jueves, 11 de febrero de 2010

'Liturgia Horarum' y Eucaristía: Introducción y lectura de 'Laudis canticum' (1 de 3)


Graduale Aboense

Introducción
            «Como la vida de la Iglesia se desarrolla por la participación asidua del misterio eucarístico, así es de esperar que recibirá nuevo impulso de vida espiritual con la redoblada devoción a la palabra de Dios, que dura para siempre (Is 40, 8; 1Pe 1, 23-25)». Dei Verbum 26.

            Con estas palabras queremos comenzar, ya que indican la profunda relación entre eucaristía y Escritura. Dejando aparte ahora la unidad que late entre la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, como dos polos sobre los que pivota la misa, la Liturgia de las Horas (=LH), precisamente porque se despliega como palabra de Dios orada y meditada, adquiere un relieve significativo en tanto que es prolongación de la alabanza y la acción de gracias que nacen del sacramentum sacramentorum.
En las siguientes páginas abordaremos sucintamente esta cuestión, con el objetivo de aglutinar en unos pocos aspectos la espiritualidad eucarística que subyace en el rezo del Oficio divino, tal y como puede hallarse en la Constitución Apostólica Laudis canticum de Pablo VI, en algunos números de la Ordenación General de la Liturgia de las Horas y en los textos conciliares más destacados sobre esta cuestión.
            Por último, ofrecemos una reflexión a partir de algunos conceptos básicos que pueden ayudar a comprender más fácilmente la relación existente entre la oración de la Iglesia en la eucaristía y la oración de la Iglesia desplegada en el Oficio.
Liturgia de las Horas y Eucaristía en la Constitución Apostólica Laudis canticum
            La LH es presentada desde un primer momento por la Constitución Apostólica con la que se promulga el Oficio Divino en su forma actual[1], bajo la perspectiva de su relación con el sacrificio eucarístico. Tras comenzar con la bella idea de que ha sido Jesucristo mismo quien ha introducido entre nosotros «el cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales»[2], se ofrece una definición sumaria de la LH, la cual es

            «como un complemento necesario del acto perfecto de culto divino que es el sacrificio eucarístico, el cual se extiende y se difunde así a todos los momentos de la vida de los hombres».

            La lex incarnationis, el acontecimiento-Cristo Jesús, es el punto central de esta introducción en nuestro destierro de tan sublime canto de alabanza. Supone la irrupción de lo eterno en el sucederse de los días: en Cristo hallamos «el acontecimiento que es el centro del misterio del tiempo»[3]. La oración de la Iglesia, como todas las demás realidades de las que ella vive, se sitúa también en línea con esta realidad sacramental. De este modo, si la realidad del sacrificio eucarístico es la fuente y el culmen de toda la vida eclesial-sacramental, la LH no puede desvincularse en modo alguno de ella. En este ‘sacrificio de alabanza’ se halla la verdad propia de la oración cristiana y la constitución de la auténtica piedad en la dinámica existencial de la filiación divina, por la que podemos llamar a Dios ‘Padre’. Dicho de otro modo: según el principio mens concordet vocis, la LH es fuente de piedad y alimento de la oración[4].
            Para que esta concordancia se obtuviese más fácilmente, se aumentó la cantidad y variedad de textos de la Escritura y, junto a ello, la misma ordenación de lecturas de LH se dispuso en correspondencia con las lecturas de la misa[5]. La relación entre ambas celebraciones adquiere así una interconexión más estrecha todavía. En esta perspectiva debe contemplarse también la antigua costumbre de recitar tres veces al día la oración dominical: Laudes, misa y Vísperas[6]. Dada esta relación, queda claro que la LH es auténtica celebración litúrgica, lugar esencial que «manifiesta la verdadera naturaleza de la Iglesia en oración, y aparece como su señal maravillosa»[7]. Si la eucaristía es la expresión viva de este misterio que es la Iglesia y el lugar al que dirigirse para profundizar más en el concepto auténtico de la misma, la LH se une a esta epifanía en la que el vínculo entre Cuerpo de Cristo en la eucaristía y Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, aparecen bajo una misteriosa unidad. Es de este modo como aparece la afirmación según la cual la LH «recibe su unidad del corazón de Cristo», afirmación ésta que se presenta entrelazando dos textos magisteriales paradigmáticos: el número 4 de la Mediator Dei y el 84 de Sacrosanctum Concilium:

            «Quiso, en efecto, nuestro Redentor que ‘la vida iniciada en el cuerpo mortal, con sus oraciones y su sacrificio, continuase durante los siglos en su cuerpo místico, que es la Iglesia’ (MD 4), de donde se sigue que ‘la oración de la Iglesia es oración que Cristo, unido a su cuerpo, eleva al Padre’ (SC 84)».

            De aquí se sigue consecuentemente que la vida de los bautizados, que es vida en Cristo, es continuación de toda esta obra de alabanza, y se presenta como vida unida a Dios y celebración de su gloria. La vida del bautizado es toda ella leitourgia[8], siendo esta una verdad expresada claramente en la LH y confirmada por la eficacia de esta misma oración, que es a la vez de Cristo y de la Iglesia.

NOTAS


[1] Pablo VI, Constitución Apostólica Laudis canticum, 1 de noviembre de 1970. Las citas entrecomilladas que aparecerán a continuación son tomadas de este documento, salvo que se indique lo contrario.
[2] Laudis canticum comienza con esta idea, ya aparecida en la Mediator Dei de Pío XII, n. 179; y después en Sacrosanctum Concilium 83. Pero el tema lo podemos encontrar mucho antes en la Bula Divinam Psalmodiam de Urbano VIII, del 25 de enero de 1631. La conocida obra de Dom Columba Marmion, Cristo, ideal del monje, también repetía la inspiración teológica que seguirá Pablo VI.
[3] Juan Pablo II, Novo millenio ineunte 35.
[4] SC 90; Laudis canticum 3.
[5] Laudis canticum 5.
[6] Laudis canticum 8.
[7] Recuérdese asimismo SC 2: «La liturgia, por medio de la cual “se ejerce la obra de nuestra redención”, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye mucho a que los fieles, en su vida, expresen y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia».
[8] Recordemos, respecto a este tema, la profundidad teológica de afirmaciones de la Escritura como la de Pablo en Rm 12, 1-2. Allí se expresa condensadamente toda la teología bíblica del culto, con el especial acento neotestamentario, según el cual no hay separación radical entre lo supuestamente sagrado y lo supuestamente profano. Cf. Jn 4, 21ss.

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