viernes, 19 de febrero de 2010

La 'Liturgia Horarum' y Eucaristía (3 de 3)


Conceptos fundamentales que iluminan la relación Eucaristía-Liturgia de las Horas

Cristo yaciente de Mantegna

Sin pretender hacer un elenco cerrado, nos serviremos ahora de las luces que pueden arrojar sobre nuestra cuestión los conceptos de materia [1], alimento y escatología [2].
En primer lugar, toda acción sacramental de la Iglesia está vinculada a los elementos materiales de los que dispone el hombre, que tiene a su alcance dentro de la realidad en la que vive, y que van a ser signo de una realidad distinta, trascendente. En lo que ahora nos atañe, disponemos de los elementos cósmicos con los que ‘juega’ la sacramentalidad eucarística: el pan y el vino; y la ‘sacramentalidad’ de la LH: el tiempo, elemento éste en el que se dispone y fluye la oración de la Iglesia peregrina, que se despliega en el devenir del propio sucederse temporal, a la vez que se inserta misteriosamente en el Hodie divino [3]. Pan y vino por un lado, y sucesión temporal por otro, son las realidades que, tocadas por la oración de la Iglesia con la fuerza del Espíritu [4], quedan transformadas profundamente y adquieren un nuevo significado (transignificación) y una nueva realidad. La transubstanciación de las especies en la celebración eucarística hace que hablemos de la presencia real de Jesús –‘real’ no por exclusión sino por excelencia [5]–. Es decir, en la eucaristía se actualiza realmente el misterio pascual. Análogamente, durante el tiempo en que la Iglesia celebra y vive, se actualizan los misterios de la vida de Jesús, y esto queda expresado a lo largo de todo el ciclo del año litúrgico y en la LH [6]. La profundización en los misterios de la vida de Jesús, en su persona, sus sentimientos, viene iluminada por esta doble actualización de su presencia [7], a saber, en la LH y en la Misa, estableciéndose una importante clave de lectura basada en el binomio Palabra-Sacramento. Pincha en 'Más información' para continuar leyendo...
Esta presencia de Cristo es el alimento de la vida cristiana: en la eucaristía el corpus y el sanguis son verdadero alimento, junto con la liturgia de la Palabra que precede y acompaña al sacrificio eucarístico; pero en la LH, la Palabra y los Salmos son también alimento fecundo de la oración. Comprendida como alimento, la LH se puede definir a su vez como el fruto consecuente de la eucaristía a la vez que no cesa de tender hacia ella. La actualización es, en esta línea, actualización mistagógica, pues conduce a la comprensión auténtica de la presencia real por excelencia que se da de Cristo en la eucaristía. Y aquí no entra en juego sólo lo “histórico”, que sería una simple recreación de acontecimientos pasados, aquí es central lo “escatológico” [8]. Es aquí donde la escatología se presenta como un lugar común entre LH y eucaristía. Ambas explicitan la doble acepción de lo escatológico, según la cual toda celebración de la Iglesia supone una presencia ya del eschaton, a la vez que la comunión con la Iglesia celeste [9]. Dentro de esta doble realidad, o como un tercer elemento junto a estos otros dos, hallamos también la tensión de la espera de la segunda Venida de Cristo. Maranathá: esta aclamación, con la que los fieles manifiestan la condición sacerdotal recibida en el bautismo, es aclamación del misterio pascual según el deseo anhelante de que el Señor se manifieste en su venida gloriosa al final de los tiempos. La LH, que se define por ser alabanza del misterio de Cristo, es el momento en el que, unidos a la oración de Cristo, nosotros mismos convertimos, por Él, toda nuestra existencia en una oblación para alabanza y gloria del Padre. La vida cotidiana queda entonces interpelada por la celebración a partir del momento fontal que es el bautismo, en el que da comienzo la filiación divina del hombre, su status ontológico de sacerdocio, profetismo y realeza. En la eucaristía el centro es el sacrificio de Cristo, el cual es figura y representación de su Pasión, memorial de su Muerte y Resurrección. La Cruz es entonces el lugar del cual brota el sacrificio de cada bautizado. Se trata de un sacrificio existencial –si es preciso hasta el derramamiento martirial de la propia sangre–, pero muchas veces interior y escondido, se trata, pues, de la unión con Él en su Pasión. La celebración de la LH es la plasmación oracional de una existencia vivida así, comprendida así.
En la celebración eucarística la Iglesia se presenta en referencia al sacrificio de Cristo, como fruto del mismo y, a la vez, actualizadora del mismo por su unión con Él. En la celebración de la LH la Iglesia se define también a partir de esta referencia sacerdotal: es el Cuerpo de Cristo orante, el pueblo sacerdotal que se dirige al Padre. La filiación divina se manifiesta en una y otra celebración, si bien la oración de la LH es fruto de la eucaristía y a ella tiende. En palabras de Jesús Castellano: «La estupenda verticalidad de la plegaria teologal eucarística, de la que participa también la oración de las horas, nos recuerda esas expresiones con que calificamos a Dios: Padre santo, Creador, omnipotente, eterno, clementísimo, misericordioso, bueno…» [10]. Incluso la triple recitación cotidiana de la oración dominical, a la que nos referíamos en el anterior apartado, es reflejo de todo esto. Partiendo de las dos horas centrales de la LH: Laudes y Vísperas; y entendiéndolas como el quicio de todo el Oficio, podemos afirmar que el culmen de esas mismas horas es la recitación del Paternóster, la oración propia de los hijos de Dios. Así, Laudes y Vísperas son fruto del bautismo y, a la vez, ‘como un bautismo cotidiano’, puesto que en la oración renovamos el sentido de nuestra filiación. El paso de esto al hecho de que el ejercicio de nuestra condición filial adquiere su cumbre por nuestra unión con Cristo en la eucaristía, es tan natural como evidente.

NOTAS
[1] Entendida no según la lógica de una filosofía materialista, cosificadora, que atiende sólo a lo pesable y medible. Fuera de esta visión positivista, la idea de ‘materia’ que presentamos es mucho más amplia, y comprende realidades, razón por la cual nos tomamos la libertad de incluir entre sus elementos la materia ‘tiempo’.

[2] Aunque seguiremos un cierto orden, no presentaremos cada uno de estos conceptos por separado. Más bien comprendemos su significación integrándolos en un todo, según veremos.

[3] Se trata del Hodie del que habla el Catecismo (=CCE; ver n. 2659), en el que se hace presente el Señor a lo largo de toda la historia humana: el día de la Resurrección –el Domingo– atraviesa toda época y es origen de la misma tradición apostólica (CCE 1166; 1343). Así, todo el año litúrgico pivota en torno al Triduo Pascual (CCE 1168), que culmina con «el gran domingo» del que ya hablaba san Atanasio y es anticipo del Domingo sin ocaso de la vida eterna.

[4] Puede decirse que la anámnesis eucarística es el momento culminante de la actuación del Espíritu.

[5] Esta presencia de Cristo bajo las especies «se dice real, no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por excelencia»: Pablo VI, Encíclica Mysterium fidei: AAS 57 (1965), p. 764; cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum Mysterium (EM), 9: AAS 59 (1967), p. 547; citado también en el Ritual de la Sagrada Comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa, Observaciones generales previas, 6, p. 11.

[6] La interconexión de estas dos celebraciones es clara. Es más, la LH es uno de los lugares por excelencia donde hallar la auténtica hermenéutica de los distintos tiempos litúrgicos, y viceversa: el ciclo anual ilumina desde su posición los diversos aspectos de una misma perícopa o de un mismo salmo.

[7] Recurrimos al conocido texto de SC 7, donde se exponen los distintos modos de presencia de Cristo. Si en este texto conciliar se advierte, como no puede ser menos, una cierta ‘jerarquía de presencias’ («Cristo está siempre presente en su Iglesia […], sobre todo, bajo las especies eucarísticas»), no es menos cierto que el texto conciliar está presentando la naturaleza de la liturgia tomando como punto de partida la historia de la salvación, de manera que hablar de liturgia suponga definirla desde la categoría de la ‘presencia sacramental’ de esa misma salvación: Cristo presente, hacia quien tiende toda la acción de la Iglesia y de donde brota toda su fuerza (cf. SC 10).

[8] Cf. R. Taft, La liturgia delle ore in Oriente e in Occidente, Edizioni Paoline 1988, pp. 459-460; citado en J. Castellano, La Liturgia de las Horas. Teología y espiritualidad, CPL, Barcelona 2003, p.182.

[9] Esta doble acepción en J. Castellano, op. cit., pp. 180ss.

[10] J. Castellano, op. cit., p. 30.

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