jueves, 18 de febrero de 2010

'Liturgia Horarum' y Eucaristía ( 2 de 3)


Veamos ahora la relación entre Liturgia de las Horas y Eucaristía según la Ordenación General de la Liturgia de las Horas (=IGLH, Institutio Generalis Liturgiae Horarum [1])

El número 12 de la IGLH [2] viene precedido propiamente por el título que reza: Relación entre la Liturgia de las Horas y la eucaristía. Conforme al dictado de Laudis canticum, se repite la idea de que la LH es la extensión de la alabanza y de la acción de gracias a todos los momentos de la vida cotidiana, cuyo centro es el sacrificio eucarístico. Por tanto, la LH es entendida en un primer momento como prolongación cultual, para después –en el segundo párrafo del mismo número– señalar que la LH es preparación magnífica de la celebración eucarística, y sitúa esta orientación hacia la misma eucaristía en el marco del crecimiento en las virtudes teologales, junto con «la devoción y el sentido de abnegación». Pincha en 'Más información para segur leyendo'...

Esta doble presentación según la cual la oración del Oficio es prolongación cultual y preparación para la celebración eucarística, es una buena clave para enlazar con otro acto cultual de gran importancia: el de la adoración eucarística extra missam. Ella es también prolongación, en tanto que es adoración de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas que continúa también después de la misa. El ritual de la Sagrada Comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa (=RSC) indica la conveniencia de unir los momentos de adoración con la lectura de la Escritura y el rezo del Oficio divino (RSC 95-96). En ambos actos de culto el fin es unirse a Cristo, tener los mismos sentimientos que Él [3] (cf. Flp 2, 5): sentimientos sacerdotales, victimales, de obediencia al Padre, adorando, dando gracias e intercediendo por el mundo entero.
Conforme al espíritu de Sacrosanctum Concilium, que presenta y define la naturaleza de la liturgia desde la clave de la historia de salvación [4], la LH es entendida como consagración del tiempo. El mandato de «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18, 1) lo cumple principalmente la Iglesia con la celebración eucarística, pero también con el sacrificio de alabanza que es el Oficio divino [5]. Por tanto, esta consagración del tiempo no es consecuencia de la primera iniciativa del hombre, en su empeño por alcanzar a Dios o agradarle. Tampoco supone una separación de lo profano y lo sagrado, estableciéndose espacios y tiempos de una y otra categoría sin relación entre sí [6]. Dada la definición presentada por el concilio, la acción litúrgica se precisa desde las coordenadas de la historia salutis, cuyo punto culminante es el misterio pascual. Por eso la liturgia es primeramente acción de Dios a favor del hombre, acción santificadora. La misma LH es ella misma reflejo del cántico de alabanza celeste, introducido en este mundo por Cristo. ¿Qué quiere decir entonces que la LH es ‘consagración del tiempo’? [7]. Puede decirse que la historia humana, la historia del mundo, adquiere una significación totalmente nueva, inaudita, gracias a la Revelación: de mera sucesión de fechas y eventos, se pasa a contemplar el curso del tiempo como ‘historia de salvación’. Esta historia ha tenido paradigmas propios, señeros, como es el punto inicial de la Creación, de la vocación de Abrahán, de la elección de un pueblo –Israel–, para llegar a la plenitud de los tiempos (cf. Ga 4, 4) y a la universalidad de la Nueva Alianza por la sangre derramada del Hijo. A partir de aquí, la Escritura, que narra todo esto, es vista no como letra muerta, sino antes que nada como una ‘consagración de la historia salutis bajo la especie de la palabra humana’. Esta consagración es inseparable de la consagración eucarística, la cual, a su vez, recapitula toda la historia en el cuerpo de Cristo: «Así, pues, en la liturgia de la palabra la historia salutis se consagra bajo la especie de la palabra y en la liturgia eucarística toda la vida gloriosa de Cristo se consagra bajo las especies de pan y de vino […]. Escritura y pan revelan el misterio» [8].
La Escritura, orada en la LH, cuyo corazón es la oración sálmica: ella misma supone una consagración del tiempo dedicado al sacrificium laudis -sacrificio de alabanza-, no porque la sola piedad cristiana dedique momentos a Dios, pues ella se contempla mejor desde la categoría de respuesta a la vocación divina, sino porque la Iglesia reunida en oración es congregada en la unidad por el Espíritu Santo, cuya iniciativa nos salva. En IGLH 8 leemos:

«La unidad de la Iglesia orante es realizada por el Espíritu Santo, que es el mismo en Cristo [9], en la totalidad de la Iglesia y en cada uno de los bautizados […]. No puede darse oración cristiana sin la acción del Espíritu Santo, el cual, realizando la unidad de la Iglesia, nos lleva al Padre por medio del Hijo».

La oración tiene siempre el carácter comunitario (cf. IGLH 9) que brota de la unidad realizada por el Espíritu Santo. Así, la asamblea congregada por el Espíritu es reflejo de una orientación epiclética, catabática: Dios constituye la asamblea y consagra el tiempo humano. Gracias a esta dimensión es posible la posterior respuesta humana: sin la Revelación que procede de Cristo, el diálogo del hombre con Dios no sería sino una pura ilusión, un psicologismo, un espiritualismo. El hecho de que hablemos de ‘consagración del tiempo’ nos obliga a dirigir la mirada a la consagración eucarística. De otro modo, la disolución de Dios en la asamblea humana estaría, desgraciadamente, consumada.
Por el contrario, «cuando los fieles son convocados y se reúnen para la Liturgia de las Horas, uniendo sus corazones y sus voces, visibilizan a la Iglesia, que celebra el misterio de Cristo» (IGLH 22). Como toda acción litúrgica no se trata, pues, de una acción privada, sino de una celebración de la Iglesia (cf. SC 26), que se reúne para elevar su voz de Esposa al Esposo, estando tan unida a Él que esta oración «es la oración de Cristo, con su mismo cuerpo, al Padre» (SC 84). En efecto, el que es el Sumo Sacerdote de nuestra fe y, «al asumir la naturaleza humana, introdujo en este exilio terrestre el himno que se canta por todos los siglos en las moradas celestiales» (SC 83), ejerce su función sacerdotal en la LH (cf. IGLH 13).


NOTAS:

[1] Según la nomenclatura latina Institutio Generalis Liturgiæ Horarum.
[2] Detrás de este número están textos conciliares como SC 83: «Esta función sacerdotal [de Cristo] se prolonga a través de su Iglesia, que no sólo en la celebración de la Eucaristía, sino también de otros modos, sobre todo recitando el Oficio Divino, alaba a Dios sin interrupción e intercede por la salvación del mundo entero» (la cursiva es nuestra); o también PO 5 §4: «Las alabanzas y acciones de gracias que los presbíteros ofrecen en la celebración de la Eucaristía las prolongan en las diversas horas del día en el rezo del Oficio divino».
[3] Una bella expresión de esto aparece en la Instrucción Redemptionis Sacramentum 5, de la Congregación para el Culto Divino: Ritus liturgici expressio fidelis per sæcula madurata sensus Christi sunt, nosque sentire docent sicut ipse («Los ritos litúrgicos son expresión fiel, madurada a lo largo de los siglos, de los sentimientos de Cristo y nos enseñan a tener los mismos sentimientos que él»).
[4] Recurrimos al conocido texto de SC 7, donde se exponen los distintos modos de presencia de Cristo. Si en este texto conciliar se advierte, como no puede ser menos, una cierta ‘jerarquía de presencias’ («Cristo está siempre presente en su Iglesia […], sobre todo, bajo las especies eucarísticas»), no es menos cierto que el texto conciliar está presentando la naturaleza de la liturgia tomando como punto de partida la historia de la salvación, de manera que hablar de liturgia suponga definirla desde la categoría de la ‘presencia sacramental’ de esa misma salvación: Cristo presente, hacia quien tiende toda la acción de la Iglesia y de donde brota toda su fuerza (cf. SC 10).
[5] IGLH 10.
[6] Sobre la cuestión de si el cristianismo presenta una comprensión local de Dios o no, léase el artículo: Adolfo Ivorra, La adoración eucarística en su contexto, Phase 282 (2007) 511-534.
[7] Para nuestra respuesta seguimos las líneas de reflexión aportadas por el profesor Arocena: Félix María Arocena, La celebración de la palabra. Teología y pastoral, Biblioteca Litúrgica, Barcelona 2005, pp. 44-51. Se sigue allí, a su vez, las líneas de la teología oriental acerca de la Escritura: ver en la obra citada la página 44, nota 13.
[8] Félix María Arocena, op. cit., 51.
[9] Se cita aquí el inicio de Lc 10, 21, cuando Jesús, «lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: ‘Te doy gracias, Padre…’».

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