domingo, 28 de marzo de 2010

La santidad: ¿Cosa de pocos?


En ocasiones la oración de los hermanos nos aviva el deseo de ser santos...
Ayer me escribía mi amigo Piero desde Bacoli (Nápoles). Acababa él de llegar de un encuentro en Roma con el Santo Padre, y me transmitía que durante la jornada había rezado y pedido por mí. Me recordó lo que decía a lo mismo que afirma H. U. von Balthasar en su 'Tratado sobre el Infierno'. Hay que orar por la santidad de los hermanos: yo creo que ser santos es una obligación de la caridad, donde la palabra 'obligación' adquiere una dimensión inaudita. Creer que uno no puede alcanzar la misma santidad que alcanzó el mayor de los santos (pongamos por ejemplo a Francisco de Asís o a Domingo de Guzmán... hay tantos); creer eso es la peor de las herejías. Decir: "¡Bah! Esos son santos de verdad, nosotros debemos conformarnos con otra cosa". Decir eso es la peor ofensa que se puede hacer a Dios. También santa Teresa de Lisieux cuenta en Historia de un alma cómo se enfadaba con una hermana de su monasterio por decir que se conformaba con ir al Purgatorio, y afirma nuestra santa de la infancia espiritual que vivir así la vida cristiana es entristecer mucho a Jesús. ¡Desesperar de la santidad! ¿Puede imaginarse aridez mayor que esa? Encontré sobre este tema unas palabras de san Simeón el Nuevo Teológo (949-1022), ese santo bizantino. Él decía en una homilía quiénes eran en su opinión los verdaderos herejes:
"Éstos son los que yo considero herejes: los que afirman que en nuestro tiempo y en nuestro ambiente no hay nadie que, por cumplir los mandamientos del evangelio, pueda llegar a ser como los santos Padres… [y] los que pretenden que eso es imposible. Esa gente no es que haya caído en una herejía específica, sino que, más bien, ha caído en todas las herejías a la vez, porque esa actitud impía es la peor de todas… El que se expresa de ese modo destruye la Escrituras divinas. Esos verdaderos anticristos se contentan con afirmar: «¡Es imposible, totalmente imposible!»".
Sin santidad hay soledad
El verdadero deseo de santidad no consiste en presunción sino en vocación. Que uno quiera ser cristiano y a la vez no piense en que Dios le quiere hacer santo es tan incongruente como pretender nadar y no mojarse... No consiste esto en hacer milagros, sobre todo cuando nuestro concepto de 'milagro' es tan raquítico y reduccionista que, a la vez y paradójicamente, supone una hipertrofia: hacer milagros consistiría en resucitar muertos y otras cosas formidables. Para mí, 'milagro' es que alguien lea estas líneas y crea en su corazón de tal modo que desee la santidad que Dios mismo es y da. Hoy mismo, Francisco de Javier Sotil publicaba en Facebook la siguiente afirmación de Zubiri:
"Cristo hizo cosas, todo lo extraordinarias que se quieran, pero se condujo más o menos como se condujeron los hombres de su época, sólo que de una manera distinta. No olvidemos que en la historia misma del Cristianismo la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer cosas ordinarias, pero extraordinariamente bien hechas".
No querer ser santo es algo así como pretender ir al Cielo y estar solo. Pero precisamente esa es una buena definición del Infierno: la soledad sin Dios y sin los hermanos. Cuentan que en una visión que tuvo el santo Cura de Ars sobre el Infierno, éste describía cómo los condenados están todos juntos pero solos, sin poder verse el rostro de los demás sino solamente la nuca del que estaba situado delante de cada uno de ellos. Mucha gente camina hoy por este mundo, rodeado de hombres, pero solo; en el vagón atestado del metro, pero rumiando su egoísmo. Through crowded streets I walked alone, que cantaban Simon & Garfunkel: "Por calles atestadas vagaba yo en soledad", por traducir el verso y poética y libremente. Lo peor de todo es que se ha 'sacramentalizado' esta misma soledad: comulgo yo, me confirmo yo, me confieso yo, rezo yo... Y esto no en el sentido de negar la necesaria acción del individuo ni su justa vivencia personal de la fe ("Quien te creó sin ti no te salvará sin ti", que decía san Agustín). Una expresión básica del principio de subsidiariedad -tan querido y esencial para la Doctrina Social de la Iglesia-, según el cual no debes dejar que otros hagan lo que es obligación tuya hacer, deja claro esto. Evidentemente, si yo debo coger el Salterio y rezar, ningún otro puede hacerlo por mí... pero a partir de ese momento, creer que uno se salva por las propias fuerzas es tan risible como ingenuo.

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