viernes, 26 de marzo de 2010

Abusos a menores en el seno de la Iglesia católica

Abusos sexuales en la Iglesia católica

Benedicto XVI habla de la pederastia




Escándalos sexuales en la Iglesia: no es el único sitio en el que esto sucede, como pretenden algunos malintencionados cuando se alegran de que en otras religiones no parezca posible airear escándalos semejantes. También sucede en otros lugares la pervesión sexual, con y sin menores de por medio. Esto, evidentemente, no es un consuelo. Más bien produce dolor la condición humana, sobre todo cuando uno sabe que, aquí o allá, estos no serán los últimos casos. Pero en el seno de nuestra Madre la Iglesia esto debe desaparecer por completo. Hay que leer la Carta pastoral de Benedicto XVI a los católicos de Irlanda. En ella encuentro párrafos tremendos, pero realistas, como el siguiente, cuando el Papa indaga sobre las causas de lo sucedido (la negrita es mía):
«Sólo examinando cuidadosamente los numerosos elementos que han dado lugar a la crisis actual es posible efectuar un diagnóstico claro de las causas y encontrar las soluciones eficaces. Ciertamente, entre los factores que han contribuido a ella, podemos enumerar: los procedimientos inadecuados para determinar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa, la insuficiente formación humana, moral, intelectual y espiritual en los seminarios y noviciados, la tendencia de la sociedad a favorecer al clero y otras figuras de autoridad y una preocupación fuera de lugar por el buen nombre de la Iglesia y por evitar escándalos cuyo resultado fue la falta de aplicación de las penas canónicas en vigor y de la salvaguardia de la dignidad de cada persona. Es necesaria una acción urgente para contrarrestar estos factores, que han tenido consecuencias tan trágicas para la vida de las víctimas y sus familias y han obscurecido tanto la luz del Evangelio, como no lo habían hecho siglos de persecución».
Los factores señalados no son banales, como tampoco sus consecuencias. Hablando estos días sobre este tema con una persona no teológicamente formada, me quedé sorprendido en la precisión con la que mi interlocutor -a su manera- acertaba al coincidir con el diagnóstico del Santo Padre. Cuando se ha presentado la carrera eclesiástica como una especie de 'cursus honorem' en el cual el candidato queda como por encima del resto de mortales, los daños son funestos. Hay que recobrar la enseñanza por la vocación diaconal -de servicio-. Dios llama a servir a quien tiene que ser el primero entre muchos hermanos. Entrar en el seminario para medrar acaba con la naturaleza de la vocación... Aunque esto nos pasa a todos, cada uno en su parcela personal de vida cotidiana.

Pero es cierto que hay que denunciar los escándalos y aplicar justicia a los culpables. Dice Benedicto XVI a los sacerdotes y religiosos que han abusado de menores en Irlanda (la negrita, de nuevo, es mía):
"Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder de ello ante Dios Todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos. Habéis perdido la estima de la gente de Irlanda y arrojado vergüenza y deshonor sobre vuestros semejantes. Aquellos de vosotros que son sacerdotes han violado la santidad del sacramento del Orden, en el que Cristo mismo se hace presente en nosotros y en nuestras acciones. Junto con el inmenso daño causado a las víctimas, un daño enorme se ha hecho a la Iglesia y a la percepción pública del sacerdocio y de la vida religiosa.
Os exhorto a examinar vuestra conciencia, a asumir la responsabilidad de los pecados que habéis cometido y a expresar con humildad vuestro pesar. El arrepentimiento sincero abre la puerta al perdón de Dios y a la gracia de la verdadera enmienda
Debéis tratar de expiar personalmente vuestras acciones ofreciendo oraciones y penitencias por aquellos que habéis ofendido. El sacrificio redentor de Cristo tiene el poder de perdonar incluso el más grave de los pecados y extraer el bien incluso del más terrible de los males. Al mismo tiempo, la justicia de Dios nos llama a dar cuenta de nuestras acciones sin ocultar nada. Admitid abiertamente vuestra culpa, someteos a las exigencias de la justicia, pero no desesperéis de la misericordia de Dios".
Sin embargo, la masiva repetición mediática de la noticia de los abusos no consiste en repetir estas u otras palabras del Santo Padre. No, más bien parecen regodeo, alegría del mal ajeno y repetición de hechos malvados que ya aturde. No escucho en los noticiarios la denuncia constructiva, sino más bien el aireo de pestilencias que, con mucho, no pueden opacar la entregada y sincera labor de muchos otros sacerdotes y religiosos, que son mayoría frente a los desgraciados abusadores y sus más tristemente desgraciados aún encubridores. El mal no puede acallar al bien. Esa es la estrategia de Satanás, quien saldrá confundido. El Papa, por contra, insistía en lo siguiente el pasado 8 de diciembre de 2009 orando ante la estatua de la Inmaculada Concepción situada en el centro de Roma (ver http://www.zenit.org/article-33577?l=spanish):
"Cada día, a través de los periódicos, la televisión, la radio, el mal es narrado, repetido, amplificado, acostumbrándonos a las cosas más horribles, haciéndonos insensibles y, en cierto sentido, intoxicándonos, pues lo negativo no se digiere plenamente y día tras día se acumula".
Qué sabias palabras: lo negativo no se digiere plenamente y día tras día se acumula. Y seguía Benedicto XVI, rindiendo homenaje
"a todos aquellos que, en silencio, sin palabras pero con hechos, se esfuerzan por practicar esta ley evangélica del amor, que saca adelante al mundo. Son tantos, incluso aquí, en Roma, y pocas veces hacen noticia. Hombres y mujeres de todas las edades, que han comprendido que no sirve de nada condenar, quejarse, echar la culpa, sino que es mejor responder al mal con el bien. Esto es lo que cambia la realidad; o mejor dicho, cambia a las personas, por consiguiente, mejora la sociedad".
Si es de justicia denunciar los abusos y hacer que los culpables sufran las penas previstas -canónicas y civiles-, también lo es la proclamación de que el mal no tiene la última palabra. Atendiendo al modo de tratar la noticia de los abusos por numerosos medios uno queda más hastiado, más triste y más confundido. Como hijos de la Iglesia nos sentimos abrumados por hechos tan graves, pero no podemos dejarrnos engañar por la maldad de tales hechos. Así aumentaría el número de las víctimas: a los que han sufrido abusos se sumaría el número de los que abandonan la Iglesia, asqueados por tanta náusea y desesperados tanto de la condición humana como de la capacidad del perdón divino; el número de los que, sin coraje para irse, se quedasen en la Iglesia viviendo a diario una 'fe de la sospecha', desligándose de sus estructuras visibles aunque siguieran yendo a misa; el número de los que pretendieran construir una 'iglesia dentro de la Iglesia', considerándose superiores y libres de pecado; y, finalmente, el número de sacerdotes y religiosos que quedasen manchados injustamente por los pecados de otros, sintiéndose a partir de ahora mirados y juzgados, metidos en el mismo saco que los violadores. Ciertamente, si nunca es fácil pasear por el metro y por las calles vestido de clérigo, mucho menos debe serlo en estos días, donde no es raro que señalen con el dedo y dirijan palabras insultantes. Sé que muchos amigos míos sacerdotes y diáconos llevan esto como una cruz que les ha tocado cargar. Nuestra tarea no debe ser otra que la de reconstruir y enderezar, no dando cabida al desánimo, que es la primera tentación que uno siente al oír noticias semejantes a las que se ventilan hoy por ahí. El Espíritu Santo, por el contrario, nos impulsa a cosas más grandes y a no contristarle con la desesperanza. Unamos en esta Semana Santa nuestro espíritu de penitencia al dolor de las víctimas y ofrezcámonos también por la conversión de los pederastas. Quizá la expiación que muchos debieran hacer no llegaría a hacerse jamás de otro modo. Es un buen ejercicio de piedad.

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