pascua, para pasar, con la ayuda de la gracia, del egoismo a la comunión con Dios y los hermanos. Grazie!

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  5. excelente comentario al mensaje cuaresmal del papa Benedicto XVI y si extendemos la justicia mas alla del horizonte distributivo y la llevamos a lo equitativo y lo conmutativo, también en estos modos de ver la justicia tendremos qeu ver que la piedra fundamental no está en lo externo del hombre sino en su interior. Justicia en el nuevo nombre de la solidaridad, reza un slogan, recordemos que ya la introducción a la enciclica Mater et Magistra ya nos pone en orden a ver la justicia como la promoción y desarrollo solidario del hombre.

    Un abrazo en Cristo. José I.

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  6. En la encíclica de Juan XXIII Pacem in Terris dice así, refiriéndose a la Eutanasia y al Aborto: “La autoridad es postulada por el orden moral y deriva de Dios. Por lo tanto, si las leyes o preceptos de los gobernantes estuvieran en contradicción con aquel orden y, consiguientemente, en contradicción con la voluntad de Dios, no tendrían fuerza para obligar en conciencia…;más aún en tal caso, la autoridad dejaría de ser tal y degeneraría en abuso”. Tienes razón en todo lo que has escrito pero a veces como dice el Papa, la autoridad es malentendida y abusa de ella, incluso dentro de la iglesia se puede llegar a la aberración de que una sociedad entera puede aprobar leyes inicuas, vease el caso del aborto o proximamente la eutanasia o más reciente, el caso de la asignatura de educación para la ciudadanía, por la que creo cada uno en conciencia verá si lucha o no por que desaparezca tal y como está planteada; no creo que los cristianos tengamos que ser unos meapilas y quedarnos cruzados de brazos, debemos luchar por la "Libertad de los hijos de Dios". ¿Qué contestas a esto?. Me interesaría mucho tu respuesta. Gracias.

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  7. Por cierto, salvo motivos personales claramente aceptables, si es posible preferiría que los comentarios publicados como 'Anónimo' fueran firmados al final, aunque sólo fuera con el nombre de pila sin apellidos. Facilita esto la posibilidad de dirigirse a quien sea personalmente, en el caso de que sea necesaria una respuesta, como sucede con el anterior comentario.
    Muchas gracias.

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  8. Respecto al anterior comentario en el que se me pregunta sobre la posición de los católicos respecto a la autoridad y la asignatura 'Educación para la ciudadanía', en lugar de responder aquí lo haré en un nuevo artículo -que quizá sea una serie de artículos-; es algo que llevaba rumiando un tiempo: hablar sobre esta materia. Un poco de paciencia y responderé más largamente. Ahora sólo decir que la cita de 'Pacem in terris' es una de las claves, y que bebe de una fuente anterior como la encíclica de León XIII 'Sapientiae christianae', tan breve que puede leerse en 15 ó 20 minutos: http://multimedios.org/docs/d000309/

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